Archivos Mensuales: agosto 2016

Madres.

Hablemos sobre madres. Esas madres que están con sus hijos, pero de adorno. Esas madres que ven que sus hijos están molestando al de al lado -y digo molestar literalmente, no corretear o jugar- y miran como si estuvieran viendo el vacío, sólo reaccionan cuando tú decides que ya has aguantado suficiente y le dices al niño que pare. Sí, delante de su madre, porque no tengo nada de lo que avergonzarme ni nada que ocultar: su hijo me está molestando, usted lo está viendo y no hace nada al respecto.

Pero lo más increíble de todo es que, como movidas por un resorte al sonido de tu voz, deciden que el mejor razonamiento es “Yo soy su madre y ya sé que están haciendo eso”. Muy bien, ¿lo hace usted con premeditación y alevosía entonces? Porque entonces es que usted necesita ensañarse conmigo por algo y que yo sepa a usted no la conozco de nada. En fin.

Luego hay otros casos fascinantes como el que me ocurrió hace poco. El piso donde vivo tiene la particularidad de tener las paredes de papel, es decir, que todo se oye desde el rellano y los pisos colindantes. Al margen de vecinos molestos y niñas pequeñas que te queman el timbre (léase párrafo anterior, ahora con más disfrute), también se oyen entradas y salidas de vecinos, niñas de 3 años o menos que deciden escaparse de casa para llamar a la vecina de enfrente o perros que te avisan que se van o vienen de pasear. El caso es que, a eso de las 7 de la tarde un día de verano, llevo escuchando un buen rato a un niño llorar desconsoladamente en la escalera del rellano. Al principio puede ser simplemente una de esas idas y venidas de las que hablo, pero llevaba ya mucho rato y no había más voces alrededor. Empezaba a ser preocupante.

Decido salir al rellano y, efectivamente, un niño de 7 años estaba llorando a moco tendido en la escalera con un dibujo en la mano y sin pinturas, así que nada de castigos ni jugar en el rellano, se había quedado solo. Cuando le pregunté si estaba bien y qué le pasaba, el niño tardó poco en secarse las lágrimas y me explicó que nadie le abría en casa. No sabía ni dónde estaba su madre ni cuándo volvería, mi asombro aumentaba por momentos. Le dije que entrara en casa a esperar y él mismo me dijo que se sabía el número de su madre. Debía de estar haciendo un gran esfuerzo por recordar dicho número, le daba a las teclas muy despacio y aún se sorbía los mocos del disgusto. Menos mal, la madre vendría pronto según dijo. Después de darme el teléfono, se quedó en la entrada sin moverse ni un pelo. Uno de mis gatos aprovechó para apoyarse en su hombro y olerle la cara. Para los que vivimos en casa, familiares y amigos, eso era lo normal: mis gatos son bastante sociables y su curiosidad por identificar a las personas que entran en casa está a la orden del día. Para aquel niño no. No se movió ni un ápice y temía que en cualquier momento ese bicho peludo, en aquella casa extraña con personas extrañas, fuera a comerle la cara. La cosa es que me costó ver que estaba un poco asustado -como para no estarlo después de un abandono temporal- y le invité a galletas con chocolate y a que acariciara a los gatos sin miedo porque no hacían nada. Debía de tener mucha hambre, se comió las galletas con fruición en la cocina y entonces llegó su madre a buscarlo. Se iba a dejar la última galleta porque su tiempo de espera había terminado, pero le insté a que la cogiera porque era para él, no para tener que esperar. Podría haber dicho que no quería más para irse ya con su madre, pero dio media vuelta y se la comió.

Cuando pasan estas cosas, una espera que la madre se disculpe por las molestias o dé las gracias repetidamente o intente justificarse con que “esto no es lo habitual”. Pero no. La madre, sonriente de oreja a oreja y con una despreocupación absoluta, dio las gracias y añadió que se había ido a hacer recados y que el niño sorprendentemente había regresado antes de normal del campamento urbano -lo que explica el dibujo que en ningún momento soltó-, que quizá debería darle llaves. Quizá. Y se fue.

Ahí es dónde mi fascinación alcanzó el climax, ¿no es más fácil avisar al niño de antemano por si ocurre esto y darle alguna opción o recurso? ¿Acaso el campamento urbano no tiene un horario establecido? ¿Por qué no le das las llaves de casa si tan importante es para ti la despreocupación? ¿Usted sabe, señora, el mal rato que ha pasado el chaval por su culpa?

