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Madres.

Hablemos sobre madres. Esas madres que están con sus hijos, pero de adorno. Esas madres que ven que sus hijos están molestando al de al lado -y digo molestar literalmente, no corretear o jugar- y miran como si estuvieran viendo el vacío, sólo reaccionan cuando tú decides que ya has aguantado suficiente y le dices al niño que pare. Sí, delante de su madre, porque no tengo nada de lo que avergonzarme ni nada que ocultar: su hijo me está molestando, usted lo está viendo y no hace nada al respecto.

Pero lo más increíble de todo es que, como movidas por un resorte al sonido de tu voz, deciden que el mejor razonamiento es “Yo soy su madre y ya sé que están haciendo eso”. Muy bien, ¿lo hace usted con premeditación y alevosía entonces? Porque entonces es que usted necesita ensañarse conmigo por algo y que yo sepa a usted no la conozco de nada. En fin.

Luego hay otros casos fascinantes como el que me ocurrió hace poco. El piso donde vivo tiene la particularidad de tener las paredes de papel, es decir, que todo se oye desde el rellano y los pisos colindantes. Al margen de vecinos molestos y niñas pequeñas que te queman el timbre (léase párrafo anterior, ahora con más disfrute), también se oyen entradas y salidas de vecinos, niñas de 3 años o menos que deciden escaparse de casa para llamar a la vecina de enfrente o perros que te avisan que se van o vienen de pasear. El caso es que, a eso de las 7 de la tarde un día de verano, llevo escuchando un buen rato a un niño llorar desconsoladamente en la escalera del rellano. Al principio puede ser simplemente una de esas idas y venidas de las que hablo, pero llevaba ya mucho rato y no había más voces alrededor. Empezaba a ser preocupante.

Decido salir al rellano y, efectivamente, un niño de 7 años estaba llorando a moco tendido en la escalera con un dibujo en la mano y sin pinturas, así que nada de castigos ni jugar en el rellano, se había quedado solo. Cuando le pregunté si estaba bien y qué le pasaba, el niño tardó poco en secarse las lágrimas y me explicó que nadie le abría en casa. No sabía ni dónde estaba su madre ni cuándo volvería, mi asombro aumentaba por momentos. Le dije que entrara en casa a esperar y él mismo me dijo que se sabía el número de su madre. Debía de estar haciendo un gran esfuerzo por recordar dicho número, le daba a las teclas muy despacio y aún se sorbía los mocos del disgusto. Menos mal, la madre vendría pronto según dijo. Después de darme el teléfono, se quedó en la entrada sin moverse ni un pelo. Uno de mis gatos aprovechó para apoyarse en su hombro y olerle la cara. Para los que vivimos en casa, familiares y amigos, eso era lo normal: mis gatos son bastante sociables y su curiosidad por identificar a las personas que entran en casa está a la orden del día. Para aquel niño no. No se movió ni un ápice y temía que en cualquier momento ese bicho peludo, en aquella casa extraña con personas extrañas, fuera a comerle la cara. La cosa es que me costó ver que estaba un poco asustado -como para no estarlo después de un abandono temporal- y le invité a galletas con chocolate y a que acariciara a los gatos sin miedo porque no hacían nada. Debía de tener mucha hambre, se comió las galletas con fruición en la cocina y entonces llegó su madre a buscarlo. Se iba a dejar la última galleta porque su tiempo de espera había terminado, pero le insté a que la cogiera porque era para él, no para tener que esperar. Podría haber dicho que no quería más para irse ya con su madre, pero dio media vuelta y se la comió.

Cuando pasan estas cosas, una espera que la madre se disculpe por las molestias o dé las gracias repetidamente o intente justificarse con que “esto no es lo habitual”. Pero no. La madre, sonriente de oreja a oreja y con una despreocupación absoluta, dio las gracias y añadió que se había ido a hacer recados y que el niño sorprendentemente había regresado antes de normal del campamento urbano -lo que explica el dibujo que en ningún momento soltó-, que quizá debería darle llaves. Quizá. Y se fue.

