El Coleccionista (Función 7 Junio 2014)

Dije que un día lo haría, y aquí está: una crítica teatral -además es un trabajo académico-. Imaginaros que lo estáis leyendo en un noticiero o periódico superchachi. Eso es. Ahora ponte las gafas y dale.

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El Coleccionista es originalmente una novela de John Fowles, concretamente su primera novela publicada en 1963. En 1965 fue adaptada al cine y se han hecho varias adaptaciones teatrales. El autor, John Fowles, es un conocido ensayista y novelista británico de principios del s. XX hacia la mitad en su país de origen, aunque esta obra ha traspasado fronteras y ha servido de inspiración al mundo de la música y del cine, incluso socialmente tuvo influencia sobre asesinos en serie y enfermos mentales de la misma índole que el protagonista o parecidos.

En esta adaptación de Carlos Martínez Abarca dirigida por él mismo, el argumento propuesto tiene pequeños cambios con respecto al original que, a mi parecer, responden a una adaptación del tiempo y progresión de la tensión dramática. En la original no existe ningún momento en el que la deje marchar, no hay ese punto de esperanza al contrario que en la propuesta de Abarca, que aunque finalmente no se cumple, abre la pequeñísima posibilidad de un final feliz. Tampoco Miranda tiene sueños en los que mata a Frederick, sino que Abarca propone dicha acción al revés, Frederick es el que tiene esos sueños. Por último, también obvia el deseo de suicidio que tiene Frederick al final de la obra original, sino que se produce un cambio de pensamiento de débil a fuerte entre la 1ª y la 2ª parte, lo cual no deja cabida al pensamiento de suicidio, sino simplemente una reafirmación de la lectura del diario de que debería haber actuado con la mentalidad recién encontrada desde el principio. A pesar de estos cambios argumentales, no pierde en ningún momento la esencia de la novela original.

Aunque esta obra es relativamente cercana en el tiempo (s. XX), también ha habido ciertos ajustes en el contexto histórico-cultural, como optar por oficinas del ayuntamiento o el premio de la quiniela, conceptos más cercanos al público que asistió, que no perturbaron la esencia de la obra con respecto a la original.

El espacio escogido para su representación me pareció muy adecuado por el carácter intimista al que invitaba la obra. Era un público a tres bandas que cerraba el espacio y no existía distancia de “foso”, por lo que toda la acción impactaba directamente al público; la ilusión de intimidad era propiciada por el espacio escogido. Esta ilusión sólo se rompía por los rodeos que debía dar el público para colocarse en las butacas por en medio del espacio escénico, en el cuál ya estaba uno de los actores en personaje creando dicha ilusión. Es una cuestión de logística, pero impedía meterse en la atmósfera al principio de la obra.

Toda la obra la desarrollan un reparto de dos personajes, un hombre, Frederick Clegg, y una mujer, Miranda Grey, interpretados por Juanma Gómez y Lorena Roncero. Juanma Gómez ha sido profesor de Interpretación en el Laboratorio de Teatro William Layton y profesor de Interpretación y Dirección en la ESAD de Castilla y León, además de tener varios montajes de experiencia, como director y actor. Lorena Roncero tiene esencialmente experiencia como actriz y trabaja en Réplika Teatro. El código o convención en el que se movían ambos intérpretes era el realista, tanto en movimientos por el espacio como interacción con el otro y gesto psicológico encontrado. Únicamente llamaba la atención, precisamente por este código escogido, dos cosas:

  • Los perfiles: ella sí parecía una joven universitaria; sin embargo, él daba el aspecto de un hombre más mayor de lo que propone la novela, que claramente hablaba de un joven, y en la propuesta también lo pintan como un hombre joven, pero el actor daba el aspecto de un hombre maduro y no un joven, lo cual agravaba el problema del secuestro por enamoramiento gracias a esta diferencia de edad y no sé si era lo que se quería mostrar (que sospecho que no).
  • Los objetos imaginarios: los actores eran muy precisos a la hora de fisicalizar los objetos, pero resultaba chocante por la interpretación realista que se había escogido. Dichos objetos pertenecen al espacio sonoro también.

El espacio sonoro era principalmente construido por los actores, por sus cambios vocales en el texto, según fuera diálogo con el otro compañero o soliloquio a público y escribir el diario respectivamente, y sus silencios. Este espacio sonoro lo completaba el técnico de sonido con audios de utilería para ayudar a los actores a crear los objetos imaginarios y darle cierto realismo a la acción. La única música, por llamarlo de alguna manera, eran los ritmos de creación de atmósfera que se mezclaban con las frases que decían George Paston, el mentor de arte de Miranda, y la tía de Frederick. Estas frases se repetían en los recuerdos de los personajes, en especial en Miranda, que mientras escribía en su diario recordaba sus palabras, lo que ayudaba a ver la locura en la que se estaba sumiendo el personaje. En definitiva, todo el espacio sonoro era estrictamente diegético.

