Nuestra foto.

-Y ahí es donde…

-¡Ah, mira!

Entonces ella se separó inesperadamente de su lado para correr hacia la playa. Quedó al borde un abismo de arena, en el límite de los adoquines del paseo, y se miró los pies.

-¿Qué pasa?

-Es una playa. Quiero pisar la arena.

Se descalzó sus sandalias y hundió despacio, un pie tras otro, sus plantas en la arena fresca. Marchó deprisa hasta la húmeda orilla con las sandalias en la mano. Paró y esperó a que una suave y fría ola acariciara sus pies, sintió un escalofrío. Él había hecho lo propio y la había seguido en silencio, como si de un ritual se tratase. Ella respiró el mar y cerró los ojos. Él la miraba lleno de ternura.

Sin saber muy bien cómo, sus manos se entrelazaron sobre el sonido del mar y ambos quedaron así, mirando al horizonte.

Por el momento, no necesitaban nada más.

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