Discutir conmigo misma.

Hay días que me levanto y me discuto. Me discuto, me cuestiono, me echo la bronca… y otras veces me regalo una sonrisa, me animo, me alegro con alguna palabra bonita… lo que hace cualquiera consigo misma.

Otra cosa no sé, pero hablo mucho conmigo. Soy la que va a su puto pedo y soy la que encarrila el día, a veces gano y a veces pierdo. Pierdo mucho la cordura conmigo misma, la paciencia, me enfado porque no hago las cosas como yo quiero, y eso que soy emocionalmente bastante ordenadita.

Tengo un acuerdo conmigo misma: los problemas se resuelven en frío. Es una de las pocas cosas que llevamos a rajatabla. Yo y yo, quiero decir. Hacemos esquemas y pautas previas de conducta entre las dos y así ante los conflictos resolvemos rápido y bien, tejemos una red de probabilidades con combinatoria y fuera preocupación.

Y fuera preocupación, dice. Ambas sabemos porque estoy escribiendo esto: todo eso ha empezado a fallar. A fallar estrepitosamente, diría yo. En el entramado fantástico que teníamos montado en el cerebro hemos encontrado una fuga, y lo mejor de todo -o lo peor, no estamos de acuerdo- es que no se puede subsanar. ¿Cómo puñeta haces una combinatoria completa y aún así tienes fugas? Bienvenida a los parámetros inexistentes.

Para los que no me hayan entendido, así en coloquial, cosas que no te esperas. Y eso está ocurriendo mucho últimamente y nos estamos rifando la culpa, no porque pasen cosas inesperadas, sino por no saber resolverlas eficientemente. ¿Os digo qué falla? Exacto, emociones con las que no cuentas. Además, en el peor momento.

Se parece a esas situaciones que son perfectamente normales y cotidianas, como puede ser hacerte el desayuno, y que de repente al coger la tostada recién calentita del tostador, te entre un calentón hormonal, el cual no tiene ningún sentido porque te haces tostadas siempre y eso no pasa, y te dura todo el día. O levantarte orgullosa por la mañana porque no te importa en absoluto que tu póster favorito esté torcido, siendo que cada vez que lo ves te quejas de por qué no lo pusiste bien y no lo estás arreglando. Y no hablemos de los días que me veo guapa, de los que no, de los que estaría para portada de Playboy y de los que afirmo ser la fea de los cojones. Y si entra una segunda persona a descuadrar, apaga y vámonos.

Tú sabes que el contexto no ha cambiado, la relación tampoco, que es un día perfectamente normal en circunstancias usuales y que, por experiencia de otras veces, sabes la respuesta que te va a dar a lo que hagas. Lo más divertido es cuando te da la respuesta contraria, no porque te la dé, sino porque tu reacción puede ser de lo más variopinta. Salir corriendo, pegar un puñetazo, reírte como si fueras imbécil o asustarte son algunas pocas.

Tengo que decir que pensaba que estaba preparada para no estar preparada pero no estoy preparada para no estar preparada. Y me jode. Porque ahora mismo no está la vida para improvisar, me digo. Y luego me susurro “O quizá sí”.

Y ya estamos en pie de guerra otra vez.

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