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Encuentro extremado placer en escribir y mi gata tricolor es BEST CAT EVUR.

Economía del lenguaje VS Inclusión en el lenguaje

Hacía mucho que no me pasaba por aquí para dejar mis pequeños ensayos y hoy es un buen día para hablar sobre un tema que -la verdad sea dicha- me ha traído siempre de cabeza dentro del mundo del Feminismo. Antes de que alguno sigáis leyendo, me gustaría decir un par de cosas:

  • Seáis feministas o no, os pido por favor que mantengáis la mente abierta a lo largo del articulillo.
  • La inclusión en el lenguaje surgió de la vida diaria: no sólo hay médicos, hay médicas (término que hace doce años sonaba extraño porque sólo se usaba como adjetivo, en plan “consultas médicas”, si había alguna mujer era “una médico), al igual que ya no es “una guerrero” porque la profesión era eminentemente masculina, sino que ya es “una guerrera” (que ahora os suena todo super normalizado pero no lo era, eh).
  • Y para los que os pille de nuevas:

Feminismo

  1. Principio de igualdad entre el hombre y la mujer.
  2.  Movimiento social y político (que no partidario) que lucha por la igualdad defendiendo los mismos derechos para la mujer que el hombre.

Una vez aclarado esto y sin ánimo de alargarlo más, procedo.

Esta semana tenía que quedar con un compañero del voluntariado al que no conocía todavía en persona para charlar y comentar cómo íbamos a preparar la presentación de un evento que tenemos a final de mes. El caso es que ambos queremos hacerlo ameno y lo suyo es darle algo de humor.

Uno de los ejemplos que puso -sin ningún ánimo de ofender y con buenas intenciones- fue sobre un monologuista que comenzó su discurso con “Bienvenidos y bienvenidas, todos y todas, hombres y mujeres… perdón, hombras y mujeros…” y que el público se rió y que por qué no hacíamos algo parecido. A medida que le iba escuchando, mis ganas de participar con él en el próximo evento iban disminuyendo, pero no hay nada como preguntar y dialogar para que las personas se entiendan. Le dije que a mí no me parecía gracioso y que era contraproducente para lo que – como él me confirmó- realmente quería expresar al hacer chiste sobre el lenguaje inclusivo, que era lo absurdo de alargarlo infinitamente. Estoy de acuerdo en que hubo un punto muy absurdo durante la lucha sobre el lenguaje inclusivo, pero pasaron varias cosas después: que evolucionó y se subsanó; que la manera de “humorizarlo” que había escogido dicho monologuista no había sido la adecuada. ¿Por qué? Porque no es lo mismo reírte de algo absurdo que llevarlo al absurdo. Lo primero es muy legítimo y se ha usado a lo largo de los tiempos, pero lo segundo, en la mayoría de los casos, se ha usado para desmerecer o desacreditar lo que se está llevando al absurdo; eso es exactamente lo que estaba haciendo el monologuista en cuestión: al llevarlo al absurdo, estaba desacreditando el lenguaje inclusivo, y teniendo en cuenta que queremos que el feminismo se tome en serio -porque es algo muy serio y todavía no está normalizada esa descripción que he puesto más arriba- ese tipo de humor no ayuda. Posiblemente, sin ningún tipo de mala intención igual que mi compañero, pero el efecto fue ese.

El caso es que no tenía tiempo ni ganas de explicarle todo esto a mi compañero porque teníamos cosas más urgentes de las que hablar (que no más importantes) y no quería empezar con mal pie, dado que insistía en su discurso en defensa de este señor que “sólo hacía humor”.

Así que le di vueltas a posteriori porque -como he dicho antes- es absurdo repetir lo mismo en ambos géneros  si no son palabras diferentes y se hace muy cansino alargar el discurso de esta manera. Y entonces recordé un tweet -creo que del señor Reverte- que recordó -esta vez acertadamente aunque no de la mejor forma- una cosa llamada economía del lenguaje. Y me jode admitirlo, pero en eso tenía razón. El lenguaje oral es rápido, se adapta a las circunstancias y solventa en el momento, ¿toda la vida el masculino se ha usado como genérico? Pues ya está. Se montó un revuelo con el tema del lenguaje -creo que por un discurso de Podemos, que quiso ser inclusivo y acabó siendo repetitivo- que no llegó a ningún consenso y ahí quedó a nivel popular.

