Anhelo.

Recordó la primera vez que pensó en echarle imaginación.

Una pluma blanca descendió hasta su hombro y un aire cálido decidió hacerla bailar por todo su cuerpo; suave, lenta, acolchada, ligera. Cuando quedó en su mejilla cerró los ojos. La pluma se deslizó despacio por su sien, su frente, sus párpados, su nariz, sus labios… Y entonces abrió los ojos y se encontró con otros. Una bruma espesó el ambiente, la pluma había desaparecido pero el eco de su paso siguió su recorrido piel con piel, y esos ojos anclados a los suyos. Podría quedarse allí eternamente… en paz, en silencio, en quietud, en blanco. Se abrazaron. Cerró los ojos para disfrutar de aquel magnífico placer.

Cuando los abrió, sólo quedaba el aire.

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