Ya no lo necesito.

“- No creo que lo necesite.

– ¿No?

– No. Me he acostumbrado a que nunca ocurra, así que ya no lo necesito. Además es una tontería, eso va con la persona.

– ¿No te gusta que te toquen?

– Sí, claro que me gusta, pero con lo que tengo es suficiente.

– Pues yo echo de menos que me toquen.

– No me lo creo. Tienes personas que te abrazan y te besan, te dan apoyo y secan tus lágrimas. Todo eso no se puede hacer sin que te toquen.

<< No me has entendido. Echo de menos que me toquen de verdad. No es como esas veces que te ríes y durante 3 segundos le rozas el brazo, ni cuando te dan palmaditas en la espalda para animarte, ni siquiera cuando te abrazan para consolarte, ni siquiera el mejor beso del mundo. Hablo de tocar de verdad, de sentir que la otra persona está contigo, como una madre que acaricia tu mejilla o unas manos que adoran tu cuerpo; hablo de calor, de darte cuenta de que eres un ser humano conectando con otro ser humano, despacio, sin prisa, disfrutando de la pequeña bondad que te está brindando la otra persona a través de tu propia piel. De descubrir a la otra persona con mucha curiosidad, como un bebé que ve y toca por primera vez, como un animal que necesita oler para reconocer. Tocar y ser tocado sin titubeos. Volver a ser el humano más primario durante unos minutos. Eso es lo que echo de menos.>>

– No me lo creo. Tienes personas que te abrazan y te besan, te dan apoyo y secan tus lágrimas. Todo eso no se puede hacer sin que te toquen.

– No me has entendido. Bueno, da igual. ¿Pedimos otra?”

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