Pero no está. Al aplicar en este caso la economía del lenguaje, no cargamos la inclusión, que es lo que venimos luchando desde hace un rato ya. ¿Y qué hicieron las feministas versadas? Buscar una solución, como siempre. Teníamos en nuestro haber noventero la maravillosa arroba, que comenzó a usarse sin problemas y el mundo no se quejó, veías tod@s y no pasaba nada, incluso era moderno. Sin embargo, las nuevas tecnologías avanzan y, al automatizarse, reconocían este símbolo y daban error o creaban hipervínculos innecesarios que llevaban a error -valga la redundancia-, por lo que poner la arroba como lenguaje inclusivo se perdió.

No sé a quién se le ocurrió tachar el género, pero eso fue exactamente lo que ocurrió con la aparición de la “x” como sustituta de la “o/a” y, además, aportando los géneros no binarios en esta ecuación. Personalmente, me pareció una opción muy válida y muy justa sabiendo la información que tenemos ahora sobre la diversidad de género y podría funcionar teniendo en cuenta el éxito de la arroba. El todxs se convirtió en algo popular, pero no tan popular como para traspasar barreras mediáticas, así que esto quedó entre lxs informadxs a nivel coloquial, aunque esté normalizado entre todxs lxs lectorxs y sea interpretable por cualquiera.

Con el problema que no contaban era con que esta “x” sólo era aplicable al lenguaje escrito. ¿Qué pasa con esto? Pues que, queridxs amigxs, el lenguaje oral sigue siendo el medio más rápido y popular de inclusión y ahí seguía sin ser cambiado. ¿Cómo pronuncias una “x” en todxs? No puedes. Entonces a otra mente privilegiada se le ocurrió una solución óptima: cambiar la “x” que rechazaba el género por la “e” que lo convertía todo en un género neutro. Lo cual no es nada descabellado, ya que hay un porcentaje considerable de idiomas que incluyen el género neutro en su lenguaje oral y escrito. Sin ir más lejos, el inglés tiene un pronombre sin género, el “it”, y todos sus plurales son neutros (we, you, they) y ahí han estado hasta ahora. Otros idiomas van más allá y tienen declinaciones en los adjetivos para referirse a algo neutro.

Así que alguna feminista en algún momento propuso: “Yo, Tú, Elle, Nosotres, Vosotres, Elles”; aplicándose a lo demás como todes, bienvenides, algunes, etc. Hasta ahora, ha sido la mejor idea como lenguaje inclusivo, ya que cubre el lenguaje oral y el escrito además de no quedarse en los géneros binarios. La pena es que ha tenido poca repercusión tras el rifirrafe del “todos y todas” (incluso sigue conviviendo con la “x”) y ahora, por la gracia de los machistas y unos cuantos rancios a los que los neologismos les parecen Satán -cuando nos hemos nutrido de ellos toda la vida para la evolución del lenguaje-, por haber llevado aquello al absurdo, el lenguaje inclusivo ha quedado desacreditado y nos cuesta ver que es una solución posible y una herramienta de inclusividad maravillosa para nuestro día a día.

Con todo esto quiero decir que el humor es maravilloso, pero hay que poner atención en hacer buen uso de él y tener en cuenta si sus efectos ayudan a lo que pretenden o no. Quizá si el monologuista hubiera dicho “Bienvenidos y bienvenidas, tod-equis-s, todes, hombres y mujeres, y no-binarias, perdón, no-binaries… uf, a ver si nos ponemos de acuerdo con esto del lenguaje inclusivo porque esto es un sinvivir”…

Pero igual es mucho pedir. Todavía.

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Dolor vivo, dolor muerto.

– Oye, ¿duele mucho cuando te rompen el corazón?

– Sí. Es como si te apuñalaran, como si estuvieras sangrando por un herida abierta, es un dolor grande y agudo, dramáticamente grande, lo ves todo de color negro, el mundo parece que va a acabar. Es un dolor intenso, es un dolor vivo, pero es fácil de arrancar y extirpar; se puede curar. Hay dolores peores.

– ¿Cuáles?

– Los dolores muertos. Imagina que te inyectan un fármaco en la sangre, que causa parálisis despacio, que no te permitiera moverte, como dejar de respirar poco a poco. No ves nada de ningún color, ni siquiera negro, no ves nada, es constante como una tortura, una gota de agua cayéndote en el cráneo cada segundo mientras estás sentado y encadenado, un trozo de plomo amarrado a los pies que no te permite ir a la superficie, una lombriz que se te come por dentro poco a poco.

