Archivos Mensuales: diciembre 2014

Buenas noches.

Hay quién piensa que dormir es un acto banal que sólo cubre una necesidad fisiológica y otros que es una gran pérdida de tiempo. Es posible que tengan razón; sin embargo, yo creo fervientemente que dormir es un gran detector de cambios en nuestra vida.

Comenzamos durmiendo mucho y en una cuna. No hay problema, no estamos hechos todavía para la vida y por muchas e interminables vueltas que demos al dormir, la cuna no dejará que nos caigamos. Y un día empezamos a dormir en una cama pequeña, y os preguntaréis “Bueno, dormir es dormir aunque cambies de lugar, ¿no?” Error. Ya no hay unos barrotes que te limiten en tus interminables vueltas en la cama, es el momento de dejar de ser un animal y empezar a limitarte tú solito, porque sino te caes de la cama. Y el golpe puede ser doloroso, por mucho que llores y llames a papá y mamá. “¡Pero si estoy durmiendo no es mi culpa!” Ah… las peores cosas suceden cuando no estás despierto para evitarlas, primera lección.

Ahora duermes en una cama un poco más grande, porque has crecido, pero sigues durmiendo con peluches y tus papás vienen a llevarte a la cama y darte el beso de buenas noches. Sigues dando vueltas, al menos ya no te caes de la cama, ¿verdad? Aunque… vaya, el peluche ocupa sitio, y además nunca está donde lo tenías a la mañana siguiente, por lo que decides que ya no duermes más con peluches. Molestan. Un día, después de que tus padres te den el beso de buenas noches, te das cuenta de que no puedes esperar hasta mañana para leer al menos un capítulo del libro que estabas leyendo. Otro día, es una misión en un videojuego que has de terminar. E incluso hoy, has tenido que volver a encender la lamparita de noche porque se te había olvidado hacer una parte de los deberes para mañana, y está claro que tus padres no se pueden enterar. Si no vinieran a darte el toque de queda con el beso de buenas noches, podrías hacer tus cosas tranquilamente antes de dormir y echarte cuando quisieras, así que les dices a tus padres que ya no necesitas que te lleven a la cama. Molestan. Ah… cuando haces tus cosas solo salen mejor, segunda lección.

Luego duermes en camas ajenas, como en casa de una amiga, en un albergue, en casa de un chico… y en todas duermes poco y mal, porque no es tu cama y encima te ocupan espacio, ¿y eso de que te vean la cara de dormir? Buf… qué incómodo… y como salga mal la noche, aguántate la llorera y que nadie se entere. Ah… mejor solo que mal acompañado, tercera lección.

Te haces mayor, consigues pareja estable, te acuestas frecuentemente con él, te dice que le parece graciosa tu cara de dormir y respiras más tranquila cuando te despiertas por la mañana y le ves a tu lado. No sabes muy bien si duermes mejor a solas o con tu pareja, pero el caso es que al final te acabas acostumbrando y, obviamente, es mucho más placentero con tu pareja. Dormir solo empieza a ser una opción insulsa, porque te sientes como tal: solo. Ah… no quieres despertarte un día y ver que no hay nadie a tu lado, cuarta lección.

Madre mía, son las 7:00am y tu hijo ha venido a despertarte el día de Reyes, bueno, si le hace ilusión… pero que no venga a la cama los fines de semana, por favor. Ya duermes bastante poco por el trabajo y porque hay que llegar a fin de mes, así que sólo pides una cosa: intimidad para dormir tranquilo. Y piensas, “Ah… ya descansaré cuando me jubile”, quinta lección.

Envejeces a pasos agigantados, apenas te mueves al dormir, no vaya a ser que te vayas a caer de la cama, porque hace poco que existe el riesgo de caerte por ambos lados. Sabes que algún día dejarás de funcionar. “Ah… sólo espero que me pille durmiendo”, sexta lección.

¿Qué tal vas a dormir hoy?

Buenas noches.

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Capítulo 1: Regreso a las montañas

Heidi ya es adolescente

Por la ventana del tren se veía un paisaje precioso, lleno de árboles florecidos acompañados de un pequeño riachuelo que seguía la vía del ferry. Heidi empezaba a recordar su vida en la montaña con su abuelo. Los abetos tan altos, los campos llenos de flores de tantos colores, los barrancos al final de la colina donde solían pastar las cabras, el pueblo con sus habitantes tan vivarachos, la escuela, el queso tan bueno que preparaba su abuelo… pero sobre todo echaba de menos a Pedro. A Heidi se le dibujó una sonrisa en la cara ante la expectativa de volver a verle. Hacía mucho tiempo que no recibía una de sus cartas, con su letra mal trazada y alguna que otra falta de ortografía pero con toda la ilusión que destilaba el niño al poder escribirle una carta, ya que por fin había aprendido a leer y escribir. Ahora…

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Lucha libre

Sinceramente, no lo hubiera descrito mejor.

Kevin Mancojo

En mis charlas suelo contar una anécdota, en cierto modo, graciosa. Y digo en cierto modo porque para mí a veces era bastante agobiante.

Yo iba a una guardería en Alemania a la que iban niños con problemas psíquicos o físicos o ambas y críos que estaban bien. De esa manera nos relacionábamos todos, algo que mis padres querían inculcarme desde bien chiquitín.

Uno de los años me hice muy buen amigo de un chico turco que tenía síndrome de Down y se llamaba Ali. Él era mucho más grande que yo (aunque eso no sea muy complicado), éramos el elefante y el ratón. En los tiempos de descanso siempre nos íbamos a una plataforma, como una tarima, pero bastante grande. En medio de aquello, ambos nos poníamos a “pelear”: nos tirábamos al suelo y, al estilo lucha libre, nos poníamos encima y si el otro no podía apartarlo o levantarse…

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No os penséis que esto es por lo de “año nuevo, vida nueva” porque no van por ahí los tiros.

Para los que hayáis leído mi anterior entrada Abrir los ojos, sabréis que lo de empezar de cero empieza de fuera hacia dentro -cambias costumbres, pequeñas cosas, el aspecto-, así que es lo que he hecho en este blog. Aunque en este caso este blog es parte del interior, parece que voy a la inversa de la inversa -maldita paradoja-.

Más o menos guarda cierta concordancia de estilo con el anterior, pero quería darle un toque un poco más intimista y menos espectacular. Me debo de estar haciendo mayor. O quizá es que pronto se va a acabar una etapa de mi vida y quiero estar preparada, qué sé yo.

Disfrutad de los arreglos, pero tranquilos, que sigo siendo la misma.