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La sexta cerveza.

La gente reía, bailaba y bebía bajo la atmósfera recargada de luz tenue y música de fondo. La sexta cerveza empezaba a ser difícil de sujetar para Jane, a pesar de tener práctica con las cinco anteriores. No había hablado apenas en toda la noche mientras su círculo de amigos bromeaba sin parar sobre el trabajo de Josh, el cual miraba con sorna a cada comentario al respecto siempre sin perder la sonrisa. Josh no estaba especialmente guapo esa noche, podría decirse que ni siquiera lo era, pero a Jane le gustaba. Le gustaba la seguridad con la que parecía hacer cualquier cosa, enfrentarse a las dificultades con aplomo y paciencia, sin perder jamás la sonrisa. Josh había sido siempre su amigo de confianza, ese que consigue arrojar luz en los lugares más oscuros y vacíos de tu existencia, ese que siempre lleva la solución en el bolsillo.

– ¡Dios, Josh! ¡Nos aburres ya con tu trabajo!

– Kyle, si sólo has hablado tú…

– Jajaja, ¡pero siempre de ti! Porque eres cojonudo, ya lo sabes, ¡aunque la chica que te pille va a tener que armarse de paciencia contigo!

-A estas alturas ¿quién querría estar conmigo?

Jane no tuvo muy claro si fue el último trago de cerveza o las risas de sus amigos lo que hizo sonar su voz.

-Eres la clase de chico con el que cualquiera querría despertarse por la mañanas. No veo el problema.

Silencio. En segundo plano quedaron las conversaciones ininteligibles y la música del bar. Kyle y los demás miraban sorprendidos a Jane, incluido el propio Josh, que había quedado mudo por la afirmación tan rotunda. Jane miraba a todas partes en busca de una salida.

-Es la sexta cerveza ya. Creo que me voy a casa.

Entre comentarios sarcásticos y risitas, cogió su abrigo y su bolso y acto seguido se internó en el frío de la calle, esperando encontrar una respuesta válida a lo que acababa de ocurrir. Decidió no pensarlo mucho.

Al fin y al cabo, hay cosas que no se pueden ocultar eternamente.

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Lo de la belleza interior.

Estoy harta de leer discursos a favor de la belleza interior, esos que sólo nos leemos los gilipollas que aún creen en ella.

Me parece genial que con tus veintitantos para arriba hayas desarrollado confianza en ti misma para saber qué es lo que vale y qué es lo que no. No voy a contradecirte, estamos de acuerdo en que hay que quererse todo el cuerpo. Pero me parece que se está pasando por alto algún detalle.

Una chica de quince o dieciloquesea está llena de inseguridades porque todavía está esculpiendo su personalidad y cualquier sandez que le digan aumentará el miedo a no ser aceptada. Eso suponiendo que la chica sea delgada, porque como tenga algún kilo de más, las sandeces se multiplican. Esto es que por mucho que se la inculque en la importancia de la belleza interior y de quererse, las sandeces las recibe igual. Y calan, calan bien a esa edad y más con sistema de repetición.

Se habla de pareja que te acepte como eres, hasta de amigos y entornos sociales cercanos. ¿Y si el problema está en casa? ¿Un discursito que lea por alguna red social sobre el tema y arreglado? Me temo que no. Y no hace falta que nos pongamos dramáticos con unos padres que no la quieren ni nada de eso. La pueden querer mucho y aceptarlo todo. Todo menos que no se vea guapa. “Deberías quitarte unos kilos, estarás más sana y más guapa.” ¿Vosotros leéis falta de amor y preocupación? Y sin embargo, cala. “Si hicieras ejercicio te quitaría esa celulitis y estarías estupenda.” No sé, ¿me seguís por dónde voy? “Depilándote regularmente te quedan las piernas más bonitas y más suaves.” Imaginaos lo que supone para esa chica encontrarse una zona sin depilar porque ha pasado desapercibida. Y así acumulamos comentarios y ninguno malintencionado.

Creo que no se trata sólo de quererse a una misma, se trata de eso y de una mentalidad abierta del entorno en el que se vive. Puede que a la mayoría no le importe o no se fije, porque efectivamente saben lo que se siente y te quieren con todo. Pero la mayoría no es suficiente, basta que haya una sola persona con comentarios sobre el físico de alguien en el vestuario, en la piscina, en la playa, en casa de una amiga para que tengas que ocultarte y no dejar a merced de ojos que juzgan tus defectos corporales, todo por el simple hecho de evitar el conflicto. Aunque te gustes, no quieres oír ciertas cosas. Y diréis que qué más da lo que diga la gente, y tendréis toda la razón.

Pero no se lo contéis sólo a la chica de quince.

Me pregunto.