Sin embargo, hay que señalar que había utilería y escenografía que no era imaginaria, como las dos sillas y la cama (escenografía difícil de hacer imaginaria por cuestiones de logística) o el diario, la carta y la carpeta con pinturas, que en este caso jugaban un papel importante por ser los objetos de pasión y repulsión de ambos personajes (la carta y el diario) y el de nexo de unión (carpeta con pinturas). También hay que destacar la especie de cortina que servía de puerta hacia el piso de arriba y el exterior. A pesar de ser en su mayoría creación imaginaria (tazas, jarra, etc.), las estanterías imaginarias acotaban el espacio dándonos a entender que había una cuarta pared, la cual sólo se mantenía durante los diálogos y los monólogos de Miranda. Esta cuarta pared quedaba rota durante los soliloquios de Frederick mediante luces.

El espacio lumínico jugó un papel importante por definir los cambios de espacio y la creación de atmósfera. En la bodega en la que estaba encerrada Miranda había una luz anaranjada de interior que sólo alcanzaba el espacio de la cama donde se movía ella, el resto de la habitación estaba a oscuras y sólo se iluminaba a la entrada de Frederick con un recorte blanco dando a entender que al otro lado había luz natural que entraba por el piso de arriba. Esta disposición de las luces se repetía a lo largo de la obra por ser el espacio principal en el que se desarrolla la acción, además del recorte cenital blanco en mitad de escena que tenía Frederick cada vez que contaba a modo de narrador lo que iba ocurriendo o pensaba durante la historia. Otros espacios fueron el de la ducha, el cual no entendí muy bien por qué una luz rosa; el jardín, una luz azul oscuro que daba ambiente de noche; y la cena, que se optó por otro recorte blanco en el lateral de la escena, parecido al que usa Frederick para sus soliloquios. También hubo luces eventuales como los flashes de la cámara de fotos, acompañadas de audiovisuales de las propias fotos ya hechas. Estos audiovisuales también se repitieron cuando Frederick le estaba mostrando las mariposas, las cuales iban pasando como si Miranda las estuviera observando, finalizando dicha acción con una imagen final muy poética y obvia de Miranda con las alas de mariposa superpuestas en su cuerpo, dando a entender que ella era una mariposa más.

Sobre el vestuario, hay que decir que, aunque no era muy llamativo ni tenía grandes cambios, era significativo. Miranda vestía enteramente de blanco, un vestido sencillo y una chaqueta del mismo color. El blanco por lo general nos indica pureza e inocencia, lo que nos daba a entender en un primer vistazo que era la víctima, a pesar de que a lo largo de la obra va perdiendo dicho efecto, en especial el momento de las fotos donde acaba con la ropa deshecha. Pero antes de eso, veníamos de una imagen contraria muy potente que era ella con un vestido rojo, el único apunte de color durante toda la obra escogido para la escena de la cena, que es donde se sitúa el punto más álgido, el de no retorno de ambos personajes, donde ella es violada. Él iba enteramente de gris y marrón, muy pulcro, concienzudamente peinado, muy serio y carente de vida, que es exactamente la personalidad del personaje y la cual no cambia en toda la obra. El vestuario de ambos ayudaba al realismo propuesto a pesar de lo significativo del mismo.

Por último, me gustaría hacer mención al respeto de la división de la obra en dos partes, tal y como es en la novela, sirviéndose de un descanso de 10 min entre ambos, ya que marca muy bien el cambio de relación de los dos personajes y el enrarecimiento de la atmósfera aún más si cabe, además de ayudar al espectador a desconectar de la atmósfera claustrofóbica a la que se le estaba sometiendo y poder continuar la segunda parte con cierta frescura mental.

Disfruté mucho con esta obra, a pesar de que el género no me entusiasmara, por la precisión del montaje tan cerrado que proponía Abarca, me ha parecido muy completo sin dejar ni un detalle al azar; en especial la creación de personaje de Juanma me impactó sobremanera y sería muy interesante tanto ver otro montaje de Carlos Martínez Abarca como a Juanma Gómez en otra interpretación.

Y por supuestísimo, os invito a que la veáis si tenéis ocasión.

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