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Flores.

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Hay gente que ha hecho el esfuerzo de trasladarse; yo adapto mi trabajo a los intereses de la mayoría, me trago horas de viaje y lo pago en salud y económicamente, ¿por qué un esfuerzo vale menos que el otro?

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¿Es que hay decisiones válidas y decisiones erróneas? ¿Las válidas son las del gusto o intereses de la mayoría? Que yo sepa cada uno tiene derecho a tomar decisiones sobre sí mismo y a que sean respetadas. Si son buenas o malas es un juicio personal.

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No sólo no se me apoya sino que en alguna ocasión se me induce a rectificar mi decisión. Es como si a una persona que ha decidido vestirse de gótica se le dijera “Lo de ir de gótica para una temporada está muy bien, pero a ver cuando te vistes normal como los demás.”

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Económicamente ya lo estoy pagando, no me lo hagáis pagar psicológicamente.

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Y pienso en todo esto y ni siquiera estoy enfadada, simplemente me siento sola. Porque si ahora que la situación es difícil de llevar no tiene importancia porque “es temporal”, la importancia será la misma cuando ya no haya kilómetros de por medio porque “será definitiva”. Si se supone que soy igual de importante que los demás, da igual las circunstancias mientras cumpla, ¿no?

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Siento que siempre encuentro la solución para todos y nadie la encuentra para mí. Si no nos cuidamos entre nosotros como la familia que somos, ¿cómo vamos a sacarlo adelante?

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“Una vez escuché un chiste. Un hombre va al médico. Dice que está deprimido. Dice que su vida parece dura y cruel. Dice que se siente solo en un mundo amenazador donde lo que yace adelante es vago e incierto. El doctor dice que el tratamiento es sencillo. El gran payaso Pagliacci ha venido a la ciudad. Vaya a verlo esta noche, con eso se animará. El hombre empieza a llorar:

-Pero, doctor… Yo soy Pagliacci.

Buen chiste. Todos ríen. Redoble de tambor. Telón.”

Rorschach, Watchmen.

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Choco y Biscote.

No suelo hablar de mi debilidad por los gatos en este blog, pero hay cosas que a ciertas alturas ya no se pueden ocultar -ni que lo estuviese evitando-: me encantan los gatos.

No tengo muy claro por qué me gustan exactamente, se habla de que son majestuosos y elegantes, tranquilos y bonitos, adorables a rabiar cuando son pequeños -cuando son mayores también, pero menos-… que son cómo un saquito peludo de virtudes, ¿no? Supongo que a mí me gustan porque son cariñosos y agradecidos, dan calorcito y hacen compañía, y son antidepresivos. Sí, antidepresivos.

Se hacen un montón de terapias para personas mayores y personas con depresión en compañía de estos felinos. Y no lo dudo. Más allá de algunas lecturas con cierto olor científico en las que te repiten por activa y por pasiva que el ronroneo del gato mejora la presión sanguínea y, por tanto, la circulación, sé de cierto -por experiencia propia y la observación de otros- que un gato es una de las medicinas psicológicas más eficaces.

Para las personas mayores, son animales tranquilos y pacientes que no necesitan mucho cuidado y hacen mucha compañía, son suaves y cuidadosos. Para las personas con depresión, son aún mejor. Tener una responsabilidad como es la de cuidar a un animal hace que inevitablemente debas llevar una rutina, a mayores, los propios animales ayudan a ello, en especial, los gatos.

A pesar de que su paseo por casa parezca errático, siempre hacen los mismos recorridos por el mero de hecho de comprobar que su territorio sigue igual y en su sitio: lo mismo harán contigo. Los gatos hacen sus costumbres contigo, no en función de ti -como lo haría un perro, que se adapta a lo que tú le ofrezcas-, sino contigo. Mientras tú preparas tu desayuno, el gato tiene costumbre de mirar por la ventana recién abierta -es lo que hace la mía-, pero si ese día no abres la ventana, el gato estará contigo y te lo hará saber hasta que lo hagas. Muchas personas con depresión pueden tener periodos de dejadez absoluta, se quedan en la cama o no hacen las comidas diarias; un gato no les va a dejar hacer eso. Le harán saber que quiere comer, que esté limpio el arenero, que si tú no haces esto ellos no pueden hacer lo otro o simplemente comenzar la rutina de siempre, y si nada de eso funciona -y esto es lo mejor- le harán compañía hasta que se sienta mejor para hacerlo. Sin presión, sin nerviosismo.