Me pregunto cómo sería ser una de esas personas que tienen todo muy claro, con un camino recto en la vida y con la fuerza suficiente para llevarlo a cabo.

Me pregunto cómo sería estar con gente que te admira por la mañana y con gente que te quiere por la tarde entre semana, y dedicarle tu tiempo a un amigo cada fin de semana. O al mismo.

Me pregunto cómo sería levantarte cada mañana y saber que tienes un cometido con tu vocación, sea cual sea.

Me pregunto cómo sería que el día menos esperado apareciese la persona menos esperada para decirte “¿Cómo estás? He hecho un viaje muy largo sólo para verte.”

Me pregunto y repregunto cómo sería la vida sin habernos conocido, o habiéndonos conocido antes, o más tarde, o en otras circunstancias.

Me pregunto qué pasaría si lo dejara todo ahora y me marchase al país más lejano del mundo. También me pregunto cuando volvería o si volvería.

Me pregunto en qué pensarás todas las noches antes de acostarte y al despertarte por la mañana.

Me pregunto si sería diferente estar contigo o estar con otro.

Me pregunto qué se siente al ser reconocida por tu trabajo y cuántas personas me pedirían consejo.

Me pregunto si tú me odias tanto como yo te odio a ti, o incluso más.

Me pregunto demasiadas veces si estoy haciendo bien o estoy haciendo mal, si soy buena persona o soy mala persona.

Me pregunto cómo podría tratarte mejor o si tengo que tratarte peor. También cómo podría tratarme de la mejor manera posible a mí misma.

Me pregunto cómo sería que tu mascota durase hasta el día de tu muerte. También si siente ese amor tan grande hacia mí.

Me pregunto cómo sería estar en tus brazos y en tus besos.

Me pregunto cómo sería pasar menos tiempo sola.

Me pregunto tantas cosas… que no me da para responderlas todas.

Aún me pasa.

En momentos así, mi gato me hace mucha compañía. No es baladí, los que han tenido la oportunidad de convivir con un animal saben que no lo es. Tengo dos, pero ambos tienen personalidades diferentes. Uno me sigue a todas partes y me da un cariño tremendo y la otra me aguanta todo y tiene una paciencia infinita conmigo. No me puedo quejar.

Pero lo cierto es que me siento sola. Sí, aún me pasa. Después de conocer un puñado de personas que valen oro, de aprender a estar sola y de tener trabajo que hacer, todavía se empeña mi corazón en sentirse solo. Suena muy poético así dicho, pero no puede ser más cierto.

Últimamente -y lo atribuyo a un reciente cambio de vida- paso mucho tiempo sola en casa. Leo, juego, hago, limpio, gatos, pienso, preparo y escribo. No me aburro mucho, estoy acostumbrada a estar sola y tener mundo interior. Y, sin embargo, me siento sola. Como si nadie me echara de menos -que no es verdad-, como si nadie se acordara de mí -alguien lo hará-, como si no se me tuviera en cuenta -no me puedo quejar-, como si… como si estuviese esperando algo que nunca llega. Esperar, qué palabra más tediosa.

Me entran ganas de meterme en problemas sólo para darle un poco de emoción a mi vida. ¿Es lo mismo sentirse sola que sentirse vacía? No me parece que me sienta vacía, de hecho, desde que terminé la carrera me siento más plena, más liberada. Aunque sola. Sola, sola, sola. Si lo digo muchas veces igual se vuelve interesante.

Circunstancias, podrían ser las circunstancias. Mi mejor amiga me llama por la mañana pero no puedo cogérselo, la llamo después y comunica. Dos veces. Que me llama por la tarde. No hay problema, se le olvidará y hablaremos largo y tendido una semana después. Es costumbre, vidas dispares, es normal. Escribo por la mañana al que podría considerar -y cuidado, que voy a órdago- algo así como mi alma adyacente -si fuera gemela sería aburrido que te cagas-, luego le escribo otra vez por la tarde. Pasa un día. Pasan dos. Y aparece tras una desconexión, una gran ocupación, unos días difíciles. No hay problema, una conversación útil y divertida y otros tres días desaparecido. Es costumbre, vidas dispares, es normal. Total, que al final con la que más he hablado estas dos últimas semanas ha sido con la secretaria de un colegio en el que voy a dar clases. Pobre mujer, tanto trabajo y tanta paciencia.

Pero la mejor de todas es la suya. Por la mañana trabaja, viene a comer dos minutos, por la tarde trabaja. Viene cansado, con ganas de desconectar con algún videojuego, cenar y dormir. Parece que revive el fin de semana. No hay problema, algún día ya estaré acostumbrada, conviviré largos años con ello y ya está.

Es costumbre, vidas dispares, es normal. Desde mis 14 años, aún me pasa.