Archivos Mensuales: septiembre 2015

Permitirse el lujo.

Permitirse el lujo de echar de menos es correr el riesgo de necesitar, y nadie necesita a nadie. Es duro darse cuenta de que no eres imprescindible.

Tus amigos no te necesitan, tu pareja no te necesita, tus padres no te necesitan, tu hermana pequeña no te necesita, en definitiva, tus seres queridos no te necesitan. Todos ellos pueden vivir perfectamente sin ti, aunque no te lo creas. Y si necesitas a alguno de ellos, es que tienes un problema.

Recuerdo cuando yo decía “te quiero” en vez de “te necesito” durante mi adolescencia y de como “necesitarte” era “amarte hasta la muerte”. Porque si lo necesitas es que tu vida depende de ello, y no, no es bonito, necesitar a una persona hasta ese punto me parece bochornoso.

¿Cómo se cuida a alguien a quién se necesita? Con sobreprotección, con control y evitando peligros. De paso, cómprale una jaula. Dudo seriamente que el amor se exprese así, al menos el sano y responsable, porque no me cansaré de decirlo: querer a alguien es una responsabilidad, hay quererle los defectos, la falta de virtudes y las malas circunstancias.

No quiero que me necesites, quiero que me quieras; yo no quiero serte útil, quiero decorarte la vida. No en el sentido superficial, sino en el sentido de que si te falto algún día, puedas poner otra cosa en mi lugar, pero que te guste tenerme ahí. No quiero ser una obligación, quiero ser tu elección; no quiero estar en todos los momentos de tu vida, quiero estar en los que tú quieras que esté y en los que yo quiero estar. Esto último igual te suena raro, pero si tú me quieres y yo te quiero, ¿qué más da?

Si un día faltas, no pasa nada, seguiré viviendo, pero no podrás evitar que llore, ¿sabes? Porque ya no podré elegirte.

Por eso me arriesgaré, voy a permitirme el lujo de echarte de menos.

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Nuestra foto.

-Y ahí es donde…

-¡Ah, mira!

Entonces ella se separó inesperadamente de su lado para correr hacia la playa. Quedó al borde un abismo de arena, en el límite de los adoquines del paseo, y se miró los pies.

-¿Qué pasa?

-Es una playa. Quiero pisar la arena.

Se descalzó sus sandalias y hundió despacio, un pie tras otro, sus plantas en la arena fresca. Marchó deprisa hasta la húmeda orilla con las sandalias en la mano. Paró y esperó a que una suave y fría ola acariciara sus pies, sintió un escalofrío. Él había hecho lo propio y la había seguido en silencio, como si de un ritual se tratase. Ella respiró el mar y cerró los ojos. Él la miraba lleno de ternura.

Sin saber muy bien cómo, sus manos se entrelazaron sobre el sonido del mar y ambos quedaron así, mirando al horizonte.

Por el momento, no necesitaban nada más.