Archivos Mensuales: septiembre 2015

Me pregunto.

Me pregunto cómo sería ser una de esas personas que tienen todo muy claro, con un camino recto en la vida y con la fuerza suficiente para llevarlo a cabo.

Me pregunto cómo sería estar con gente que te admira por la mañana y con gente que te quiere por la tarde entre semana, y dedicarle tu tiempo a un amigo cada fin de semana. O al mismo.

Me pregunto cómo sería levantarte cada mañana y saber que tienes un cometido con tu vocación, sea cual sea.

Me pregunto cómo sería que el día menos esperado apareciese la persona menos esperada para decirte “¿Cómo estás? He hecho un viaje muy largo sólo para verte.”

Me pregunto y repregunto cómo sería la vida sin habernos conocido, o habiéndonos conocido antes, o más tarde, o en otras circunstancias.

Me pregunto qué pasaría si lo dejara todo ahora y me marchase al país más lejano del mundo. También me pregunto cuando volvería o si volvería.

Me pregunto en qué pensarás todas las noches antes de acostarte y al despertarte por la mañana.

Me pregunto si sería diferente estar contigo o estar con otro.

Me pregunto qué se siente al ser reconocida por tu trabajo y cuántas personas me pedirían consejo.

Me pregunto si tú me odias tanto como yo te odio a ti, o incluso más.

Me pregunto demasiadas veces si estoy haciendo bien o estoy haciendo mal, si soy buena persona o soy mala persona.

Me pregunto cómo podría tratarte mejor o si tengo que tratarte peor. También cómo podría tratarme de la mejor manera posible a mí misma.

Me pregunto cómo sería que tu mascota durase hasta el día de tu muerte. También si siente ese amor tan grande hacia mí.

Me pregunto cómo sería estar en tus brazos y en tus besos.

Me pregunto cómo sería pasar menos tiempo sola.

Me pregunto tantas cosas… que no me da para responderlas todas.

Aún me pasa.

En momentos así, mi gato me hace mucha compañía. No es baladí, los que han tenido la oportunidad de convivir con un animal saben que no lo es. Tengo dos, pero ambos tienen personalidades diferentes. Uno me sigue a todas partes y me da un cariño tremendo y la otra me aguanta todo y tiene una paciencia infinita conmigo. No me puedo quejar.

Pero lo cierto es que me siento sola. Sí, aún me pasa. Después de conocer un puñado de personas que valen oro, de aprender a estar sola y de tener trabajo que hacer, todavía se empeña mi corazón en sentirse solo. Suena muy poético así dicho, pero no puede ser más cierto.

Últimamente -y lo atribuyo a un reciente cambio de vida- paso mucho tiempo sola en casa. Leo, juego, hago, limpio, gatos, pienso, preparo y escribo. No me aburro mucho, estoy acostumbrada a estar sola y tener mundo interior. Y, sin embargo, me siento sola. Como si nadie me echara de menos -que no es verdad-, como si nadie se acordara de mí -alguien lo hará-, como si no se me tuviera en cuenta -no me puedo quejar-, como si… como si estuviese esperando algo que nunca llega. Esperar, qué palabra más tediosa.

Me entran ganas de meterme en problemas sólo para darle un poco de emoción a mi vida. ¿Es lo mismo sentirse sola que sentirse vacía? No me parece que me sienta vacía, de hecho, desde que terminé la carrera me siento más plena, más liberada. Aunque sola. Sola, sola, sola. Si lo digo muchas veces igual se vuelve interesante.

Circunstancias, podrían ser las circunstancias. Mi mejor amiga me llama por la mañana pero no puedo cogérselo, la llamo después y comunica. Dos veces. Que me llama por la tarde. No hay problema, se le olvidará y hablaremos largo y tendido una semana después. Es costumbre, vidas dispares, es normal. Escribo por la mañana al que podría considerar -y cuidado, que voy a órdago- algo así como mi alma adyacente -si fuera gemela sería aburrido que te cagas-, luego le escribo otra vez por la tarde. Pasa un día. Pasan dos. Y aparece tras una desconexión, una gran ocupación, unos días difíciles. No hay problema, una conversación útil y divertida y otros tres días desaparecido. Es costumbre, vidas dispares, es normal. Total, que al final con la que más he hablado estas dos últimas semanas ha sido con la secretaria de un colegio en el que voy a dar clases. Pobre mujer, tanto trabajo y tanta paciencia.

