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Por qué y para qué.

El otro día vi una película protagonizada por Pierce Brosnan y Aaron Paul -estaba buscando otros trabajos de Aaron Paul en Netflix y eso me encontré- titulada Mejor otro día. Trata de cuatro personas que se encuentran en una azotea de un rascacielos el día de Nochevieja para suicidarse, y en ninguna de las cuatro personas hay ningún elemento coincidente a excepción de la voluntad de quitarse la vida. Me gustó mucho, me hizo llorar y pensar.

Y entonces me vino a la cabeza una de esas frases aparentemente aleatorias que están conectadas con algo de eso que te pasa: “Vivo por y para mi hijo”, que lo han dicho en un montón de películas melodramáticas.

No tengo hijos. Sin embargo, me dio para preguntarme qué diferencia hay entre “vivir por” y “vivir para”. Ya no hablo de lo de “de dónde venimos y a dónde vamos” porque no tengo ni pajolera idea, sino ¿qué razones de existir podría tener cualquier persona?

Oigo mucho lo de “vivo para el teatro” pero no tanto lo de “vivo por el teatro” en mi entorno, más allá de ponernos dramaqueen con voz impostada para repetir la famosa frase antes citada “¡Vivo por y para el teatro!”. Es posible que todos vivamos para hacer esto o lo otro, pero ¿por qué?

Por ejemplo, si yo dijera que vivo por mis gatos eso implicaría que el día en que fallezcan yo ya he perdido mi razón de vivir, sentiría una pena tan inmensa que la única manera de paliar ese dolor sería mi propia muerte. ¿Os parece coherente? La verdad es que quiero muchísimo a mis gatos, pero no son mi razón de vivir. Es posible que los que no tengan mascotas lo vean excesivo, no importa, cambiadlo por un ser muy querido. ¿Sentiríais una pena inmensa, verdad? ¿Tanto que querríais dejar de seguir viviendo? Si la primera respuesta era “Sí” y la segunda “No”, todo bien. Si ambas respuestas son iguales, podéis empezar a preocuparos, porque no sois E.T. -no se me ha ocurrido un ejemplo más popular sin recurrir al género fantástico para explicar la conexión vital- o hay alguna falta de empatía sin resolver.

Volviendo al tema, entonces ¿por qué vivimos? Yo llegué a esta conclusión: porque queremos vivir. Porque tenemos ganas de vivir. Así de simple. No se trata sólo de un tema de supervivencia, se trata de tener ganas de seguir viviendo experiencias y emociones, de seguir a ver qué pasa. Quizá la pregunta no es “¿Por qué vives?” sino “¿Por qué no mueres?”, y la respuesta es esa, porque no quiero. Puede que no sepa para qué estoy aquí ni la manera de vivir para ser feliz, pero para bien o para mal -según a quién le preguntes-, quiero vivir.

Si alguna vez has estado en el fondo del pozo, en el que gritas y no te oye nadie, en el que no hay escaleras ni cuerda para subir, en el que sólo puedes esperar contigo mismo como compañía, y piensas que la única salida es acabar cuanto antes con el sufrimiento, recuerda por qué, a pesar de todo eso, aún no estás muerto. Porque, en realidad, todavía te quedan ganas de vivir. Morir no es la solución fácil ni la cobarde, sino la cómoda y la irrevocable. Vivir, no importa para qué, ya lo encontrarás.

Aún no estás muerto. Aún sigues vivo. Aún tienes una oportunidad. Cógela, lucha, ingéniatelas, busca caminos, sigue probando, aún no estás muerto, vive.

Pase lo que pase, no pierdas tus ganas de vivir.

 

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No lleven a sus hijos al teatro.

No lleven a sus hijos a ver teatro. Se lo digo yo, que soy actriz y profesora de teatro.

