Lucy (I)

Caminaba por una calle adoquinada, vieja, como esas del Londres victoriano. Y llovía, como no, llovía a mares. Sin embargo, Lucy caminaba tranquila y empapada, un pequeño hilo de agua escurría constante por su nariz.

No sabía a dónde iba. Tampoco le importaba demasiado, sólo sabía que no podía parar de caminar, un pie detrás de otro, como un mecanismo de engranajes de un reloj, que nunca cesa…

La lluvia no remitía, el repicar constante de las gotas era como una melodía dulce que le hacía cerrar los ojos y respirar profundo.

Se detuvo frente a su puerta. El agua caía, hacía un recorrido semicircular en el pomo central de la puerta. Lucy levantó el puño, inspiró hondo y se detuvo. Sus pestañas mojadas no impedían que el agua se colase hasta sus ojos. De nuevo, levantó el puño e inspiró hondo, y de nuevo se detuvo.

¿Qué estaba haciendo? Se iba a casar mañana, no tenía ningún sentido. Sólo podría saber si estaba haciendo lo correcto si llamaba a la puerta. Llama a la puerta, Lucy. A lo mejor no hay nadie y has ido para nada. Pero has ido. Eso quiere decir que la vuelta va a ser dura, seca, horrible y rota.

Puedes hacerlo, no tengas miedo, sólo tienes que dar unos pequeños golpecitos rítmicos en la madera y lo sabrás. Hazlo, no tengas miedo.

¿Qué puedes perder?

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