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Lucy (III)

No. No había llegado hasta ahí para nada. La lluvia, el peso la ropa, su pelo empapado en agua, demasiados relámpagos y truenos. Lucy no tenía intención de abandonar. Dio media vuelta.

Quizá estuviera casada mañana y quizá no le volvería a ver nunca más, quizá no se acordara nunca de ella, pero ¿y todo lo anterior? Estaba claro lo que había que hacer.

Lucy llamó de nuevo a la puerta. Esta vez no tardó. Bajo el marco apareció él de nuevo, sin mediar palabra.

-Sólo hasta que pase la lluvia.

-De acuerdo, no tengo prisa.

-Yo tampoco.

Y con una gran sonrisa puramente cordial, la invitó a entrar mientras le ofrecía té caliente. Lucy miró una última vez al viento que azotaba la lluvia y las ramas antes de que se cerrase la puerta tras ella.

Había decidido empezar de cero.

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Parcialmente nublado.

No puedo evitar mirarte y pensar “Eh, estoy aquí…”, porque sueles mirar a todas partes menos a mi alma, porque sueles tocar todo menos mi cariño, porque sueles hablar de todo menos de nosotros. Así suena hasta romántico.

Pero qué me vas a contar. Puede que tú estés tan perdido como yo, tú el experto en tener las cosas claras y yo la experta en fingir que puedo con todo. Vaya par de estúpidos. Tú no facilitas las cosas y a mí me encanta complicarlas, es juntar el hambre con las ganas de comer. Estamos hechos del acero de los autónomos y todavía se nos escapa la capa y la espada el uno con el otro. Vaya par de idiotas. No somos dos, somos cuatro, y no siempre coinciden los buenos con los buenos. Los días de completar las frases preceden a los del eterno silencio, los días de entusiasmo preceden a los del olvido. Todo porque yo dije blanco y tú dijiste negro sin estar jugando en la misma liga, probablemente ni al mismo juego. En el fondo admiro tu tranquilidad: yo te engaño y tú te dejas engañar, porque así es mucho más llevadero y no hay que poner las cartas encima de la mesa, no nos gusta perder a ninguno de los dos. Yo no te molestaré más y tú jamás pedirás disculpas. Dejaremos de aprender el uno del otro más temprano que tarde, sencillamente porque ya estamos condenados. Sería muy pretencioso decir que la culpa de todo es tuya, o que yo cargo con todos los errores que nos han desviado de aquella especie de camino que seguíamos sin importar a donde.

Y, a pesar de todo, el quererte hace que todavía me siga preguntando “¿De qué tendrá miedo?”.

Lucy (II)

El estruendo de los nudillos en la madera resonó en cada gota de lluvia. Lucy aguardó inmóvil, casi parecía una estatua inerte, cualquier movimiento por pequeño que fuera podría cambiar el curso de las cosas.

Esperó. Nada ocurría excepto la lluvia. Siguió esperando. Luego pensó en girar sobre sus pies e irse. No, Lucy, aguanta, lo estás haciendo muy bien. Un trueno. Un relámpago. Más lluvia. Aguanta, Lucy, sólo tienes que esperar.

Un click metálico. La puerta se abrió despacio… y ahí estaba él. Lucy esbozó un gran sonrisa e hinchó el pecho de felicidad.

 -Hola.

Él la miró como si no entendiera qué hacía ella ahí y Lucy sonrió todavía más.

– ¿Quién eres?

Un trueno. A lo lejos un rayó partió en dos un árbol, pero nadie se enteró. La ropa empapada y chorreante empezó a pesarle, el dolor de caminar en los pies se hizo patente, miles de gotas de lluvia caían por sus mejillas.

– Soy yo…

– Perdona, ¿te conozco?

Lucy abrió la boca para decir algo, pero no salió nada. Buscaba en su mirada algún tipo de reconocimiento, algún atisbo de memoria. Nada. Lucy giró sobre sus doloridos pies para marcharse.

– Puedes entrar hasta que pase el mal tiempo.

Lucy le miró por última vez. En sus ojos había preocupación, ayuda… pero seguía sin reconocerla. Sus pesadas piernas dieron en volver al camino y al poco oyó cerrar la puerta tras de sí.

Y siguió caminando.

Lucy (I)

Caminaba por una calle adoquinada, vieja, como esas del Londres victoriano. Y llovía, como no, llovía a mares. Sin embargo, Lucy caminaba tranquila y empapada, un pequeño hilo de agua escurría constante por su nariz.

No sabía a dónde iba. Tampoco le importaba demasiado, sólo sabía que no podía parar de caminar, un pie detrás de otro, como un mecanismo de engranajes de un reloj, que nunca cesa…

La lluvia no remitía, el repicar constante de las gotas era como una melodía dulce que le hacía cerrar los ojos y respirar profundo.

Se detuvo frente a su puerta. El agua caía, hacía un recorrido semicircular en el pomo central de la puerta. Lucy levantó el puño, inspiró hondo y se detuvo. Sus pestañas mojadas no impedían que el agua se colase hasta sus ojos. De nuevo, levantó el puño e inspiró hondo, y de nuevo se detuvo.

¿Qué estaba haciendo? Se iba a casar mañana, no tenía ningún sentido. Sólo podría saber si estaba haciendo lo correcto si llamaba a la puerta. Llama a la puerta, Lucy. A lo mejor no hay nadie y has ido para nada. Pero has ido. Eso quiere decir que la vuelta va a ser dura, seca, horrible y rota.

Puedes hacerlo, no tengas miedo, sólo tienes que dar unos pequeños golpecitos rítmicos en la madera y lo sabrás. Hazlo, no tengas miedo.

¿Qué puedes perder?