En el teatro hablan del amor, del odio, de las injusticias, de los miedos, de los defectos… ¿qué pueden sacar de bueno sus hijos de esto? Nada, ya se lo digo yo. Empezarán tener ideas locas y absurdas y criterio propio, incluso opinión sobre estos temas. Por favor, protéjanles de sí mismos, que son muy pequeños y no saben lo que dicen ni lo que hacen, su deber como padres es mantenerles a salvo en una burbuja excluyente de problemas con los que se topan en su día a día en el colegio. Ya tienen bastante con tenerlos en su vida diaria como para darles herramientas para resolverlos, mucho menos estando unos padres para evitarles ese sufrimiento.

Por supuesto, no les apunten a clases de teatro, válgame el Cielo. ¿Y si empiezan a desarrollar conductas autodidactas o se hacen responsables de sus actos? ¿Y si descubren que pueden afrontar ellos mismos problemas personales? No me quiero imaginar lo desolados que se quedarían ustedes si ya no pudieran cuidar más de su hijo porque ha aprendido a cuidarse solo, dejarían ustedes de ser padres modélicos.

Aléjenlos del teatro contemporáneo, que está lleno de líos, enredos, sexo, muerte, conflictos generacionales, lenguaje vulgar, engaños… Si no pueden evitar que sus hijos vean teatro, al menos que sea un clásico, que enseñe en condiciones.

Llévenles a ver “Romeo y Julieta” de Shakespeare, que es muy famosa, pero en verso, así aprenden cosas cultas y evitamos versiones modernas. Es una historia de amor preciosa llena de intrigas que nada tiene que ver con los temas que plantea el teatro  contemporáneo, que eso es demasiado para sus pequeños. ¿Que los amantes mueren al final? Hombre, a ver, es que no hubiera pasado si les hubieran hecho caso a sus padres, que bien sabían ellos porqué se odiaban entre sí. Cuando el río suena, agua lleva. Es que Romeo y Julieta eran muy jóvenes para entender que el matrimonio de conveniencia era mucho mejor que el que se hace por amor, que los padres sabían que si se casaba con esta otra persona, vivirían más seguros y conservarían su estatus social. Vamos, que si les dejan casarse por amor, les hubiera tocado discutir con la familia del bando contrario, a ver cómo lo hacían: lo mejor evitar problemas. Y el fraile que sale y encima les ayuda… bueno, eso ni es un enviado de Dios ni es nada, ¡que los casa sin consentimiento paterno! Y así les va. La culpa del fraile, que no tenía que haber hecho eso.

Bueno, miren, mejor llévenles a ver “Hamlet”, que eso si es amor por un padre y va hasta dónde haga falta. Mata a alguna persona por el camino, pero es todo por amor a su padre, que no hay nada más bonito que honrar a un padre.

¿Un poco pequeños para ver tragedias? Pues toda la razón, mejor un cuento, que no hace daño a nadie. Prueben con “El sueño de una noche de verano”, que salen hadas, magia y unos chavales jóvenes que… bueno, tápenles los ojos y los oídos cuando salgan los cuatro protagonistas, que hacen intercambios de parejas un poco subiditos de tono. Pero por lo demás muy bien, eh. Todo clásicos de Shakespeare de hace cinco siglos, que antes no se hablaba de esos temas contemporáneos.

Y además este año es el 400 Aniversario de la muerte de Shakespeare, aprovechen para enseñarles a sus hijos valores de verdad en verso para que no los entiendan bien y, de paso, como también es el de Cervantes, leánse “El Quijote”.

Aunque claro, ustedes ya lo habrán leído entero, ¿no?

Aún me pasa.

En momentos así, mi gato me hace mucha compañía. No es baladí, los que han tenido la oportunidad de convivir con un animal saben que no lo es. Tengo dos, pero ambos tienen personalidades diferentes. Uno me sigue a todas partes y me da un cariño tremendo y la otra me aguanta todo y tiene una paciencia infinita conmigo. No me puedo quejar.

Pero lo cierto es que me siento sola. Sí, aún me pasa. Después de conocer un puñado de personas que valen oro, de aprender a estar sola y de tener trabajo que hacer, todavía se empeña mi corazón en sentirse solo. Suena muy poético así dicho, pero no puede ser más cierto.

