Archivos Mensuales: noviembre 2014

CÓMO DECIRLE A UN PROFESOR QUE SUS CLASES NO TE MOTIVAN SIN QUE TE PONGA UN 5.

Para los que hayáis leído el título y penséis que tengo la clave de dicho asunto, lo siento, es mentira. Nadie puede saber eso. Es lo que hay.

Hay profesores en los que realmente se puede confiar para este tipo de cosas porque realmente quieren mejorar su método de enseñanza. Otros te dicen que se lo digas. Otros sabes que sería un suicidio decírselo.

El ego del profesor tiene que ver mucho con esto, en otras palabras, cuanto se cree de bueno dicho profesor –me da igual en función de lo que sepa que de su seguridad en el método de dar las clases- y cuán arraigado está ese pensamiento en él.

Sería comprensible y necesario que cuando un alumno tiene un problema, acuda al profesor en busca de guía para solucionarlo por sí mismo, pero lo cierto es que ocurren cosas muy diferentes:

  1. El alumno acude al profesor y éste le dice que no es su problema o que no es psicólogo. La consecuencia es que el alumno va a ir acumulando problemas sin resolver y acabará con un 5.
  2. El alumno no acude al profesor porque sabe o intuye que no es un profesor que se preste a escuchar. La consecuencia es que, si no los soluciona é mismo, acabará con un 5.
  3. El alumno acude al profesor, éste le da una guía ambigua y el alumno la aplica a su entender. La consecuencia es que has desobedecido al profesor y te pone un 5.
  4. El alumno tiene un problema. El profesor le pone un 5.

No sé si os habéis percatado de que, hagas lo que hagas, el resultado es un 5. Esto no ocurre con profesores que verdaderamente escuchan los problemas del alumno e intentan encontrar la raíz de estos problemas para que el alumno pueda desarrollar su clase con normalidad.

Dicho de otro modo: se preocupan realmente por sus alumnos y su aprendizaje, bien solucionando problemas, bien previniéndolos. ¿Cómo se previenen los problemas? Con motivación.

Si un profesor es capaz de motivar a sus alumnos en la clase, de tal manera que no les dé pereza asistir –el tener ganas de ir ya es un plus de los que pocos disfrutan- existirán algunas pequeñas dudas, pero los problemas dejarán de serlo.

Estoy harta de ir a clases a las que no quiero ir. Demostradme que os preparáis las clases, demostradme que tenéis sensibilidad por el alumno, demostradme que tenéis algo valioso que enseñar, demostradme que tenéis un propósito mayor con cada cosa que hacéis, demostradme que escucháis de verdad y actuáis en consecuencia.

Porque si no lo hacéis, lo siento, pero no os merecéis un 5. Os merecéis dejar la docencia para otros a los que realmente les interese.

Comportamientos humanos.

Es increíble como la manera de vivir o el estilo de vida nos da una gran pista de la implicación, compromiso y modus operandi que tienen algunas personas con sus relaciones personales.

Hay gente ordenada y desordenada, hay que gente que ensucia mucho o ensucia poco, hay gente que limpia mucho o limpia poco, hay gente que pasa el día en su cuarto, otros en el salón y otros en la habitación. Hay gente con mucha paciencia para los errores y hay gente con poca paciencia para los errores. Hay gente que cuida mucho su aseo, otros su aspecto y otros el lugar donde viven.

Por lo visto, la conducta en convivencia revela muchas cosas del carácter de una persona.

¿Cómo si no han acabado tantas amistades en cuanto ha comenzado la convivencia? -Lo de las parejas es diferente, tiene que ver con idealizar a la otra persona.- Hay amigos que sólo sirven para ir de fiesta, otros para confesiones, otros para trabajar, otros para echar una caña y muy pocos sirven para todo.

Durante los últimos 3 años he comprobado cómo este tipo de cosas coincidían, pero echando la vista más atrás sólo puedo confirmar este hecho.

