Taller de verso escénico: “La palabra en la punta de la lengua”

Ay, qué ganas de escribir desde hacia tiempo, ¡y este es el momento, porque ya tengo algo que comentar!

Yez, la semana pasada hice un taller de verso de la mano de Jose Luis Esteban, un actor aragonés que actualmente se mueve también por Madrid, en la Compañía Nacional de Teatro Clásico y el Centro Dramático Nacional, y que ha trabajado en los tres grandes: teatro, cine y televisión.

Tengo que decirlo: echaba de menos a alguien que supiera de lo que estaba hablando conciso y meticuloso. Sintetizó en pautas nada complejas la posición neutra del actor – cosa que a mí se me hace muy difícil, lo más que sabría hacer sería resumir mi proceso, falta de tablas se llama- para gente que no había hecho teatro nunca y gente que lo había hecho por hobby, muy amateur; y dio herramientas muy precisas para abordar el verso de la misma manera tan eficaz.

Imaginaos lo impresionada que quedé de dicho suceso acostumbrada a una profesora de verso que entre herramienta y herramienta te cuenta su vida, bien algo de su hija o bien echarse flores sobre sus trabajos en verso con gente muy importante, incluyendo ejemplificaciones inacabables de algunos fragmentos de obras en verso. Con esto no quiero decir que sea mala profesora, de hecho, las herramientas de verso dramático sólo tuve que confirmarlas en este taller porque eran exactamente iguales en teoría y ejecución. Pero cómo raja la tía en clase…

Y no sólo ella, la mayoría de mis profesores de la Escuela caen en esto o en filosofadas aderezadas con un poco de Historia, que eso a veces viene bien pero no cada dos por tres.

Bien, ahora que -si alguno de ellos lee esto- me he garantizado no acabar la carrera, volvamos al taller. Además de darle duro al verso dramático, me encantó que tocáramos a fondo -todo lo “a fondo” que se puede tocar en una semana- la poesía contemporánea. A mí este género no me ha gustado nunca, pero sí que echaba de menos esta parte en mi enseñanza escolar, ya que las lecturas a viva voz -y con micro- de poemas o su teatralización -en su mayoría con música- están a la orden del día. Así que, aparte de practicar, aprendí algo nuevo en el taller, lo cual me llena de orgullo y satisfacción porque sólo esperaba la mejora de herramientas ya adquiridas, y he mejorado el tema voz -ese tema tan abstracto y debatido en el oficio del actor- lo que me alegra aún más porque es una de las carencias que me ha tocado vivir en mi formación. Algunos me apuñalareis por decir esto habiendo tenido a Nuria Castaño y Leticia Santafé con su método Linklater durante dos años -el mejor método que he conocido hasta la fecha para la voz actoral- pero mi promoción destaca más por el trabajo corporal, así que es lo que hay.

Poesía contemporánea. Algunos habréis hecho una mueca de asco o de aborrecimiento: queridos, yo era así. Sin embargo, Jose Luis ha conseguido que tenga gusto por la poesía contemporánea e incluso me ha mejorado el ritmo, porque no es algo súper elevado que se recita -palabra maldita- con gestos grandilocuentes siendo muy drama queen; no, son ganas de contar cosas que te pasan a ti, a mí y a medio mundo, sólo que la prosa se queda corta y hay que ir más allá, es ahí dónde aparece la poesía. Que puede ser hasta divertida, la mayoría de los que nos dio eran bastante audaces, críticos e irónicos, pocos hablaban del “¡Oh! ¡Ah! ¡Me muero de amor!”, no joder, eran contundentes.

Mención especial a la gente que asistió al taller, personas únicas. No sé si buenas o malas, en una semana eso no se puede afirmar, pero únicas y maravillosas seguro. No hablo de friends4ever, hablo de admiración hacia personas más mayores -algunas mucho más- que yo, que ahí estaban, luchando con su comodidad para sacar algo estupendo adelante. Impresionante. Si pudiera presentároslos a todos por esta entrada, lo haría gustosa y fliparíais conmigo.

En fin, que si tenéis la oportunidad de hacer un taller con Jose Luis Esteban, os recomiendo que no la desaprovechéis, porque ha sido productivo, divertido y acogedor.

Os dejo con el poema que me tocó a mí:

Una mañana Manuel Vilas sacó todo su dinero de los bancos.

 

Fue a las cajas de ahorro, fue a las compañías de seguros,

vendió su coche, anuló su plan de pensiones,

se lo llevó todo en efectivo, un buen fajo de billetes calientes.

 

Qué bien, dijo, qué fuerte,

y todos los empleados y los directores querían disuadirle

pero Vilas tenía unas ganas infinitas de pasarlo bien.

 

Y luego se fue a ver enfermos,

a ver emigrantes, incluso se fue a las cárceles.

 

Quería ser un santo espectacular, tenía esa marcha,

tenía esa gran ilusión.

 

Quería ser Cristo, Lenin, San Pablo,

quería ir más allá del orden, de la naturaleza y de la vida.

 

Recorrió la ciudad de Zaragoza repartiendo dinero.

En Conde de Aranda, dio mil euros a tres árabes,

que le besaron los pies, y las manos, y se arrodillaron.

 

En el barrio de Delicias, en la calle Barcelona,

dio trescientos euros a una negra africana,

y ella quería comerle el sexo al buen Vilas,

pero Vilas dijo “no, nena, hoy soy un santo,

hoy soy san Vilas,

consérvate para tu marido, él te necesita,

y yo os bendigo; anda, nena, ve en paz”.

 

Y Vilas se echó a reír.

 

Fuego, qué fuego más grande,

y siguió repartiendo, a una vieja china

de un todo a cien le dio seiscientos euros,

y la vieja le hizo una foto de diez millones de megapisels

y la amplió y la enmarcó y la colgó

en mitad de su tienda con dos velas debajo.

 

A un vendedor de La Farola, ese periódico

de los pobres, le dio ochocientos euros.

Y el vendedor se echó a llorar y ardía

como una vela en mitad de las catedrales antiguas.

 

Vilas quería ser un santo, tenía esa marcha.

 

Toda la mañana y toda la tarde estuvo quemando su dinero.

 

Miró la atmósfera y se estaban abriendo los palacios celestiales.

 

Estaba enamorado de sus semejantes.

 

Nunca vimos a nadie tan enamorado.

Amor, Manuel Vilas.

 

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