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Mi teatro, mi casa.

A mí el montaje teatral me recuerda a una casa.


La dramaturgia sería el terreno, los cimientos, el suelo. Luego el director es el que pone la estructura, la forma de la casa, cuántas habitaciones tiene, el material del que va a ser, hacia dónde va a estar orientada… Cuando ya está hecha, el escenógrafo se mete dentro y lo amuebla con Ikea o con muebles de segunda mano o con mobiliario de lujo… Aunque antes que eso se ha tenido que poner de acuerdo con el iluminador para escoger la pintura, el papel pintado o las molduras del techo, porque vaya faena si va después el iluminador a poner luz roja en paredes rojas con muebles rojos… Quizá ponga persianas y cortinas porque a determinada hora entra demasiada luz. Cuando esto ya está, el de sonido entra y sale de la casa, para ver qué suena dentro, qué suena fuera, dónde está situada, si suenan pajarillos, si suenan coches, si sólo va a funcionar de día o sólo de noche, si puede que vaya a ir mucha gente o poca… Y cuando ya lo tiene, lo coloca todo estratégicamente para que nada quede vacío. Estaba claro que durante todo este proceso, el maquinista ha comprobado detalladamente que cada enchufe y toma de agua era absolutamente funcional. En el momento en que está todo, los de utilería (con acuerdo de escenografía) entran a colocar las alfombras, los cuadros, los espejos… le dan personalidad a la casa. No es que trabajen uno detrás de otro, van a turnos para que todo en su conjunto sea coherente. Sin embargo, el regidor siempre acaba el último porque limpia todos los desperdicios, comprueba que no se haya fundido ninguna bombilla y que el frigorífico esté en su temperatura justa para guardar comida. El caso es que viendo como está la casa ya, los de vestuario ya tienen preparados y vestidos a los que van a vivir en ella porque ya les había comentado el director para quién era la casa.

Y entonces entran los actores y actrices a vivir. Los primeros días establecen las relaciones entre ellos y con la casa, lo que produce algunos cambios necesarios en la escenografía, en la iluminación, alguna regleta por falta de enchufes, resulta que uno es alérgico a las flores del jarrón que hay en el salón… Imprevistos, ensayo y error. En ocasiones, la casa puede estar mal calculada: los actores no caben porque es muy estrecho todo, apenas se pueden mover y dificulta la habitabilidad; o, por el contrario, está demasiado vacío y tienen que buscarse la vida para vivir como puedan. Existen casos graves en los que las paredes se rajan, hay escaleras a ninguna parte o los cimientos que parecían sólidos se hunden a las dos semanas.

La verdad es que esta casa no parece tener demasiados imprevistos porque los productores planificaron la mudanza con mucho mimo y el ayudante de dirección se dio cuenta en el momento justo para avisar al director de que una de las habitaciones no tenía puerta.

Cuando la casa y sus habitantes están listos para recibir visitas, normalmente se suele anunciar en las redes sociales con el día, la hora y la dirección, de manera pública o privada, porque quizá sea conveniente que vengan primero sólo los familiares para ver si está todo en orden y luego ya veremos.

En fin, voy a ver si termino de colocar los cimientos: no quiero que se me caiga la casa encima.

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Mi casa se está muriendo.

Mi casa está enferma. Bajo su suelo hay metros y metros de barro que la infectan y están acabando con ella. En efecto, no sólo hay una fuga, hay muchas más. A lo largo de mi calle y de los años, las casas se han transformado poco a poco en ruinas hasta que han dejado de existir, casas resistentes y fuertes de adobo, con más de 50 años a sus espaldas que se han conservado en perfecto estado. Hasta hace nada. Hasta que alguien decidió levantar la calle y cambiar tuberías. Hasta que a alguien dejó de importarle si sus acciones tenían consecuencias. Hasta que el añejo y fresco barrio de Juslibol, antes pueblo, dejó de importarle al Ayuntamiento de Zaragoza.

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Mi casa está herida. Sus grietas van desde el suelo hasta el techo, cada vez son más, cada vez más gruesas. Cada día veo como mi casa sufre más y más, cada mañana veo la misma grieta más grande, y cada noche me acuesto rezando porque mañana deje de languidecer. Yo no puedo curar mi casa y los maullidos de mis gatos no le palian las heridas.

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Mis gatos lo saben: vamos a tener que dejar morir a nuestra casa porque ha dejado de ser segura. Ellos no entienden que el Ayuntamiento de Zaragoza y Ecociudad no quieren curarla, eso cuesta mucho dinero y, al fin y al cabo, son sólo unas cuantas piedras viejas… ¿a quién le puede importar eso?

A mí.
A mi pareja.
A mi familia.
A los habitantes de Juslibol.
A las familias de los habitantes de Juslibol.
A la ciudad de Zaragoza, porque un pedacito de ella se está desvaneciendo sin que nadie se dé cuenta.

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Me gusta mi casa. Hago vida aquí, la cuido, la limpio, la pongo bonita y ella me acoge, me da calor, nos da cobijo. No me quiero ir, sé lo que es estar de aquí para allá, y puedo asegurar que no es nada cómodo.

Cómodo es estar sentado en un sillón de despacho durante 10 años viendo como los hogares de su jurisdicción se vuelven ruinas y dejan huérfanos a ancianos que tenían toda una vida ahí y jóvenes que no tienen a dónde ir porque la vida de alquiler y con paro juvenil está muy cara.

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Háganme el favor de no decir que cuesta mucho dinero arreglar este desaguisado que ustedes han montado por incompetencia, que, por si aún no lo han pillado, no se trata de las grietas. Se trata de tener que abandonar tu propia casa.

¿No creen que ya va siendo hora de mover el culo, señores?

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