En fin, hay madres para todo.

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Flores.

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Hay gente que ha hecho el esfuerzo de trasladarse; yo adapto mi trabajo a los intereses de la mayoría, me trago horas de viaje y lo pago en salud y económicamente, ¿por qué un esfuerzo vale menos que el otro?

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¿Es que hay decisiones válidas y decisiones erróneas? ¿Las válidas son las del gusto o intereses de la mayoría? Que yo sepa cada uno tiene derecho a tomar decisiones sobre sí mismo y a que sean respetadas. Si son buenas o malas es un juicio personal.

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No sólo no se me apoya sino que en alguna ocasión se me induce a rectificar mi decisión. Es como si a una persona que ha decidido vestirse de gótica se le dijera “Lo de ir de gótica para una temporada está muy bien, pero a ver cuando te vistes normal como los demás.”

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Económicamente ya lo estoy pagando, no me lo hagáis pagar psicológicamente.

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Y pienso en todo esto y ni siquiera estoy enfadada, simplemente me siento sola. Porque si ahora que la situación es difícil de llevar no tiene importancia porque “es temporal”, la importancia será la misma cuando ya no haya kilómetros de por medio porque “será definitiva”. Si se supone que soy igual de importante que los demás, da igual las circunstancias mientras cumpla, ¿no?

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Siento que siempre encuentro la solución para todos y nadie la encuentra para mí. Si no nos cuidamos entre nosotros como la familia que somos, ¿cómo vamos a sacarlo adelante?

Pensamiento 01

“Una vez escuché un chiste. Un hombre va al médico. Dice que está deprimido. Dice que su vida parece dura y cruel. Dice que se siente solo en un mundo amenazador donde lo que yace adelante es vago e incierto. El doctor dice que el tratamiento es sencillo. El gran payaso Pagliacci ha venido a la ciudad. Vaya a verlo esta noche, con eso se animará. El hombre empieza a llorar:

-Pero, doctor… Yo soy Pagliacci.

Buen chiste. Todos ríen. Redoble de tambor. Telón.”

Rorschach, Watchmen.

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La sexta cerveza.

La gente reía, bailaba y bebía bajo la atmósfera recargada de luz tenue y música de fondo. La sexta cerveza empezaba a ser difícil de sujetar para Jane, a pesar de tener práctica con las cinco anteriores. No había hablado apenas en toda la noche mientras su círculo de amigos bromeaba sin parar sobre el trabajo de Josh, el cual miraba con sorna a cada comentario al respecto siempre sin perder la sonrisa. Josh no estaba especialmente guapo esa noche, podría decirse que ni siquiera lo era, pero a Jane le gustaba. Le gustaba la seguridad con la que parecía hacer cualquier cosa, enfrentarse a las dificultades con aplomo y paciencia, sin perder jamás la sonrisa. Josh había sido siempre su amigo de confianza, ese que consigue arrojar luz en los lugares más oscuros y vacíos de tu existencia, ese que siempre lleva la solución en el bolsillo.

– ¡Dios, Josh! ¡Nos aburres ya con tu trabajo!

– Kyle, si sólo has hablado tú…

– Jajaja, ¡pero siempre de ti! Porque eres cojonudo, ya lo sabes, ¡aunque la chica que te pille va a tener que armarse de paciencia contigo!

-A estas alturas ¿quién querría estar conmigo?

Jane no tuvo muy claro si fue el último trago de cerveza o las risas de sus amigos lo que hizo sonar su voz.

-Eres la clase de chico con el que cualquiera querría despertarse por la mañanas. No veo el problema.

Silencio. En segundo plano quedaron las conversaciones ininteligibles y la música del bar. Kyle y los demás miraban sorprendidos a Jane, incluido el propio Josh, que había quedado mudo por la afirmación tan rotunda. Jane miraba a todas partes en busca de una salida.

-Es la sexta cerveza ya. Creo que me voy a casa.

Entre comentarios sarcásticos y risitas, cogió su abrigo y su bolso y acto seguido se internó en el frío de la calle, esperando encontrar una respuesta válida a lo que acababa de ocurrir. Decidió no pensarlo mucho.

Al fin y al cabo, hay cosas que no se pueden ocultar eternamente.