No tengo nada que perder.

– Volvemos a encontrarnos, Victoria.

– Estaba deseando que llegara este momento.

Había perdido la cuenta de cuántas veces había tenido que enfrentarse a Victoria. Cuatro años regalándole derrotas la había dejado agotada, en cambio Victoria, a pesar de ellas, cada vez parecía más fuerte. Pero Ella cada vez, recibía más golpes. Cada vez, se volvía menos intocable. Cada vez, Victoria estaba más cerca de ganar. Y ahora Ella se sentía débil.

Victoria se movió rápida y certera, y Ella recibió el golpe en la boca del estómago. Luego otro en las costillas, y luego otro en la mandíbula, y luego uno que casi le revienta el ojo derecho. ¿Cómo era posible que ya no pudiera preverla? ¿Estaba perdiendo reflejos por el cansancio?

Ella se tambaleó, pero siguió en pie. Victoria cargó de nuevo contra ella. A la rodilla derecha. Al estómago de nuevo. A las lumbares. Posiblemente le había roto varios huesos del cuerpo, porque notaba todo su cuerpo entumecido por el dolor.

– Esta vez no me andaré con medias tintas. Soledad te da una última oportunidad, y esta vez es la definitiva.

– No voy a aceptar.

– Con todo lo que ha hecho por ti… deberías estar agradecida.

– No he aceptado hasta ahora y voy a seguir sin hacerlo.

– Eres patética. ¿Sabes todo lo rica que podrías llegar a ser? Tendrías éxito, podrías hacer lo que quisieras siempre que quisieras, llevar una vida plácida y sin agitaciones… Y lo único que tienes que hacer es trabajar para ella, ¿qué más quieres?

– Jamás.

– Muy bien. Las instrucciones han sido claras: “Si esta vez no acepta, no pienso esperar más. Mátala”.

Victoria sacó un machete de la funda de su cinturón, esta vez no se andaba con juegos. Ella se defendió con el suyo. Un golpe metálico, otro, y otro, y una rasgó el aire, y la otra le siguió, y las hojas volaban, y los filos rozaban sus ropas cada vez más cerca, y entonces sangre. Victoria tenía un gran tajo sangrante en su cara bonita. Ella apenas podía respirar.

– Siempre vuelves a por más, Victoria.- dijo Ella tratando de ganar aire.

– Las batallas perdidas no significan haber perdido la guerra.

– Pues parece que te gusta perder.

– Yo no tengo nada que perder.

– Igual que yo. Estamos solas en esto.

– Te equivocas. Ya sé por qué hasta ahora no he podido contigo. Siempre están todos ellos.

– ¿Quiénes?

– ¿Quiénes? ¡Mira a tu alrededor!

Ella giró lentamente su cabeza y miró. Ahí estaban. Un montón de almas que la miraban. Cargar con sus propios 21 gramos ya era bastante, no podía proteger más peso. Eso era. Había acumulado toda esa carga durante cuatro años, por eso ahora se sentía tan débil. Tenía mucho que perder.

– Pero me he dado cuenta de que no pueden hacer nada por ti.

– No, no pueden.

– Así que estamos tú y yo…

Victoria le dio un golpe seco en el cuello. Ella cayó de rodillas al suelo. Con el mango de su machete, Victoria le partió el labio. Ella estaba aturdida, apenas podía ver. Victoria tiró su machete lejos y se alejó muy despacio hacia atrás, mientras sacaba una pistola.

– Prefiero morir antes que trabajar para Soledad.

Victoria sonrió, cargó y apuntó a la cabeza.

– Adiós, Estela.

Un disparo cruzó el aire. El cuerpo inerte cayó a plomo sobre el suelo. Las almas se acercaron despacio. La miraron.

– Me da pena que acabe así.- dijo La Cambiaformas.

– Para mí ella sigue aquí.- dijo La Alegre.

– Yo nunca me he separado de ella.- dijo La Invisible.

– Ya no se preocupará nunca más.-dijo Él.

Victoria observaba con pánico la tranquilidad de las almas.

– ¡No importa lo que digáis! ¡Está muerta! –las almas se giraron lentamente para mirarla-  ¿No lo veis? ¡Ya no podéis hacer nada! ¿Por qué seguís ahí?

– Porque ahora nosotros somos su Victoria.

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