Archivos Mensuales: junio 2015

.. the trail

Utopías de una libélula

Creo que todavía no lo has entendido. Que la vida está para improvisarla, para saltarse las reglas, para contradecir las normas, para desafiar los límites. Y sólo tienes una oportunidad de hacerlo. Perder el juego supone el final. Olvida las responsabilidades, las opiniones, los “debo”, los “no puedo”. Y haz. Haz de todo, con pasión, con energía, con dolor, desgarrándote la piel a tiras, ahogándote en el barro y gritando hasta que la voz no te responda y el eco estalle en los oídos. Ignora las prohibiciones, prueba, disfruta, permite que el riesgo te excite. Sonríe, muerde, desmorónate y suelta tu carcajada más sonora. Aprovecha cada segundo, cada instante, para recordarte a ti mismo que sigues vivo y que el universo entero está ahí para ti. Sólo por una vez. Apaga el teléfono, olvida la tarjeta de crédito en algún banco de la calle, tira las llaves a las vías…

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No tengo nada que perder.

– Volvemos a encontrarnos, Victoria.

– Estaba deseando que llegara este momento.

Había perdido la cuenta de cuántas veces había tenido que enfrentarse a Victoria. Cuatro años regalándole derrotas la había dejado agotada, en cambio Victoria, a pesar de ellas, cada vez parecía más fuerte. Pero Ella cada vez, recibía más golpes. Cada vez, se volvía menos intocable. Cada vez, Victoria estaba más cerca de ganar. Y ahora Ella se sentía débil.

Victoria se movió rápida y certera, y Ella recibió el golpe en la boca del estómago. Luego otro en las costillas, y luego otro en la mandíbula, y luego uno que casi le revienta el ojo derecho. ¿Cómo era posible que ya no pudiera preverla? ¿Estaba perdiendo reflejos por el cansancio?

Ella se tambaleó, pero siguió en pie. Victoria cargó de nuevo contra ella. A la rodilla derecha. Al estómago de nuevo. A las lumbares. Posiblemente le había roto varios huesos del cuerpo, porque notaba todo su cuerpo entumecido por el dolor.

– Esta vez no me andaré con medias tintas. Soledad te da una última oportunidad, y esta vez es la definitiva.

– No voy a aceptar.

– Con todo lo que ha hecho por ti… deberías estar agradecida.

– No he aceptado hasta ahora y voy a seguir sin hacerlo.

– Eres patética. ¿Sabes todo lo rica que podrías llegar a ser? Tendrías éxito, podrías hacer lo que quisieras siempre que quisieras, llevar una vida plácida y sin agitaciones… Y lo único que tienes que hacer es trabajar para ella, ¿qué más quieres?

– Jamás.

– Muy bien. Las instrucciones han sido claras: “Si esta vez no acepta, no pienso esperar más. Mátala”.

Victoria sacó un machete de la funda de su cinturón, esta vez no se andaba con juegos. Ella se defendió con el suyo. Un golpe metálico, otro, y otro, y una rasgó el aire, y la otra le siguió, y las hojas volaban, y los filos rozaban sus ropas cada vez más cerca, y entonces sangre. Victoria tenía un gran tajo sangrante en su cara bonita. Ella apenas podía respirar.

– Siempre vuelves a por más, Victoria.- dijo Ella tratando de ganar aire.

– Las batallas perdidas no significan haber perdido la guerra.

– Pues parece que te gusta perder.

– Yo no tengo nada que perder.

– Igual que yo. Estamos solas en esto.

– Te equivocas. Ya sé por qué hasta ahora no he podido contigo. Siempre están todos ellos.

– ¿Quiénes?

– ¿Quiénes? ¡Mira a tu alrededor!

Ella giró lentamente su cabeza y miró. Ahí estaban. Un montón de almas que la miraban. Cargar con sus propios 21 gramos ya era bastante, no podía proteger más peso. Eso era. Había acumulado toda esa carga durante cuatro años, por eso ahora se sentía tan débil. Tenía mucho que perder.

– Pero me he dado cuenta de que no pueden hacer nada por ti.

– No, no pueden.

– Así que estamos tú y yo…

Victoria le dio un golpe seco en el cuello. Ella cayó de rodillas al suelo. Con el mango de su machete, Victoria le partió el labio. Ella estaba aturdida, apenas podía ver. Victoria tiró su machete lejos y se alejó muy despacio hacia atrás, mientras sacaba una pistola.

– Prefiero morir antes que trabajar para Soledad.

Victoria sonrió, cargó y apuntó a la cabeza.

– Adiós, Estela.

Un disparo cruzó el aire. El cuerpo inerte cayó a plomo sobre el suelo. Las almas se acercaron despacio. La miraron.

– Me da pena que acabe así.- dijo La Cambiaformas.