– …

– Los dolores muertos son difíciles de curar, no hay nada que extirpar ni arrancar, no tienen solución fácil ni siquiera una que se vea. Las personas con depresión lo tienen, aunque a veces ocurre que es porque hubo un dolor dolor vivo que no se curó correctamente.

– Da miedo…

– Sí. Esa es la diferencia; el dolor vivo duele, el dolor muerto da miedo.

Mi teatro, mi casa.

A mí el montaje teatral me recuerda a una casa.


La dramaturgia sería el terreno, los cimientos, el suelo. Luego el director es el que pone la estructura, la forma de la casa, cuántas habitaciones tiene, el material del que va a ser, hacia dónde va a estar orientada… Cuando ya está hecha, el escenógrafo se mete dentro y lo amuebla con Ikea o con muebles de segunda mano o con mobiliario de lujo… Aunque antes que eso se ha tenido que poner de acuerdo con el iluminador para escoger la pintura, el papel pintado o las molduras del techo, porque vaya faena si va después el iluminador a poner luz roja en paredes rojas con muebles rojos… Quizá ponga persianas y cortinas porque a determinada hora entra demasiada luz. Cuando esto ya está, el de sonido entra y sale de la casa, para ver qué suena dentro, qué suena fuera, dónde está situada, si suenan pajarillos, si suenan coches, si sólo va a funcionar de día o sólo de noche, si puede que vaya a ir mucha gente o poca… Y cuando ya lo tiene, lo coloca todo estratégicamente para que nada quede vacío. Estaba claro que durante todo este proceso, el maquinista ha comprobado detalladamente que cada enchufe y toma de agua era absolutamente funcional. En el momento en que está todo, los de utilería (con acuerdo de escenografía) entran a colocar las alfombras, los cuadros, los espejos… le dan personalidad a la casa. No es que trabajen uno detrás de otro, van a turnos para que todo en su conjunto sea coherente. Sin embargo, el regidor siempre acaba el último porque limpia todos los desperdicios, comprueba que no se haya fundido ninguna bombilla y que el frigorífico esté en su temperatura justa para guardar comida. El caso es que viendo como está la casa ya, los de vestuario ya tienen preparados y vestidos a los que van a vivir en ella porque ya les había comentado el director para quién era la casa.

Y entonces entran los actores y actrices a vivir. Los primeros días establecen las relaciones entre ellos y con la casa, lo que produce algunos cambios necesarios en la escenografía, en la iluminación, alguna regleta por falta de enchufes, resulta que uno es alérgico a las flores del jarrón que hay en el salón… Imprevistos, ensayo y error. En ocasiones, la casa puede estar mal calculada: los actores no caben porque es muy estrecho todo, apenas se pueden mover y dificulta la habitabilidad; o, por el contrario, está demasiado vacío y tienen que buscarse la vida para vivir como puedan. Existen casos graves en los que las paredes se rajan, hay escaleras a ninguna parte o los cimientos que parecían sólidos se hunden a las dos semanas.

La verdad es que esta casa no parece tener demasiados imprevistos porque los productores planificaron la mudanza con mucho mimo y el ayudante de dirección se dio cuenta en el momento justo para avisar al director de que una de las habitaciones no tenía puerta.

Cuando la casa y sus habitantes están listos para recibir visitas, normalmente se suele anunciar en las redes sociales con el día, la hora y la dirección, de manera pública o privada, porque quizá sea conveniente que vengan primero sólo los familiares para ver si está todo en orden y luego ya veremos.

En fin, voy a ver si termino de colocar los cimientos: no quiero que se me caiga la casa encima.

Ser agradecida pero no esclava.

Hoy es uno de esos días en los que se me ha encendido la bombilla. Y madre mía, hacía siglos que no me pasaba.
Llevo muchos años dándole vueltas a lo del agradecimiento, he pensado en intentar describirlo yo misma pero la RAE en ocasiones ayuda bastante:

Agradecer: sentir/mostrar gratitud.

Gratitud: sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera.

El caso es que el “agradecimiento” siempre ha sido algo confuso para mí. ¿Cuándo terminas de agradecer algo a alguien? Nadie tiene respuesta a eso.

Hay personas que opinan que es suficiente un favor por un favor, otras que con agradecer el favor que les han hecho es suficiente y otras que, depende del tamaño del favor, ha de ser correspondido de una manera u otra.

