Autoboicot

¿Alguna vez habéis tenido miedo?

Miedo irracional. Ese que te cala como el frío húmedo de Castilla, que no te das cuenta hasta que ya lo tienes dentro.

Tengo una tendencia malsana a boicotearme. Me da tanto miedo que me pasen cosas buenas que me las cargo. Así soy. Si te van a hacer daño, mejor cuanto antes para que haya menos destrozos, esa es mi teoría. Luego está la otra. Esa en la que se aprovecha hasta la última gota de cosa buena, se apura y de disfruta mientras dure. Yo no sé hacer eso. Debería saber saber hacerlo, pero no sé. Y por mucho que me digan que tengo que saber hacerlo, no lo voy a saber hacer. No ahora. No dentro un rato. No dentro un mes. No sé si alguna vez siquiera. Así que, por favor, quiéreme igual, no quiero estar condicionada a si estoy sana mentalmente o no, ya estoy yo pendiente de eso. ¿Creéis que me gusta boicotearme? Para nada. Es algo que detesto y sigue ahí, como la niebla de Castilla, fría, que cala y que no deja ver.

No hay nada racional en esto y eso mi parte racional lo sabe. Y está bien, convivo con esta batalla a diario.

¿Puedes convivirla tú conmigo?

Cuadro deslabazado

Sin demasiada convicción, diré que no entiendo las relaciones humanas. Damos y tomamos, recibimos y devolvemos…

Hoy tengo ganas de escribir y, sin embargo, soy incapaz. No tengo inspiración, sólo una pulsión que hace que quiera escribir sobre algo que todavía no sé qué es.

Sé que tiene que ver con las relaciones, con el amor, con el sexo y con la manera de expresar cariño. Descubrir media vida cerca de los 30 es entre esperanzador y friki que te cagas, rayando lo patético. Pero aquí estoy, admitiendo que estoy cerca de los 30 sin asustarme; eso tiene pinta de ser la hostia tratándose de mí, persona con un poquito de síndrome de Peter Pan.

Estoy tranquila, escribo tranquila, sin el pulso acelerado, de por qué debería estar escribiendo algo más inspirado. Debería estar sintiendo algún tipo de emoción grande para escribir esto y probablemente sea un texto la mar de coñazo de leer sin una emoción en condiciones que lo sostenga.

Pero aquí estamos. Dando vueltas para poner sobre papel que estoy enamorada. Cerca de los 30. Cuando ya nada podía sorprenderme en ese campo. Y lo peor de todo es que me encanta.

Si esto fuera una pintura, sería una cagada de cuadro. Pero me lo he pasado muy bien manchándome las manos.

Te echaba de menos, teclado.

Economía del lenguaje VS Inclusión en el lenguaje

Hacía mucho que no me pasaba por aquí para dejar mis pequeños ensayos y hoy es un buen día para hablar sobre un tema que -la verdad sea dicha- me ha traído siempre de cabeza dentro del mundo del Feminismo. Antes de que alguno sigáis leyendo, me gustaría decir un par de cosas:

  • Seáis feministas o no, os pido por favor que mantengáis la mente abierta a lo largo del articulillo.
  • La inclusión en el lenguaje surgió de la vida diaria: no sólo hay médicos, hay médicas (término que hace doce años sonaba extraño porque sólo se usaba como adjetivo, en plan “consultas médicas”, si había alguna mujer era “una médico), al igual que ya no es “una guerrero” porque la profesión era eminentemente masculina, sino que ya es “una guerrera” (que ahora os suena todo super normalizado pero no lo era, eh).
  • Y para los que os pille de nuevas:

Feminismo

  1. Principio de igualdad entre el hombre y la mujer.
  2.  Movimiento social y político (que no partidario) que lucha por la igualdad defendiendo los mismos derechos para la mujer que el hombre.

Una vez aclarado esto y sin ánimo de alargarlo más, procedo.