Hay un dicho: “No es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia.” Esto es aplicable a las relaciones. Hay personas que la cagan mucho en la relaciones; sin embargo, se hacen responsables de ello, es decir, que limpian todo lo que ensucian. Una persona desordenada suele tener problemas de gestión con sus relaciones, una persona dejada suele darles poca importancia. Se puede ser desordenado y no dejado, apilar cosas no es un delito, es falta de gestión. Si eres dejado, ni siquiera te molestas en apilar, todo queda dónde cae, los cajones quedan abiertos, las puertas sin cerrar y mezclas unas cosas con otras, simplemente porque no importa cómo esté todo, total, sólo lo voy a usar yo…

Los usos de los espacios también cuentan mucho de la persona. Hay algunas personas que tienden a ocupar con sus objetos todas las habitaciones posibles, independientemente de si son de uso común o no.  Algunas, además, no limpian lo que ensucian en los espacios comunes, que venga otra detrás a usarlo ni se les ha pasado por la cabeza. El tratamiento que le damos al espacio es el que le damos a otras personas. Si una persona es desordenada y sucia y además no limpia, es que no le importa demasiado como se pueden sentir los demás al respecto cuando dice o hace algo. Esto varía en el grado de desorden, suciedad y falta de limpieza, hay casos más y menos graves que otros.

Normalmente el tratamiento de los espacios es inversamente proporcional al aseo y aspecto de dicha persona. En caso de ser deplorable en los tres campos, recomiendo la asistencia a un psicólogo o psiquiatra si es más grave. Personas que renuncian a cuidar el espacio donde viven pero son muy pulcras en su aseo y su aspecto. Una persona que da importancia a cuidarse es una persona que se quiere mucho a sí misma, lo cuál no es malo, al contrario, darle importancia al aseo nos permite ser más higiénicos mentalmente. Esto implica desde lo más básico -como la ducha- hasta el ritual de darse cremas -depende de la persona suele usar más o menos-. El aspecto es otra cosa.

No es lo más frecuente, pero conozco a personas que no cuidan su aseo y, sin embargo, persisten y pierden mucho tiempo en tener un aspecto impecable. Esto son ganas de quedar bien con la gente, pero algo falla si el aseo no lo llevas bien y son ganas de demostrarle algo a la gente. Lo cual en muchas ocasiones se ve de lejos. Otro tema aparte es el uso que le dan algunas personas a  los objetos de los demás.

Pedir permiso o pedir perdón. Está claro que la confianza da asco, pero una cosa es que dé asco y otra que huela a podrido. Si la relación es estrecha o hay suficiente confianza no quiere decir que tengamos que pedir perdón en caso de que lo hagamos mal: quiere decir que sabemos de sobras para qué cosas tenemos que pedir permiso y para cuales no. Y si esto no lo sabemos, una vez más, algo falla.

En fin, que es fácil averiguar cómo es una persona conviviendo con ella. Aunque, como seguramente esto no será posible en la mayoría de los casos, os recomiendo que os fijéis cómo trata el espacio que ambos podáis compartir -en el trabajo, de viaje, en casa de otras personas, en lugares públicos- y su comportamiento en los préstamos.

Esto, queridos amigos, os ahorrará muchos disgustos.

Recuerdo…

Recuerdo cuando te esperaba en la puerta. Estaba impaciente porque salieras sólo para verte y preguntarte qué tal el día, aunque alguna de las veces tú no me preguntaras a mí.

Los ratos libres sufría un ataque agudo de aburrimiento y tenía que ir a verte, nada de mi alrededor me entretenía lo suficiente.

Recuerdo que mi móvil parecía una pastilla efervescente que no parecía terminar de disolverse hasta la noche. También recuerdo las noches en vela. Y los días en vela.

Recuerdo ponerme en evidencia las 24h, los 7 días de la semana y los 30 días del mes sin que me importara. Incluso alguna vez me jactaba de ello.

Recuerdo que cada paso avanzado en tu espacio vital era un logro de dimensiones incalculables, una hazaña que llenaba de rasguños y heridas a pesar de la insignificancia del trofeo.

Recuerdo creer fervientemente en la bondad humana a través de ti. Invertía una cantidad ingente de energía en curar lo incurable, hasta el extremo de la extenuación constante.

Recuerdo dudar de mi identidad como si eso fuera el mejor maquillaje para parecer más guapa. Las dudas resueltas te resultaban feas.

Recuerdo conseguirte, varias veces. También recuerdo no haber sabido retenerte.

Recuerdo nuestras pequeñas y fugaces atmósferas de felicidad. Creía que con eso ya lo tenía todo.

Recuerdo cómo me has ido apartando paulatinamente. Después me has sustituido.

Recuerdo nuestros recuerdos.

Y ahora te echo de menos.