Pero la mejor de todas es la suya. Por la mañana trabaja, viene a comer dos minutos, por la tarde trabaja. Viene cansado, con ganas de desconectar con algún videojuego, cenar y dormir. Parece que revive el fin de semana. No hay problema, algún día ya estaré acostumbrada, conviviré largos años con ello y ya está.

Es costumbre, vidas dispares, es normal. Desde mis 14 años, aún me pasa.

Choco y Biscote.

No suelo hablar de mi debilidad por los gatos en este blog, pero hay cosas que a ciertas alturas ya no se pueden ocultar -ni que lo estuviese evitando-: me encantan los gatos.

No tengo muy claro por qué me gustan exactamente, se habla de que son majestuosos y elegantes, tranquilos y bonitos, adorables a rabiar cuando son pequeños -cuando son mayores también, pero menos-… que son cómo un saquito peludo de virtudes, ¿no? Supongo que a mí me gustan porque son cariñosos y agradecidos, dan calorcito y hacen compañía, y son antidepresivos. Sí, antidepresivos.

Se hacen un montón de terapias para personas mayores y personas con depresión en compañía de estos felinos. Y no lo dudo. Más allá de algunas lecturas con cierto olor científico en las que te repiten por activa y por pasiva que el ronroneo del gato mejora la presión sanguínea y, por tanto, la circulación, sé de cierto -por experiencia propia y la observación de otros- que un gato es una de las medicinas psicológicas más eficaces.

Para las personas mayores, son animales tranquilos y pacientes que no necesitan mucho cuidado y hacen mucha compañía, son suaves y cuidadosos. Para las personas con depresión, son aún mejor. Tener una responsabilidad como es la de cuidar a un animal hace que inevitablemente debas llevar una rutina, a mayores, los propios animales ayudan a ello, en especial, los gatos.

A pesar de que su paseo por casa parezca errático, siempre hacen los mismos recorridos por el mero de hecho de comprobar que su territorio sigue igual y en su sitio: lo mismo harán contigo. Los gatos hacen sus costumbres contigo, no en función de ti -como lo haría un perro, que se adapta a lo que tú le ofrezcas-, sino contigo. Mientras tú preparas tu desayuno, el gato tiene costumbre de mirar por la ventana recién abierta -es lo que hace la mía-, pero si ese día no abres la ventana, el gato estará contigo y te lo hará saber hasta que lo hagas. Muchas personas con depresión pueden tener periodos de dejadez absoluta, se quedan en la cama o no hacen las comidas diarias; un gato no les va a dejar hacer eso. Le harán saber que quiere comer, que esté limpio el arenero, que si tú no haces esto ellos no pueden hacer lo otro o simplemente comenzar la rutina de siempre, y si nada de eso funciona -y esto es lo mejor- le harán compañía hasta que se sienta mejor para hacerlo. Sin presión, sin nerviosismo.

Otra cosa que también me gusta de los gatos es que no te dejan depender de ellos. Con esto no quiero decir que se no se pueda querer a un gato tanto como a un perro -se les quiere igual o más-, sino que para alguien con depresión, esto es fantástico. Así como los perros -hablo en términos generales, hay personalidades para todos- no te dejan ni un minuto y exigen tu atención activa, los gatos te dejan tu propio espacio y te obligan a que tú les dejes el suyo: ayudan al desarrollo de la independencia emocional, lo cuál puede traducirse en que a las personas con depresión les afecten menos los agentes que les provocan la misma, convirtiéndose en dueños de su propia depresión y no al revés.

Como experiencia personal tengo que decir que con un gato aprendes a querer mejor, no más ni menos, sino mejor. Hace cosa de cinco días, rescatamos a un par de gatitos -hermano y hermana- de debajo de una apisonadora porque estaban muy mal y les pusimos nombre, Choco y Biscote. Yo ya tengo dos gatos a los que quiero mucho -Nala y Fiodor- y no voy a poder acoger más, pero eso no impidió que les pusiéramos nombre y que los esté cuidando como si fueran míos hasta verles recuperados y sanos.

Porque a mí mis gatos me salvaron la vida.

¿Por qué Choco y Biscote no pueden salvar la tuya?

Choco
Choco, el chico.
Biscote.
Biscote, la chica.