Esta semana tenía que quedar con un compañero del voluntariado al que no conocía todavía en persona para charlar y comentar cómo íbamos a preparar la presentación de un evento que tenemos a final de mes. El caso es que ambos queremos hacerlo ameno y lo suyo es darle algo de humor.

Uno de los ejemplos que puso -sin ningún ánimo de ofender y con buenas intenciones- fue sobre un monologuista que comenzó su discurso con “Bienvenidos y bienvenidas, todos y todas, hombres y mujeres… perdón, hombras y mujeros…” y que el público se rió y que por qué no hacíamos algo parecido. A medida que le iba escuchando, mis ganas de participar con él en el próximo evento iban disminuyendo, pero no hay nada como preguntar y dialogar para que las personas se entiendan. Le dije que a mí no me parecía gracioso y que era contraproducente para lo que – como él me confirmó- realmente quería expresar al hacer chiste sobre el lenguaje inclusivo, que era lo absurdo de alargarlo infinitamente. Estoy de acuerdo en que hubo un punto muy absurdo durante la lucha sobre el lenguaje inclusivo, pero pasaron varias cosas después: que evolucionó y se subsanó; que la manera de “humorizarlo” que había escogido dicho monologuista no había sido la adecuada. ¿Por qué? Porque no es lo mismo reírte de algo absurdo que llevarlo al absurdo. Lo primero es muy legítimo y se ha usado a lo largo de los tiempos, pero lo segundo, en la mayoría de los casos, se ha usado para desmerecer o desacreditar lo que se está llevando al absurdo; eso es exactamente lo que estaba haciendo el monologuista en cuestión: al llevarlo al absurdo, estaba desacreditando el lenguaje inclusivo, y teniendo en cuenta que queremos que el feminismo se tome en serio -porque es algo muy serio y todavía no está normalizada esa descripción que he puesto más arriba- ese tipo de humor no ayuda. Posiblemente, sin ningún tipo de mala intención igual que mi compañero, pero el efecto fue ese.

El caso es que no tenía tiempo ni ganas de explicarle todo esto a mi compañero porque teníamos cosas más urgentes de las que hablar (que no más importantes) y no quería empezar con mal pie, dado que insistía en su discurso en defensa de este señor que “sólo hacía humor”.

Así que le di vueltas a posteriori porque -como he dicho antes- es absurdo repetir lo mismo en ambos géneros  si no son palabras diferentes y se hace muy cansino alargar el discurso de esta manera. Y entonces recordé un tweet -creo que del señor Reverte- que recordó -esta vez acertadamente aunque no de la mejor forma- una cosa llamada economía del lenguaje. Y me jode admitirlo, pero en eso tenía razón. El lenguaje oral es rápido, se adapta a las circunstancias y solventa en el momento, ¿toda la vida el masculino se ha usado como genérico? Pues ya está. Se montó un revuelo con el tema del lenguaje -creo que por un discurso de Podemos, que quiso ser inclusivo y acabó siendo repetitivo- que no llegó a ningún consenso y ahí quedó a nivel popular.

Pero no está. Al aplicar en este caso la economía del lenguaje, no cargamos la inclusión, que es lo que venimos luchando desde hace un rato ya. ¿Y qué hicieron las feministas versadas? Buscar una solución, como siempre. Teníamos en nuestro haber noventero la maravillosa arroba, que comenzó a usarse sin problemas y el mundo no se quejó, veías tod@s y no pasaba nada, incluso era moderno. Sin embargo, las nuevas tecnologías avanzan y, al automatizarse, reconocían este símbolo y daban error o creaban hipervínculos innecesarios que llevaban a error -valga la redundancia-, por lo que poner la arroba como lenguaje inclusivo se perdió.

