Pequeñita.

Seguro que alguna vez habéis estado en mitad de una multitud o habéis sido el cliente n°147 o habéis estado rodeados de un grupo que hablaba de algo que no entendíais para nada.

Hace poco me encontré mirando al mar y en vez de sentir una tranquila felicidad, vi como las olas rompían contra las rocas y se me revolvió el estómago. Pero de noche fue aún más espeluznante -sí, la palabra es espeluznante- cuando en la inmensa oscuridad de la noche, con los pies calados, vi a lo lejos un barco que emitía una pequeñísima luz. Y entonces entendí mi intranquilidad.

En ese momento entendí que era insignificante. Me sentí muy pequeña, sola y fuera de lugar. Que era la 346 de una larga cola de personas, que mis acciones se quedaban demasiado pequeñas para que nadie se fijara en ellas. Una más. Una más de una larga lista de innombrables que serán recordadas como una anécdota, puede que ni graciosa. Un átomo en un sistema demasiado grande como para poder ser visto, un ser vivo más en un ecosistema que no me pertenecía. Pequeñita, insignificante.

Y entonces va cayendo como una losa que resbala por un terraplén: “No eres especial.”

Voy a tener que solucionar eso.

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