Lo interesante es que he pasado por varias situaciones en mi vida y he pasado por estas tres formas de pensar sin decidirme por ninguna, bien por las circunstancias, bien por mi educación, bien por mi experiencia anterior.

Por ejemplo, en la cola del supermercado me ven con un par de cosas y me dejan pasar antes. En este caso, lo fácil es agradecerlo y ya está porque no vas a volver a ver a la señora en tu vida probablemente como para devolverle el favor. Sin embargo, si yo fuera una de esas personas de un favor por un favor, quizá ayudara a la señora a colocar las cosas para ir más rápido o me prometería a mí misma hacer el mismo favor a otra persona para “equilibrar el mundo”. Los que miraran por el tamaño del favor, elegirían una de estas tres opciones en función del tamaño que tuviera para ellos el favor de dejarles pasar delante.

Este caso, a pesar de las distintas opiniones, resulta sencillo de resolver y no crearía demasiado debate porque no hay implicación emocional de ningún tipo con la señora -si es muy mayor se puede sentir ternura, pero no nos desviemos, sigue siendo una desconocida-, ni personal ni laboral -sí, hay implicación emocional en el entorno de trabajo queramos o no, pero eso en otro post-, así que tanto la señora como yo nos vamos a casa y antes de llegar ya se nos ha olvidado la bondad profesada.

Ahora un caso jodido que me tiene loca: una madre que ha criado a su hija con todos sus recursos posibles y de la mejor manera que ha sido capaz. Ya no es tan fácil, ¿eh?

¿Cuándo acaba el agradecimiento a una madre que te ha criado y dado la vida? Y ojo que no he dicho que la madre lo eche en cara ni que se lo recuerde de vez cuando, es más, me gustaría poner de ejemplo una madre deseable, concretamente de las que no te piden nada a cambio de ser madre. Simplemente lo son y quieren lo mejor para ti. Quitad a las madres del “¡Y así me lo agradeces!”, esas saben lo que hacen perfectamente: hacen que estés en deuda con ellas de por vida.

Personalmente, doy gracias de que no sea el caso de la mía. Tiene sus defectos porque es humana, pero es una de esas mamás deseables. Y aún así, los que somos hijos de madres así, sentimos de alguna manera que tenemos que agradecérselo.

Os contaré un secreto muy bien guardado: no le debéis nada a vuestros padres. Hablo en serio, nada. No estáis en deuda con ellos porque os hayan dado de comer, os hayan pagado el colegio ni los estudios -en los casos que así sea-, ni nada de eso. No tenéis que compensarles nada de ninguna manera. Es duro lo que digo, lo sé, suena feísimo, pero así es. ¿Sabéis por qué? Lo hacen porque quieren, porque les gusta vernos felices, y además es su obligación. Lo que oyes. Cuando eres padre/madre tienes la obligación cuidar y mantener sano a tu hijo/hija con los medios que tienes a tu alcance sin esperar nada a cambio. Estáis alucinando, lo sé.

Pero contadme entonces, en caso de deberles algo, ¿qué les deberíais? ¿Reembolsarles todo lo que os han dado? Eso es imposible. ¿Sacar las mejores notas y tener un buen trabajo? Creo que eso te afecta a ti, no a ellos. ¿Cuidarles cuando se hagan mayores? Hay cuidadores y residencias.

Parezco una miserable desagradecida, ¿a que sí?

¿Podríais volver a mirar la definición de la RAE más arriba? ¿Os habéis fijado? Ya sé que pone obligación y corresponder, pero os dejáis la parte importante.

La primera palabra de la definición de gratitud es sentimiento.

No es ni deuda, ni deber, ni reclamación, ni moral. Sentimiento.

Si quiero agradecerles algo a mis padres será porque siento gratitud, no porque les deba nada en absoluto. Sentir que quiero hacer algo por ellos, no que deba hacer algo por ellos. No estoy obligada a sentir agradecimiento, ¿desde cuándo se está obligado a sentir algo que no se siente?

El agradecimiento se trata de amor y no de deuda. Yo a mis padres les agradezco los abrazos, los besos y el amor incondicional durante todos estos años, porque no tenían porqué. Esa es la gratitud que siento y corresponderé como sienta que tenga que hacerlo.

Y así con todas las personas que han pasado y pasarán por mi vida de una manera u otra, en lo personal o laboral, a corto o largo plazo.

Se puede ser agradecida sin ser esclava.