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Sí la hay.

La hay. Sé que la hay. Hay una persona esperando a que aparezcas en su vida para que le hagas feliz con tu saco de imperfecciones, pero que las tengas no quiere decir que ella vaya a ser perfecta, probablemente tenga otro saco igual o peor. Sin embargo, la querrás igual y ella pensará lo mismo de ti: que le encantas. Por tus pequeñas y grandes manías, por tus defectos físicos -¿defectos físicos? Nah…-, por tu cambio de perspectiva constante, por tu inseguridad, por el brillo que te sale en los ojos cuando compartes alguna maldad, por la extrema facilidad que tienes para hacerla reír, por tu pragmatismo, porque siempre escondes algo sorprendente, porque le supones un reto intelectual, por tu paciencia, por la manera en la que la cuidas, por tu vergüenza, por tu cautela con todo, por tu irrefrenable curiosidad, por tus múltiples contradicciones, incluso por tu estupidez. Y estarácontigo cuando estésperdido, y esperaráa que te encuentres para seguir estando ahícuando ya lo hayas hecho, para hacerte mejor persona, para guiarte y acompañarte en tu soledad, para cuando sientas que no puedas más y quieras tirar la toalla de una puñetera vez, para cuando tengas miedo de empezar algo grande, con tus milonesde dudas a pesar de la ilusión que te embarga. Estará ahí. Ni se lo pensará. Te querrá con todo y sin nada. Esa persona existe y te estará esperando en algún lugar dispuesta a compartir su vida contigo. Sí la hay.

Y si no, seguiré aquí.

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Parcialmente nublado.

No puedo evitar mirarte y pensar “Eh, estoy aquí…”, porque sueles mirar a todas partes menos a mi alma, porque sueles tocar todo menos mi cariño, porque sueles hablar de todo menos de nosotros. Así suena hasta romántico.

Pero qué me vas a contar. Puede que tú estés tan perdido como yo, tú el experto en tener las cosas claras y yo la experta en fingir que puedo con todo. Vaya par de estúpidos. Tú no facilitas las cosas y a mí me encanta complicarlas, es juntar el hambre con las ganas de comer. Estamos hechos del acero de los autónomos y todavía se nos escapa la capa y la espada el uno con el otro. Vaya par de idiotas. No somos dos, somos cuatro, y no siempre coinciden los buenos con los buenos. Los días de completar las frases preceden a los del eterno silencio, los días de entusiasmo preceden a los del olvido. Todo porque yo dije blanco y tú dijiste negro sin estar jugando en la misma liga, probablemente ni al mismo juego. En el fondo admiro tu tranquilidad: yo te engaño y tú te dejas engañar, porque así es mucho más llevadero y no hay que poner las cartas encima de la mesa, no nos gusta perder a ninguno de los dos. Yo no te molestaré más y tú jamás pedirás disculpas. Dejaremos de aprender el uno del otro más temprano que tarde, sencillamente porque ya estamos condenados. Sería muy pretencioso decir que la culpa de todo es tuya, o que yo cargo con todos los errores que nos han desviado de aquella especie de camino que seguíamos sin importar a donde.

Y, a pesar de todo, el quererte hace que todavía me siga preguntando “¿De qué tendrá miedo?”.

Ya no lo necesito.

“- No creo que lo necesite.

– ¿No?

– No. Me he acostumbrado a que nunca ocurra, así que ya no lo necesito. Además es una tontería, eso va con la persona.

– ¿No te gusta que te toquen?

– Sí, claro que me gusta, pero con lo que tengo es suficiente.

– Pues yo echo de menos que me toquen.

– No me lo creo. Tienes personas que te abrazan y te besan, te dan apoyo y secan tus lágrimas. Todo eso no se puede hacer sin que te toquen.

<< No me has entendido. Echo de menos que me toquen de verdad. No es como esas veces que te ríes y durante 3 segundos le rozas el brazo, ni cuando te dan palmaditas en la espalda para animarte, ni siquiera cuando te abrazan para consolarte, ni siquiera el mejor beso del mundo. Hablo de tocar de verdad, de sentir que la otra persona está contigo, como una madre que acaricia tu mejilla o unas manos que adoran tu cuerpo; hablo de calor, de darte cuenta de que eres un ser humano conectando con otro ser humano, despacio, sin prisa, disfrutando de la pequeña bondad que te está brindando la otra persona a través de tu propia piel. De descubrir a la otra persona con mucha curiosidad, como un bebé que ve y toca por primera vez, como un animal que necesita oler para reconocer. Tocar y ser tocado sin titubeos. Volver a ser el humano más primario durante unos minutos. Eso es lo que echo de menos.>>

– No me lo creo. Tienes personas que te abrazan y te besan, te dan apoyo y secan tus lágrimas. Todo eso no se puede hacer sin que te toquen.

– No me has entendido. Bueno, da igual. ¿Pedimos otra?”

Y entonces ocurre.

Una pequeña luz que parpadea y una chispa que atraviesa la retina, una conexión entre la niebla y un ensordecimiento del exterior. Espera. Otra vez. Y cuanto más miro, más ilumina; y cuanto más ilumina, más sonrío. Y latidos corren como gacelas por la sabana, y borbotones de melodía que inundan el espacio.

Chsst… calla. Si respiras fuerte la vas a apagar…