No tenías que haberme soltado la mano.

¿Dónde estás? No tenías que haberme soltado la mano.
¿A dónde vas tan deprisa? ¿Por qué corres? Tenemos todo el tiempo del mundo…
No tenía que haberte dejado marchar. Tendrás miedo de estar sola.

He olvidado mi nombre. Ya me vendrá. No he perdido la memoria, la prueba: me acuerdo de cuando hacíamos el amor, siempre te rascabas. ¿De qué vale acordarse a solas?

Me acuerdo también de nuestra primera noche y de nuestra segunda noche y de todas las noches que siguieron… ¿dónde estás?

Si me olvido de ti, tú te lo pierdes.

No tenías que haberme soltado la mano.

Empezaré una nueva vida. Nueva vida, sí, señor. El mundo es nuevo cada mañana. Iré al burdel. Sí, señor, al burdel. Fornicaré.

¿Será el sol o serán otra vez esos incendios?
Los basureros están al pasar. Estar aquí sin ti es tan tonto como la muerte.

Te encontraré. Tengo tiempo de sobra.

Desde que estamos muertos ya ha habido hojas nuevas y camadas de gatos que a su vez han parido más gatos, y casas construidas y bebés. Y un montón de ataúdes.

Te encontraré. He tropezado y no me has esperado.

Hay dos maneras de vivir: la ordinaria y la extraordinaria. Sin ti será la ordinaria, pero eso no durará.

Ya no me acuerdo de mi nombre, pero me acuerdo de tu olor…

Cruzadas, Michel Azama.

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