La sexta cerveza.

La gente reía, bailaba y bebía bajo la atmósfera recargada de luz tenue y música de fondo. La sexta cerveza empezaba a ser difícil de sujetar para Jane, a pesar de tener práctica con las cinco anteriores. No había hablado apenas en toda la noche mientras su círculo de amigos bromeaba sin parar sobre el trabajo de Josh, el cual miraba con sorna a cada comentario al respecto siempre sin perder la sonrisa. Josh no estaba especialmente guapo esa noche, podría decirse que ni siquiera lo era, pero a Jane le gustaba. Le gustaba la seguridad con la que parecía hacer cualquier cosa, enfrentarse a las dificultades con aplomo y paciencia, sin perder jamás la sonrisa. Josh había sido siempre su amigo de confianza, ese que consigue arrojar luz en los lugares más oscuros y vacíos de tu existencia, ese que siempre lleva la solución en el bolsillo.

– ¡Dios, Josh! ¡Nos aburres ya con tu trabajo!

– Kyle, si sólo has hablado tú…

– Jajaja, ¡pero siempre de ti! Porque eres cojonudo, ya lo sabes, ¡aunque la chica que te pille va a tener que armarse de paciencia contigo!

-A estas alturas ¿quién querría estar conmigo?

Jane no tuvo muy claro si fue el último trago de cerveza o las risas de sus amigos lo que hizo sonar su voz.

-Eres la clase de chico con el que cualquiera querría despertarse por la mañanas. No veo el problema.

Silencio. En segundo plano quedaron las conversaciones ininteligibles y la música del bar. Kyle y los demás miraban sorprendidos a Jane, incluido el propio Josh, que había quedado mudo por la afirmación tan rotunda. Jane miraba a todas partes en busca de una salida.

-Es la sexta cerveza ya. Creo que me voy a casa.

Entre comentarios sarcásticos y risitas, cogió su abrigo y su bolso y acto seguido se internó en el frío de la calle, esperando encontrar una respuesta válida a lo que acababa de ocurrir. Decidió no pensarlo mucho.

Al fin y al cabo, hay cosas que no se pueden ocultar eternamente.

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Por qué y para qué.

El otro día vi una película protagonizada por Pierce Brosnan y Aaron Paul -estaba buscando otros trabajos de Aaron Paul en Netflix y eso me encontré- titulada Mejor otro día. Trata de cuatro personas que se encuentran en una azotea de un rascacielos el día de Nochevieja para suicidarse, y en ninguna de las cuatro personas hay ningún elemento coincidente a excepción de la voluntad de quitarse la vida. Me gustó mucho, me hizo llorar y pensar.

Y entonces me vino a la cabeza una de esas frases aparentemente aleatorias que están conectadas con algo de eso que te pasa: “Vivo por y para mi hijo”, que lo han dicho en un montón de películas melodramáticas.

No tengo hijos. Sin embargo, me dio para preguntarme qué diferencia hay entre “vivir por” y “vivir para”. Ya no hablo de lo de “de dónde venimos y a dónde vamos” porque no tengo ni pajolera idea, sino ¿qué razones de existir podría tener cualquier persona?

Oigo mucho lo de “vivo para el teatro” pero no tanto lo de “vivo por el teatro” en mi entorno, más allá de ponernos dramaqueen con voz impostada para repetir la famosa frase antes citada “¡Vivo por y para el teatro!”. Es posible que todos vivamos para hacer esto o lo otro, pero ¿por qué?

Por ejemplo, si yo dijera que vivo por mis gatos eso implicaría que el día en que fallezcan yo ya he perdido mi razón de vivir, sentiría una pena tan inmensa que la única manera de paliar ese dolor sería mi propia muerte. ¿Os parece coherente? La verdad es que quiero muchísimo a mis gatos, pero no son mi razón de vivir. Es posible que los que no tengan mascotas lo vean excesivo, no importa, cambiadlo por un ser muy querido. ¿Sentiríais una pena inmensa, verdad? ¿Tanto que querríais dejar de seguir viviendo? Si la primera respuesta era “Sí” y la segunda “No”, todo bien. Si ambas respuestas son iguales, podéis empezar a preocuparos, porque no sois E.T. -no se me ha ocurrido un ejemplo más popular sin recurrir al género fantástico para explicar la conexión vital- o hay alguna falta de empatía sin resolver.

