A la chica del baño.

No hace falta que llores en susurros, llora a gusto. Reconozco que me he quedado un rato más en el cubículo de al lado para escucharte, para ver si compartiendo el dolor te dolía menos. Pero la desazón con la que debías derramar tus lágrimas no entendía de empatia. Sea lo que sea, que sepas que he estado justo al lado, escuchando pacientemente tu pena. No eran necesarias las palabras, entiendo lo que es que no quieras que te vean llorar, que vean el hondo dolor que te sale del corazón. Quizá no estabas preparada para que sucediera o quizá ya sabías el final y sólo te estabas defendiendo. Me hubiera gustado decirte que todo iba a ir bien, que todo lo malo pasa y que no estás sola ni siquiera cuando estás sola, porque hay desconocidos como yo que también sufren de idiotez y se quedaran en el baño de al lado a ver si se te pasa. Llevaba pañuelos, podría haberte dado uno como muestra de entendimiento, pero sabía que no ibas a arriesgarte a que te viera ni una sola lágrima hasta que saliera por la puerta, para no manchar tu dignidad, esa que no te hace falta porque no hay nada de lo que avergonzarse. Me hubiera gustado sonreirte con cariño para que te sintieras un poco mejor. Pero ya sabes, la bondad de los desconocidos ocurre a destiempo.

Así que si alguna vez lees esto, recuerda que llevo pañuelos para ti y una sonrisa.

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