No sé a quién se le ocurrió tachar el género, pero eso fue exactamente lo que ocurrió con la aparición de la “x” como sustituta de la “o/a” y, además, aportando los géneros no binarios en esta ecuación. Personalmente, me pareció una opción muy válida y muy justa sabiendo la información que tenemos ahora sobre la diversidad de género y podría funcionar teniendo en cuenta el éxito de la arroba. El todxs se convirtió en algo popular, pero no tan popular como para traspasar barreras mediáticas, así que esto quedó entre lxs informadxs a nivel coloquial, aunque esté normalizado entre todxs lxs lectorxs y sea interpretable por cualquiera.

Con el problema que no contaban era con que esta “x” sólo era aplicable al lenguaje escrito. ¿Qué pasa con esto? Pues que, queridxs amigxs, el lenguaje oral sigue siendo el medio más rápido y popular de inclusión y ahí seguía sin ser cambiado. ¿Cómo pronuncias una “x” en todxs? No puedes. Entonces a otra mente privilegiada se le ocurrió una solución óptima: cambiar la “x” que rechazaba el género por la “e” que lo convertía todo en un género neutro. Lo cual no es nada descabellado, ya que hay un porcentaje considerable de idiomas que incluyen el género neutro en su lenguaje oral y escrito. Sin ir más lejos, el inglés tiene un pronombre sin género, el “it”, y todos sus plurales son neutros (we, you, they) y ahí han estado hasta ahora. Otros idiomas van más allá y tienen declinaciones en los adjetivos para referirse a algo neutro.

Así que alguna feminista en algún momento propuso: “Yo, Tú, Elle, Nosotres, Vosotres, Elles”; aplicándose a lo demás como todes, bienvenides, algunes, etc. Hasta ahora, ha sido la mejor idea como lenguaje inclusivo, ya que cubre el lenguaje oral y el escrito además de no quedarse en los géneros binarios. La pena es que ha tenido poca repercusión tras el rifirrafe del “todos y todas” (incluso sigue conviviendo con la “x”) y ahora, por la gracia de los machistas y unos cuantos rancios a los que los neologismos les parecen Satán -cuando nos hemos nutrido de ellos toda la vida para la evolución del lenguaje-, por haber llevado aquello al absurdo, el lenguaje inclusivo ha quedado desacreditado y nos cuesta ver que es una solución posible y una herramienta de inclusividad maravillosa para nuestro día a día.

Con todo esto quiero decir que el humor es maravilloso, pero hay que poner atención en hacer buen uso de él y tener en cuenta si sus efectos ayudan a lo que pretenden o no. Quizá si el monologuista hubiera dicho “Bienvenidos y bienvenidas, tod-equis-s, todes, hombres y mujeres, y no-binarias, perdón, no-binaries… uf, a ver si nos ponemos de acuerdo con esto del lenguaje inclusivo porque esto es un sinvivir”…

Pero igual es mucho pedir. Todavía.

Dolor vivo, dolor muerto.

– Oye, ¿duele mucho cuando te rompen el corazón?

– Sí. Es como si te apuñalaran, como si estuvieras sangrando por un herida abierta, es un dolor grande y agudo, dramáticamente grande, lo ves todo de color negro, el mundo parece que va a acabar. Es un dolor intenso, es un dolor vivo, pero es fácil de arrancar y extirpar; se puede curar. Hay dolores peores.

– ¿Cuáles?

– Los dolores muertos. Imagina que te inyectan un fármaco en la sangre, que causa parálisis despacio, que no te permitiera moverte, como dejar de respirar poco a poco. No ves nada de ningún color, ni siquiera negro, no ves nada, es constante como una tortura, una gota de agua cayéndote en el cráneo cada segundo mientras estás sentado y encadenado, un trozo de plomo amarrado a los pies que no te permite ir a la superficie, una lombriz que se te come por dentro poco a poco.

– …

– Los dolores muertos son difíciles de curar, no hay nada que extirpar ni arrancar, no tienen solución fácil ni siquiera una que se vea. Las personas con depresión lo tienen, aunque a veces ocurre que es porque hubo un dolor dolor vivo que no se curó correctamente.

– Da miedo…

– Sí. Esa es la diferencia; el dolor vivo duele, el dolor muerto da miedo.