Volviendo al tema, entonces ¿por qué vivimos? Yo llegué a esta conclusión: porque queremos vivir. Porque tenemos ganas de vivir. Así de simple. No se trata sólo de un tema de supervivencia, se trata de tener ganas de seguir viviendo experiencias y emociones, de seguir a ver qué pasa. Quizá la pregunta no es “¿Por qué vives?” sino “¿Por qué no mueres?”, y la respuesta es esa, porque no quiero. Puede que no sepa para qué estoy aquí ni la manera de vivir para ser feliz, pero para bien o para mal -según a quién le preguntes-, quiero vivir.

Si alguna vez has estado en el fondo del pozo, en el que gritas y no te oye nadie, en el que no hay escaleras ni cuerda para subir, en el que sólo puedes esperar contigo mismo como compañía, y piensas que la única salida es acabar cuanto antes con el sufrimiento, recuerda por qué, a pesar de todo eso, aún no estás muerto. Porque, en realidad, todavía te quedan ganas de vivir. Morir no es la solución fácil ni la cobarde, sino la cómoda y la irrevocable. Vivir, no importa para qué, ya lo encontrarás.

Aún no estás muerto. Aún sigues vivo. Aún tienes una oportunidad. Cógela, lucha, ingéniatelas, busca caminos, sigue probando, aún no estás muerto, vive.

Pase lo que pase, no pierdas tus ganas de vivir.

 

Lo de la belleza interior.

Estoy harta de leer discursos a favor de la belleza interior, esos que sólo nos leemos los gilipollas que aún creen en ella.

Me parece genial que con tus veintitantos para arriba hayas desarrollado confianza en ti misma para saber qué es lo que vale y qué es lo que no. No voy a contradecirte, estamos de acuerdo en que hay que quererse todo el cuerpo. Pero me parece que se está pasando por alto algún detalle.

Una chica de quince o dieciloquesea está llena de inseguridades porque todavía está esculpiendo su personalidad y cualquier sandez que le digan aumentará el miedo a no ser aceptada. Eso suponiendo que la chica sea delgada, porque como tenga algún kilo de más, las sandeces se multiplican. Esto es que por mucho que se la inculque en la importancia de la belleza interior y de quererse, las sandeces las recibe igual. Y calan, calan bien a esa edad y más con sistema de repetición.

Se habla de pareja que te acepte como eres, hasta de amigos y entornos sociales cercanos. ¿Y si el problema está en casa? ¿Un discursito que lea por alguna red social sobre el tema y arreglado? Me temo que no. Y no hace falta que nos pongamos dramáticos con unos padres que no la quieren ni nada de eso. La pueden querer mucho y aceptarlo todo. Todo menos que no se vea guapa. “Deberías quitarte unos kilos, estarás más sana y más guapa.” ¿Vosotros leéis falta de amor y preocupación? Y sin embargo, cala. “Si hicieras ejercicio te quitaría esa celulitis y estarías estupenda.” No sé, ¿me seguís por dónde voy? “Depilándote regularmente te quedan las piernas más bonitas y más suaves.” Imaginaos lo que supone para esa chica encontrarse una zona sin depilar porque ha pasado desapercibida. Y así acumulamos comentarios y ninguno malintencionado.

Creo que no se trata sólo de quererse a una misma, se trata de eso y de una mentalidad abierta del entorno en el que se vive. Puede que a la mayoría no le importe o no se fije, porque efectivamente saben lo que se siente y te quieren con todo. Pero la mayoría no es suficiente, basta que haya una sola persona con comentarios sobre el físico de alguien en el vestuario, en la piscina, en la playa, en casa de una amiga para que tengas que ocultarte y no dejar a merced de ojos que juzgan tus defectos corporales, todo por el simple hecho de evitar el conflicto. Aunque te gustes, no quieres oír ciertas cosas. Y diréis que qué más da lo que diga la gente, y tendréis toda la razón.