Últimamente -y lo atribuyo a un reciente cambio de vida- paso mucho tiempo sola en casa. Leo, juego, hago, limpio, gatos, pienso, preparo y escribo. No me aburro mucho, estoy acostumbrada a estar sola y tener mundo interior. Y, sin embargo, me siento sola. Como si nadie me echara de menos -que no es verdad-, como si nadie se acordara de mí -alguien lo hará-, como si no se me tuviera en cuenta -no me puedo quejar-, como si… como si estuviese esperando algo que nunca llega. Esperar, qué palabra más tediosa.

Me entran ganas de meterme en problemas sólo para darle un poco de emoción a mi vida. ¿Es lo mismo sentirse sola que sentirse vacía? No me parece que me sienta vacía, de hecho, desde que terminé la carrera me siento más plena, más liberada. Aunque sola. Sola, sola, sola. Si lo digo muchas veces igual se vuelve interesante.

Circunstancias, podrían ser las circunstancias. Mi mejor amiga me llama por la mañana pero no puedo cogérselo, la llamo después y comunica. Dos veces. Que me llama por la tarde. No hay problema, se le olvidará y hablaremos largo y tendido una semana después. Es costumbre, vidas dispares, es normal. Escribo por la mañana al que podría considerar -y cuidado, que voy a órdago- algo así como mi alma adyacente -si fuera gemela sería aburrido que te cagas-, luego le escribo otra vez por la tarde. Pasa un día. Pasan dos. Y aparece tras una desconexión, una gran ocupación, unos días difíciles. No hay problema, una conversación útil y divertida y otros tres días desaparecido. Es costumbre, vidas dispares, es normal. Total, que al final con la que más he hablado estas dos últimas semanas ha sido con la secretaria de un colegio en el que voy a dar clases. Pobre mujer, tanto trabajo y tanta paciencia.

Pero la mejor de todas es la suya. Por la mañana trabaja, viene a comer dos minutos, por la tarde trabaja. Viene cansado, con ganas de desconectar con algún videojuego, cenar y dormir. Parece que revive el fin de semana. No hay problema, algún día ya estaré acostumbrada, conviviré largos años con ello y ya está.

Es costumbre, vidas dispares, es normal. Desde mis 14 años, aún me pasa.

Parcialmente nublado.

No puedo evitar mirarte y pensar “Eh, estoy aquí…”, porque sueles mirar a todas partes menos a mi alma, porque sueles tocar todo menos mi cariño, porque sueles hablar de todo menos de nosotros. Así suena hasta romántico.

Pero qué me vas a contar. Puede que tú estés tan perdido como yo, tú el experto en tener las cosas claras y yo la experta en fingir que puedo con todo. Vaya par de estúpidos. Tú no facilitas las cosas y a mí me encanta complicarlas, es juntar el hambre con las ganas de comer. Estamos hechos del acero de los autónomos y todavía se nos escapa la capa y la espada el uno con el otro. Vaya par de idiotas. No somos dos, somos cuatro, y no siempre coinciden los buenos con los buenos. Los días de completar las frases preceden a los del eterno silencio, los días de entusiasmo preceden a los del olvido. Todo porque yo dije blanco y tú dijiste negro sin estar jugando en la misma liga, probablemente ni al mismo juego. En el fondo admiro tu tranquilidad: yo te engaño y tú te dejas engañar, porque así es mucho más llevadero y no hay que poner las cartas encima de la mesa, no nos gusta perder a ninguno de los dos. Yo no te molestaré más y tú jamás pedirás disculpas. Dejaremos de aprender el uno del otro más temprano que tarde, sencillamente porque ya estamos condenados. Sería muy pretencioso decir que la culpa de todo es tuya, o que yo cargo con todos los errores que nos han desviado de aquella especie de camino que seguíamos sin importar a donde.

Y, a pesar de todo, el quererte hace que todavía me siga preguntando “¿De qué tendrá miedo?”.