Archivos Mensuales: diciembre 2015

A la chica del baño.

No hace falta que llores en susurros, llora a gusto. Reconozco que me he quedado un rato más en el cubículo de al lado para escucharte, para ver si compartiendo el dolor te dolía menos. Pero la desazón con la que debías derramar tus lágrimas no entendía de empatia. Sea lo que sea, que sepas que he estado justo al lado, escuchando pacientemente tu pena. No eran necesarias las palabras, entiendo lo que es que no quieras que te vean llorar, que vean el hondo dolor que te sale del corazón. Quizá no estabas preparada para que sucediera o quizá ya sabías el final y sólo te estabas defendiendo. Me hubiera gustado decirte que todo iba a ir bien, que todo lo malo pasa y que no estás sola ni siquiera cuando estás sola, porque hay desconocidos como yo que también sufren de idiotez y se quedaran en el baño de al lado a ver si se te pasa. Llevaba pañuelos, podría haberte dado uno como muestra de entendimiento, pero sabía que no ibas a arriesgarte a que te viera ni una sola lágrima hasta que saliera por la puerta, para no manchar tu dignidad, esa que no te hace falta porque no hay nada de lo que avergonzarse. Me hubiera gustado sonreirte con cariño para que te sintieras un poco mejor. Pero ya sabes, la bondad de los desconocidos ocurre a destiempo.

Así que si alguna vez lees esto, recuerda que llevo pañuelos para ti y una sonrisa.

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Tengo que convencerme.

Que estoy en esta cama oyendo las agujas de reloj cómo se me comen por dentro, mi alma está terminal y mi cerebro está luchando a vida o muerte contra la locura. Cada vez que escribo un “no puedo más” es que puedo un poco menos, porque cuando eso ocurra, cuando ya no pueda más, no merecerá la pena que me siente a escribir esto. Se me están pudriendo las entrañas de sujetarlas, de conservarlas y guardarlas para… nada. En el silencio, el reloj es más fuerte cada vez, cada segundo más alto que el anterior, y mi aire entra intoxicado y sale decadente, huele a ansiedad sin destapar. No es suficiente, nunca es suficiente. Mi ímpetu se ha quedado en vacío, mis engranajes están dejando de funcionar y mi estructura mental se está debilitando.

Sólo tengo que convencerme: tú no vas a venir a rescatarme.

Mi casa se está muriendo.

Mi casa está enferma. Bajo su suelo hay metros y metros de barro que la infectan y están acabando con ella. En efecto, no sólo hay una fuga, hay muchas más. A lo largo de mi calle y de los años, las casas se han transformado poco a poco en ruinas hasta que han dejado de existir, casas resistentes y fuertes de adobo, con más de 50 años a sus espaldas que se han conservado en perfecto estado. Hasta hace nada. Hasta que alguien decidió levantar la calle y cambiar tuberías. Hasta que a alguien dejó de importarle si sus acciones tenían consecuencias. Hasta que el añejo y fresco barrio de Juslibol, antes pueblo, dejó de importarle al Ayuntamiento de Zaragoza.

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Mi casa está herida. Sus grietas van desde el suelo hasta el techo, cada vez son más, cada vez más gruesas. Cada día veo como mi casa sufre más y más, cada mañana veo la misma grieta más grande, y cada noche me acuesto rezando porque mañana deje de languidecer. Yo no puedo curar mi casa y los maullidos de mis gatos no le palian las heridas.

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Mis gatos lo saben: vamos a tener que dejar morir a nuestra casa porque ha dejado de ser segura. Ellos no entienden que el Ayuntamiento de Zaragoza y Ecociudad no quieren curarla, eso cuesta mucho dinero y, al fin y al cabo, son sólo unas cuantas piedras viejas… ¿a quién le puede importar eso?

A mí.
A mi pareja.
A mi familia.
A los habitantes de Juslibol.
A las familias de los habitantes de Juslibol.
A la ciudad de Zaragoza, porque un pedacito de ella se está desvaneciendo sin que nadie se dé cuenta.

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Me gusta mi casa. Hago vida aquí, la cuido, la limpio, la pongo bonita y ella me acoge, me da calor, nos da cobijo. No me quiero ir, sé lo que es estar de aquí para allá, y puedo asegurar que no es nada cómodo.

Cómodo es estar sentado en un sillón de despacho durante 10 años viendo como los hogares de su jurisdicción se vuelven ruinas y dejan huérfanos a ancianos que tenían toda una vida ahí y jóvenes que no tienen a dónde ir porque la vida de alquiler y con paro juvenil está muy cara.

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Háganme el favor de no decir que cuesta mucho dinero arreglar este desaguisado que ustedes han montado por incompetencia, que, por si aún no lo han pillado, no se trata de las grietas. Se trata de tener que abandonar tu propia casa.

¿No creen que ya va siendo hora de mover el culo, señores?

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