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Dolor vivo, dolor muerto.

– Oye, ¿duele mucho cuando te rompen el corazón?

– Sí. Es como si te apuñalaran, como si estuvieras sangrando por un herida abierta, es un dolor grande y agudo, dramáticamente grande, lo ves todo de color negro, el mundo parece que va a acabar. Es un dolor intenso, es un dolor vivo, pero es fácil de arrancar y extirpar; se puede curar. Hay dolores peores.

– ¿Cuáles?

– Los dolores muertos. Imagina que te inyectan un fármaco en la sangre, que causa parálisis despacio, que no te permitiera moverte, como dejar de respirar poco a poco. No ves nada de ningún color, ni siquiera negro, no ves nada, es constante como una tortura, una gota de agua cayéndote en el cráneo cada segundo mientras estás sentado y encadenado, un trozo de plomo amarrado a los pies que no te permite ir a la superficie, una lombriz que se te come por dentro poco a poco.

– …

– Los dolores muertos son difíciles de curar, no hay nada que extirpar ni arrancar, no tienen solución fácil ni siquiera una que se vea. Las personas con depresión lo tienen, aunque a veces ocurre que es porque hubo un dolor dolor vivo que no se curó correctamente.

– Da miedo…

– Sí. Esa es la diferencia; el dolor vivo duele, el dolor muerto da miedo.

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A la chica del baño.

No hace falta que llores en susurros, llora a gusto. Reconozco que me he quedado un rato más en el cubículo de al lado para escucharte, para ver si compartiendo el dolor te dolía menos. Pero la desazón con la que debías derramar tus lágrimas no entendía de empatia. Sea lo que sea, que sepas que he estado justo al lado, escuchando pacientemente tu pena. No eran necesarias las palabras, entiendo lo que es que no quieras que te vean llorar, que vean el hondo dolor que te sale del corazón. Quizá no estabas preparada para que sucediera o quizá ya sabías el final y sólo te estabas defendiendo. Me hubiera gustado decirte que todo iba a ir bien, que todo lo malo pasa y que no estás sola ni siquiera cuando estás sola, porque hay desconocidos como yo que también sufren de idiotez y se quedaran en el baño de al lado a ver si se te pasa. Llevaba pañuelos, podría haberte dado uno como muestra de entendimiento, pero sabía que no ibas a arriesgarte a que te viera ni una sola lágrima hasta que saliera por la puerta, para no manchar tu dignidad, esa que no te hace falta porque no hay nada de lo que avergonzarse. Me hubiera gustado sonreirte con cariño para que te sintieras un poco mejor. Pero ya sabes, la bondad de los desconocidos ocurre a destiempo.

Así que si alguna vez lees esto, recuerda que llevo pañuelos para ti y una sonrisa.