El silencio.

Ana se despertó casi de golpe, parpadeó un par de veces y abrió los ojos. Un techo blanco, una sensación calmada y una cama grande que no era la suya. Y a su lado, Pablo.

Dormía plácidamente junto a ella, había sido una noche maravillosa. En ese preciso instante lo supo: podía funcionar perfectamente. La embargó una sensación de sosiego y amor y volvió a mirar a Pablo.

Le quería. Le quería como nunca había querido a nadie, habían tenido días malos y días buenos, pero lo que sentía por él era inconmensurable. Él era el hombre de su vida.

Sin embargo, se levantó de la cama muy silenciosamente, se vistió despacio, sin la respiración agitada ni contenida, no hizo ningún ruido ni mencionó palabra. Observó a Pablo respirar, como tantas otras veces.

Y simplemente se fue.

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