Pero no se lo contéis sólo a la chica de quince.

No lleven a sus hijos al teatro.

No lleven a sus hijos a ver teatro. Se lo digo yo, que soy actriz y profesora de teatro.

En el teatro hablan del amor, del odio, de las injusticias, de los miedos, de los defectos… ¿qué pueden sacar de bueno sus hijos de esto? Nada, ya se lo digo yo. Empezarán tener ideas locas y absurdas y criterio propio, incluso opinión sobre estos temas. Por favor, protéjanles de sí mismos, que son muy pequeños y no saben lo que dicen ni lo que hacen, su deber como padres es mantenerles a salvo en una burbuja excluyente de problemas con los que se topan en su día a día en el colegio. Ya tienen bastante con tenerlos en su vida diaria como para darles herramientas para resolverlos, mucho menos estando unos padres para evitarles ese sufrimiento.

Por supuesto, no les apunten a clases de teatro, válgame el Cielo. ¿Y si empiezan a desarrollar conductas autodidactas o se hacen responsables de sus actos? ¿Y si descubren que pueden afrontar ellos mismos problemas personales? No me quiero imaginar lo desolados que se quedarían ustedes si ya no pudieran cuidar más de su hijo porque ha aprendido a cuidarse solo, dejarían ustedes de ser padres modélicos.

Aléjenlos del teatro contemporáneo, que está lleno de líos, enredos, sexo, muerte, conflictos generacionales, lenguaje vulgar, engaños… Si no pueden evitar que sus hijos vean teatro, al menos que sea un clásico, que enseñe en condiciones.

Llévenles a ver “Romeo y Julieta” de Shakespeare, que es muy famosa, pero en verso, así aprenden cosas cultas y evitamos versiones modernas. Es una historia de amor preciosa llena de intrigas que nada tiene que ver con los temas que plantea el teatro  contemporáneo, que eso es demasiado para sus pequeños. ¿Que los amantes mueren al final? Hombre, a ver, es que no hubiera pasado si les hubieran hecho caso a sus padres, que bien sabían ellos porqué se odiaban entre sí. Cuando el río suena, agua lleva. Es que Romeo y Julieta eran muy jóvenes para entender que el matrimonio de conveniencia era mucho mejor que el que se hace por amor, que los padres sabían que si se casaba con esta otra persona, vivirían más seguros y conservarían su estatus social. Vamos, que si les dejan casarse por amor, les hubiera tocado discutir con la familia del bando contrario, a ver cómo lo hacían: lo mejor evitar problemas. Y el fraile que sale y encima les ayuda… bueno, eso ni es un enviado de Dios ni es nada, ¡que los casa sin consentimiento paterno! Y así les va. La culpa del fraile, que no tenía que haber hecho eso.

Bueno, miren, mejor llévenles a ver “Hamlet”, que eso si es amor por un padre y va hasta dónde haga falta. Mata a alguna persona por el camino, pero es todo por amor a su padre, que no hay nada más bonito que honrar a un padre.

¿Un poco pequeños para ver tragedias? Pues toda la razón, mejor un cuento, que no hace daño a nadie. Prueben con “El sueño de una noche de verano”, que salen hadas, magia y unos chavales jóvenes que… bueno, tápenles los ojos y los oídos cuando salgan los cuatro protagonistas, que hacen intercambios de parejas un poco subiditos de tono. Pero por lo demás muy bien, eh. Todo clásicos de Shakespeare de hace cinco siglos, que antes no se hablaba de esos temas contemporáneos.

Y además este año es el 400 Aniversario de la muerte de Shakespeare, aprovechen para enseñarles a sus hijos valores de verdad en verso para que no los entiendan bien y, de paso, como también es el de Cervantes, leánse “El Quijote”.

Aunque claro, ustedes ya lo habrán leído entero, ¿no?