Ahí es dónde mi fascinación alcanzó el climax, ¿no es más fácil avisar al niño de antemano por si ocurre esto y darle alguna opción o recurso? ¿Acaso el campamento urbano no tiene un horario establecido? ¿Por qué no le das las llaves de casa si tan importante es para ti la despreocupación? ¿Usted sabe, señora, el mal rato que ha pasado el chaval por su culpa?

En fin, hay madres para todo.

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No lleven a sus hijos al teatro.

No lleven a sus hijos a ver teatro. Se lo digo yo, que soy actriz y profesora de teatro.

En el teatro hablan del amor, del odio, de las injusticias, de los miedos, de los defectos… ¿qué pueden sacar de bueno sus hijos de esto? Nada, ya se lo digo yo. Empezarán tener ideas locas y absurdas y criterio propio, incluso opinión sobre estos temas. Por favor, protéjanles de sí mismos, que son muy pequeños y no saben lo que dicen ni lo que hacen, su deber como padres es mantenerles a salvo en una burbuja excluyente de problemas con los que se topan en su día a día en el colegio. Ya tienen bastante con tenerlos en su vida diaria como para darles herramientas para resolverlos, mucho menos estando unos padres para evitarles ese sufrimiento.

Por supuesto, no les apunten a clases de teatro, válgame el Cielo. ¿Y si empiezan a desarrollar conductas autodidactas o se hacen responsables de sus actos? ¿Y si descubren que pueden afrontar ellos mismos problemas personales? No me quiero imaginar lo desolados que se quedarían ustedes si ya no pudieran cuidar más de su hijo porque ha aprendido a cuidarse solo, dejarían ustedes de ser padres modélicos.

Aléjenlos del teatro contemporáneo, que está lleno de líos, enredos, sexo, muerte, conflictos generacionales, lenguaje vulgar, engaños… Si no pueden evitar que sus hijos vean teatro, al menos que sea un clásico, que enseñe en condiciones.

Llévenles a ver “Romeo y Julieta” de Shakespeare, que es muy famosa, pero en verso, así aprenden cosas cultas y evitamos versiones modernas. Es una historia de amor preciosa llena de intrigas que nada tiene que ver con los temas que plantea el teatro  contemporáneo, que eso es demasiado para sus pequeños. ¿Que los amantes mueren al final? Hombre, a ver, es que no hubiera pasado si les hubieran hecho caso a sus padres, que bien sabían ellos porqué se odiaban entre sí. Cuando el río suena, agua lleva. Es que Romeo y Julieta eran muy jóvenes para entender que el matrimonio de conveniencia era mucho mejor que el que se hace por amor, que los padres sabían que si se casaba con esta otra persona, vivirían más seguros y conservarían su estatus social. Vamos, que si les dejan casarse por amor, les hubiera tocado discutir con la familia del bando contrario, a ver cómo lo hacían: lo mejor evitar problemas. Y el fraile que sale y encima les ayuda… bueno, eso ni es un enviado de Dios ni es nada, ¡que los casa sin consentimiento paterno! Y así les va. La culpa del fraile, que no tenía que haber hecho eso.

Bueno, miren, mejor llévenles a ver “Hamlet”, que eso si es amor por un padre y va hasta dónde haga falta. Mata a alguna persona por el camino, pero es todo por amor a su padre, que no hay nada más bonito que honrar a un padre.

¿Un poco pequeños para ver tragedias? Pues toda la razón, mejor un cuento, que no hace daño a nadie. Prueben con “El sueño de una noche de verano”, que salen hadas, magia y unos chavales jóvenes que… bueno, tápenles los ojos y los oídos cuando salgan los cuatro protagonistas, que hacen intercambios de parejas un poco subiditos de tono. Pero por lo demás muy bien, eh. Todo clásicos de Shakespeare de hace cinco siglos, que antes no se hablaba de esos temas contemporáneos.

Y además este año es el 400 Aniversario de la muerte de Shakespeare, aprovechen para enseñarles a sus hijos valores de verdad en verso para que no los entiendan bien y, de paso, como también es el de Cervantes, leánse “El Quijote”.

Aunque claro, ustedes ya lo habrán leído entero, ¿no?