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Lucy (I)

Caminaba por una calle adoquinada, vieja, como esas del Londres victoriano. Y llovía, como no, llovía a mares. Sin embargo, Lucy caminaba tranquila y empapada, un pequeño hilo de agua escurría constante por su nariz.

No sabía a dónde iba. Tampoco le importaba demasiado, sólo sabía que no podía parar de caminar, un pie detrás de otro, como un mecanismo de engranajes de un reloj, que nunca cesa…

La lluvia no remitía, el repicar constante de las gotas era como una melodía dulce que le hacía cerrar los ojos y respirar profundo.

Se detuvo frente a su puerta. El agua caía, hacía un recorrido semicircular en el pomo central de la puerta. Lucy levantó el puño, inspiró hondo y se detuvo. Sus pestañas mojadas no impedían que el agua se colase hasta sus ojos. De nuevo, levantó el puño e inspiró hondo, y de nuevo se detuvo.

¿Qué estaba haciendo? Se iba a casar mañana, no tenía ningún sentido. Sólo podría saber si estaba haciendo lo correcto si llamaba a la puerta. Llama a la puerta, Lucy. A lo mejor no hay nadie y has ido para nada. Pero has ido. Eso quiere decir que la vuelta va a ser dura, seca, horrible y rota.

Puedes hacerlo, no tengas miedo, sólo tienes que dar unos pequeños golpecitos rítmicos en la madera y lo sabrás. Hazlo, no tengas miedo.

¿Qué puedes perder?

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Ya no lo necesito.

“- No creo que lo necesite.

– ¿No?

– No. Me he acostumbrado a que nunca ocurra, así que ya no lo necesito. Además es una tontería, eso va con la persona.

– ¿No te gusta que te toquen?

– Sí, claro que me gusta, pero con lo que tengo es suficiente.

– Pues yo echo de menos que me toquen.

– No me lo creo. Tienes personas que te abrazan y te besan, te dan apoyo y secan tus lágrimas. Todo eso no se puede hacer sin que te toquen.

<< No me has entendido. Echo de menos que me toquen de verdad. No es como esas veces que te ríes y durante 3 segundos le rozas el brazo, ni cuando te dan palmaditas en la espalda para animarte, ni siquiera cuando te abrazan para consolarte, ni siquiera el mejor beso del mundo. Hablo de tocar de verdad, de sentir que la otra persona está contigo, como una madre que acaricia tu mejilla o unas manos que adoran tu cuerpo; hablo de calor, de darte cuenta de que eres un ser humano conectando con otro ser humano, despacio, sin prisa, disfrutando de la pequeña bondad que te está brindando la otra persona a través de tu propia piel. De descubrir a la otra persona con mucha curiosidad, como un bebé que ve y toca por primera vez, como un animal que necesita oler para reconocer. Tocar y ser tocado sin titubeos. Volver a ser el humano más primario durante unos minutos. Eso es lo que echo de menos.>>

– No me lo creo. Tienes personas que te abrazan y te besan, te dan apoyo y secan tus lágrimas. Todo eso no se puede hacer sin que te toquen.

– No me has entendido. Bueno, da igual. ¿Pedimos otra?”

Y entonces ocurre.

Una pequeña luz que parpadea y una chispa que atraviesa la retina, una conexión entre la niebla y un ensordecimiento del exterior. Espera. Otra vez. Y cuanto más miro, más ilumina; y cuanto más ilumina, más sonrío. Y latidos corren como gacelas por la sabana, y borbotones de melodía que inundan el espacio.

Chsst… calla. Si respiras fuerte la vas a apagar…

En saco roto.

Es de las cosas que más detesto. Pones tu ilusión, tu corazón y tu experiencia ello, pero digas lo que digas, las palabras caen en saco roto. Las buenas y las malas.

Es algo así como darse cabezazos contra una pared, como pensar en la comida de mañana mientras te ahogas en el mar, como cambiar la arena del gato y pretender que dure limpia, como comer una napolitana de chocolate y echarte sacarina en el café justo después.

Palabras en saco roto, es como tirar piedras y no oír nunca en qué parte del río caen. Es como decir “te quiero” y oír un “gracias”.

Perfora el pecho exactamente igual.