– Para mí ella sigue aquí.- dijo La Alegre.

– Yo nunca me he separado de ella.- dijo La Invisible.

– Ya no se preocupará nunca más.-dijo Él.

Victoria observaba con pánico la tranquilidad de las almas.

– ¡No importa lo que digáis! ¡Está muerta! –las almas se giraron lentamente para mirarla-  ¿No lo veis? ¡Ya no podéis hacer nada! ¿Por qué seguís ahí?

– Porque ahora nosotros somos su Victoria.

Discutir conmigo misma.

Hay días que me levanto y me discuto. Me discuto, me cuestiono, me echo la bronca… y otras veces me regalo una sonrisa, me animo, me alegro con alguna palabra bonita… lo que hace cualquiera consigo misma.

Otra cosa no sé, pero hablo mucho conmigo. Soy la que va a su puto pedo y soy la que encarrila el día, a veces gano y a veces pierdo. Pierdo mucho la cordura conmigo misma, la paciencia, me enfado porque no hago las cosas como yo quiero, y eso que soy emocionalmente bastante ordenadita.

Tengo un acuerdo conmigo misma: los problemas se resuelven en frío. Es una de las pocas cosas que llevamos a rajatabla. Yo y yo, quiero decir. Hacemos esquemas y pautas previas de conducta entre las dos y así ante los conflictos resolvemos rápido y bien, tejemos una red de probabilidades con combinatoria y fuera preocupación.

Y fuera preocupación, dice. Ambas sabemos porque estoy escribiendo esto: todo eso ha empezado a fallar. A fallar estrepitosamente, diría yo. En el entramado fantástico que teníamos montado en el cerebro hemos encontrado una fuga, y lo mejor de todo -o lo peor, no estamos de acuerdo- es que no se puede subsanar. ¿Cómo puñeta haces una combinatoria completa y aún así tienes fugas? Bienvenida a los parámetros inexistentes.

Para los que no me hayan entendido, así en coloquial, cosas que no te esperas. Y eso está ocurriendo mucho últimamente y nos estamos rifando la culpa, no porque pasen cosas inesperadas, sino por no saber resolverlas eficientemente. ¿Os digo qué falla? Exacto, emociones con las que no cuentas. Además, en el peor momento.

Se parece a esas situaciones que son perfectamente normales y cotidianas, como puede ser hacerte el desayuno, y que de repente al coger la tostada recién calentita del tostador, te entre un calentón hormonal, el cual no tiene ningún sentido porque te haces tostadas siempre y eso no pasa, y te dura todo el día. O levantarte orgullosa por la mañana porque no te importa en absoluto que tu póster favorito esté torcido, siendo que cada vez que lo ves te quejas de por qué no lo pusiste bien y no lo estás arreglando. Y no hablemos de los días que me veo guapa, de los que no, de los que estaría para portada de Playboy y de los que afirmo ser la fea de los cojones. Y si entra una segunda persona a descuadrar, apaga y vámonos.

Tú sabes que el contexto no ha cambiado, la relación tampoco, que es un día perfectamente normal en circunstancias usuales y que, por experiencia de otras veces, sabes la respuesta que te va a dar a lo que hagas. Lo más divertido es cuando te da la respuesta contraria, no porque te la dé, sino porque tu reacción puede ser de lo más variopinta. Salir corriendo, pegar un puñetazo, reírte como si fueras imbécil o asustarte son algunas pocas.

Tengo que decir que pensaba que estaba preparada para no estar preparada pero no estoy preparada para no estar preparada. Y me jode. Porque ahora mismo no está la vida para improvisar, me digo. Y luego me susurro “O quizá sí”.

Y ya estamos en pie de guerra otra vez.

Tú.

Te miro y no te reconozco. Y me entran ganas de llorar. Porque pensaba que te había perdido pero te he ganado, quisiera decirte todas las cosas de las que me acuerdo y tengo que olvidar. Y me entran ganas de llorar. Yo que escribo historias de amor y soy incapaz de enganchar una sílaba con otra cuando te hablo. No lo sabes, pero dejo de ser lista y elocuente a tu lado. Todavía no entiendo muy bien qué has visto en mí para que quieras quedarte, si no te valgo para nada. No se puede ser tan buena persona en esta vida, ¿sabes? Me da miedo que alguien te estropee porque sé que no voy a poder cuidarte como me gustaría.

Te tengo aquí, con un sentimiento tan grande que no sé cómo no me desborda. Voy a tener que apuntar la templanza en mi lista de virtudes después de ti. Y pasará el tiempo… y todavía me seguiré preguntando si fueron buenas aquellas duchas frías o me helaron la sangre que me llegaba al corazón.

Algún día te contaré que es lo que más me gusta de ti. Hoy aprovecharé los minutos que me dejas.