Tengo que convencerme.

Que estoy en esta cama oyendo las agujas de reloj cómo se me comen por dentro, mi alma está terminal y mi cerebro está luchando a vida o muerte contra la locura. Cada vez que escribo un “no puedo más” es que puedo un poco menos, porque cuando eso ocurra, cuando ya no pueda más, no merecerá la pena que me siente a escribir esto. Se me están pudriendo las entrañas de sujetarlas, de conservarlas y guardarlas para… nada. En el silencio, el reloj es más fuerte cada vez, cada segundo más alto que el anterior, y mi aire entra intoxicado y sale decadente, huele a ansiedad sin destapar. No es suficiente, nunca es suficiente. Mi ímpetu se ha quedado en vacío, mis engranajes están dejando de funcionar y mi estructura mental se está debilitando.

Sólo tengo que convencerme: tú no vas a venir a rescatarme.

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