Otra cosa que también me gusta de los gatos es que no te dejan depender de ellos. Con esto no quiero decir que se no se pueda querer a un gato tanto como a un perro -se les quiere igual o más-, sino que para alguien con depresión, esto es fantástico. Así como los perros -hablo en términos generales, hay personalidades para todos- no te dejan ni un minuto y exigen tu atención activa, los gatos te dejan tu propio espacio y te obligan a que tú les dejes el suyo: ayudan al desarrollo de la independencia emocional, lo cuál puede traducirse en que a las personas con depresión les afecten menos los agentes que les provocan la misma, convirtiéndose en dueños de su propia depresión y no al revés.

Como experiencia personal tengo que decir que con un gato aprendes a querer mejor, no más ni menos, sino mejor. Hace cosa de cinco días, rescatamos a un par de gatitos -hermano y hermana- de debajo de una apisonadora porque estaban muy mal y les pusimos nombre, Choco y Biscote. Yo ya tengo dos gatos a los que quiero mucho -Nala y Fiodor- y no voy a poder acoger más, pero eso no impidió que les pusiéramos nombre y que los esté cuidando como si fueran míos hasta verles recuperados y sanos.

Porque a mí mis gatos me salvaron la vida.

¿Por qué Choco y Biscote no pueden salvar la tuya?

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Choco, el chico.
Biscote.
Biscote, la chica.

Parcialmente nublado.

No puedo evitar mirarte y pensar “Eh, estoy aquí…”, porque sueles mirar a todas partes menos a mi alma, porque sueles tocar todo menos mi cariño, porque sueles hablar de todo menos de nosotros. Así suena hasta romántico.

Pero qué me vas a contar. Puede que tú estés tan perdido como yo, tú el experto en tener las cosas claras y yo la experta en fingir que puedo con todo. Vaya par de estúpidos. Tú no facilitas las cosas y a mí me encanta complicarlas, es juntar el hambre con las ganas de comer. Estamos hechos del acero de los autónomos y todavía se nos escapa la capa y la espada el uno con el otro. Vaya par de idiotas. No somos dos, somos cuatro, y no siempre coinciden los buenos con los buenos. Los días de completar las frases preceden a los del eterno silencio, los días de entusiasmo preceden a los del olvido. Todo porque yo dije blanco y tú dijiste negro sin estar jugando en la misma liga, probablemente ni al mismo juego. En el fondo admiro tu tranquilidad: yo te engaño y tú te dejas engañar, porque así es mucho más llevadero y no hay que poner las cartas encima de la mesa, no nos gusta perder a ninguno de los dos. Yo no te molestaré más y tú jamás pedirás disculpas. Dejaremos de aprender el uno del otro más temprano que tarde, sencillamente porque ya estamos condenados. Sería muy pretencioso decir que la culpa de todo es tuya, o que yo cargo con todos los errores que nos han desviado de aquella especie de camino que seguíamos sin importar a donde.

Y, a pesar de todo, el quererte hace que todavía me siga preguntando “¿De qué tendrá miedo?”.

En saco roto.

Es de las cosas que más detesto. Pones tu ilusión, tu corazón y tu experiencia ello, pero digas lo que digas, las palabras caen en saco roto. Las buenas y las malas.

Es algo así como darse cabezazos contra una pared, como pensar en la comida de mañana mientras te ahogas en el mar, como cambiar la arena del gato y pretender que dure limpia, como comer una napolitana de chocolate y echarte sacarina en el café justo después.

Palabras en saco roto, es como tirar piedras y no oír nunca en qué parte del río caen. Es como decir “te quiero” y oír un “gracias”.

Perfora el pecho exactamente igual.