Archivos Mensuales: julio 2014

Tenía que ponerla, me ha causado un derramamiento cerebral al leerla. Parece una noticia de chiste, absolutamente sensacionalista y sin sentido. De las fotos comparativas ni hablamos, ¿la diferencia es que en una es de día y en otra de noche? Por favor, noticias con sentido y no alarmistas…

http://noticias.terra.es/los-secretos-que-los-hoteles-no-quieren-que-descubras,a428782a8ab87410VgnVCM10000098cceb0aRCRD.html

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LAS VERDADERAS RAZONES DE POR QUÉ NO SE VENDEN LIBROS EN ESPAÑA

Creo que está muy acertado, echad un ojo, que lleva razón. Aunque para mi gusto, le hubiera incluído los precios desorbitados (aunque este punto es común en todo el mercado cultural).

Patrulla de salvación

Hemos dejado pasar unas semanas para que todos los “listos” se despachen a gusto diciendo tonterías y estupideces. Se publicó el Avance de resultados del estudio que hace la Federación de Gremios de Editores de España y el Ministerio de Educación y resulta que el sector del libro factura un 11,7% menos que en 2012 y acumula una caída del 29,8% en los últimos cinco años (es decir: se ingresa casi un tercio menos que en 2009). Y en lo referido a ejemplares vendidos, la caída en los últimos cinco años es del 34,9%.

Hay sesudos análisis –como este de Manuel Gil- que pueden ustedes leer si se aburren en la playa o en el campo. Todos los análisis, como el anterior, están hechos por gente del sector editorial. Por ejemplo: Manuel Gil era, hasta septiembre de 2013, director comercial de Siruela. Y lo fue durante siete años. ¿Qué…

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Viejas enemistades.

Hoy ha ocurrido algo muy interesante que esperaba unos años más tarde, siendo más adulta, con trabajo estable e independizada -no emancipada que eso ya lo estoy, ya me entendéis, la imagen de mujer hecha y derecha-, y bueno, qué coño, siendo actriz con algún tipo de reconocimiento, aunque fuera a nivel local. Pero no me quejo, porque sospecho que la sensación que me ha embargado hubiera sido la misma.

Me he encontrado con uno de los chicos que me insultaba en el colegio.

No sé si a alguno de vosotros os ha pasado -más allá de cruzártelo por la calle-, pero lo cierto es que me gustaría saber si habéis sentido lo mismo que yo.

Esta mañana he tenido que ir a hacer una gestión al banco. La sucursal en sí es la típica de barrio en la que ya te conocen porque tus padres llevan yendo muchos años y tú hasta hace unos pocos, también has empezado a ir. Normalmente me suele acompañar mi padre de rebote -aprovechamos para hacer gestiones los dos-; sin embargo, esta vez he ido sola -lo cuál agradezco, me gusta más hacer mis cosas sola- y me ha dado por arreglarme un poco -excluyendo el maquillaje-, lo que no suelo hacer porque -vamos a ver, seamos claros y coherentes- está al lado de casa y no merece la pena.

No es que fuera una cosa tremenda, simplemente llevaba un vestido de colores de verano y me había dado por hacerme una coleta con un lacito, ya ves tú -algo impensable en mis días de colegio, con gafas, pelo a lo seta y vestida de chándal feo-.

El caso es que en la oficina suelen estar Pilar -una mujer muy agradable, de la edad de mi madre, que nos suele hacer las cuestiones de papeles, con un escritorio al fondo a la derecha si miramos desde la puerta- y un señor semicalvo con barba y gafas redondas que siempre me ha parecido simpático aunque es de pocas palabras -a veces también pulula un gordo calvo vestido de traje de un lado a otro tocando los cojones, pero son las menos- que suele trabajar en el ordenador de la derecha del mostrador del fondo.

Pues bien, hoy el paisaje estaba cambiado. Al entrar, todo estaba normal a excepción de que en el ordenador de la derecha no estaba dicho señor simpático sentado, sino un joven delgaducho de pelo negro con algo de barba, vestido con camisa de cuadros finos azules y pantalones de pinza, el cuál estaba siendo asesorado por el ya nombrado “señor simpático”. He esperado a que terminaran de hablar y durante todo ese rato no le he reconocido.

El momento de reconocimiento ha sido cuando ha levantado la vista del ordenador, me ha mirado y ha dicho “Te atienden en la otra ventanilla”.

Eso ha sido toda la comunicación que he intercambiado con él, digo verbalmente.

¿Sabéis cuántas cosas se pueden decir con la mirada y saber que hay entendimiento mutuo en el tiempo de “Te atienden en la otra ventanilla”? Demasiadas.

Coño, yo te conozco. Me has conocido. Eres el gordo bajito que se metía conmigo en el bus escolar, dos años menor que yo. Eras uno de los dos que apostillaban los insultos del cabecilla y acabaste siendo el de los insultos más retorcidos. Has adelgazado, mamón. Veo que te acuerdas de mí y te has acojonado porque yo también te reconozco. Te sientes culpable, sabes que lo hiciste mal pero ya no puedes enmendarlo, ¿verdad? Han pasado muchos años y lo llevas clavado. Me alegro, porque eso es que has madurado. Y me alegro aún más de que trabajes al servicio de los bancos, porque son unos usureros deplorables.

Y con una sonrisa he ido a la otra ventanilla. No me acordaba de su nombre, pero era él. No le he mirado durante toda la gestión con el señor simpático, después de eso he sido muy educada despidiéndome y he salido del banco.

Tenía una especie de sensación de triunfo, algo así como justicia poética, como si el Tao hubiera hecho lo propio -el karma para los amigos- y volviera a estar todo equilibrado. En paz de nuevo conmigo misma, respiraba tranquilidad, armonía, la balanza estaba nivelada. No me sentía superior -al fin y al cabo, él tenía trabajo y yo no, aunque fuera al servicio de los bancos; pero sospecho que estaba de becario, echando cuentas de los años- pero sí me sentía realizada y con confianza, algo de lo que él no estaba disfrutando a juzgar por la conversación visual.

Es curioso como, a pesar de los años que han pasado, hay cosas que se quedan grabadas a fuego en los cinco sentidos cuando han afectado de manera notable la estancia en mi colegio -colegio e instituto hasta bachiller, desde 3º de infantil hasta 2ºbachiller estuve ahí, imaginaros cuántos años tuve que aguantarle-, y eso que son recuerdos lejanos que hace mucho que no interfieren porque uno cambia mucho en tanto tiempo.

La verdad es que esperaba que ocurriera unos años más adelante con las condiciones óptimas descritas sólo para, además, poder restregarle que estoy de puta madre -eso ya sí implicaría superioridad, ja, ja- pero he de decir que estoy muy satisfecha con el resultado obtenido.

Gracias, Cosmos, de corazón.