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A la chica del baño.

No hace falta que llores en susurros, llora a gusto. Reconozco que me he quedado un rato más en el cubículo de al lado para escucharte, para ver si compartiendo el dolor te dolía menos. Pero la desazón con la que debías derramar tus lágrimas no entendía de empatia. Sea lo que sea, que sepas que he estado justo al lado, escuchando pacientemente tu pena. No eran necesarias las palabras, entiendo lo que es que no quieras que te vean llorar, que vean el hondo dolor que te sale del corazón. Quizá no estabas preparada para que sucediera o quizá ya sabías el final y sólo te estabas defendiendo. Me hubiera gustado decirte que todo iba a ir bien, que todo lo malo pasa y que no estás sola ni siquiera cuando estás sola, porque hay desconocidos como yo que también sufren de idiotez y se quedaran en el baño de al lado a ver si se te pasa. Llevaba pañuelos, podría haberte dado uno como muestra de entendimiento, pero sabía que no ibas a arriesgarte a que te viera ni una sola lágrima hasta que saliera por la puerta, para no manchar tu dignidad, esa que no te hace falta porque no hay nada de lo que avergonzarse. Me hubiera gustado sonreirte con cariño para que te sintieras un poco mejor. Pero ya sabes, la bondad de los desconocidos ocurre a destiempo.

Así que si alguna vez lees esto, recuerda que llevo pañuelos para ti y una sonrisa.

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Lucy (III)

No. No había llegado hasta ahí para nada. La lluvia, el peso la ropa, su pelo empapado en agua, demasiados relámpagos y truenos. Lucy no tenía intención de abandonar. Dio media vuelta.

Quizá estuviera casada mañana y quizá no le volvería a ver nunca más, quizá no se acordara nunca de ella, pero ¿y todo lo anterior? Estaba claro lo que había que hacer.

Lucy llamó de nuevo a la puerta. Esta vez no tardó. Bajo el marco apareció él de nuevo, sin mediar palabra.

-Sólo hasta que pase la lluvia.

-De acuerdo, no tengo prisa.

-Yo tampoco.

Y con una gran sonrisa puramente cordial, la invitó a entrar mientras le ofrecía té caliente. Lucy miró una última vez al viento que azotaba la lluvia y las ramas antes de que se cerrase la puerta tras ella.

Había decidido empezar de cero.

Lucy (II)

El estruendo de los nudillos en la madera resonó en cada gota de lluvia. Lucy aguardó inmóvil, casi parecía una estatua inerte, cualquier movimiento por pequeño que fuera podría cambiar el curso de las cosas.

Esperó. Nada ocurría excepto la lluvia. Siguió esperando. Luego pensó en girar sobre sus pies e irse. No, Lucy, aguanta, lo estás haciendo muy bien. Un trueno. Un relámpago. Más lluvia. Aguanta, Lucy, sólo tienes que esperar.

Un click metálico. La puerta se abrió despacio… y ahí estaba él. Lucy esbozó un gran sonrisa e hinchó el pecho de felicidad.

 -Hola.

Él la miró como si no entendiera qué hacía ella ahí y Lucy sonrió todavía más.

– ¿Quién eres?

Un trueno. A lo lejos un rayó partió en dos un árbol, pero nadie se enteró. La ropa empapada y chorreante empezó a pesarle, el dolor de caminar en los pies se hizo patente, miles de gotas de lluvia caían por sus mejillas.

– Soy yo…

– Perdona, ¿te conozco?

Lucy abrió la boca para decir algo, pero no salió nada. Buscaba en su mirada algún tipo de reconocimiento, algún atisbo de memoria. Nada. Lucy giró sobre sus doloridos pies para marcharse.

– Puedes entrar hasta que pase el mal tiempo.

Lucy le miró por última vez. En sus ojos había preocupación, ayuda… pero seguía sin reconocerla. Sus pesadas piernas dieron en volver al camino y al poco oyó cerrar la puerta tras de sí.

Y siguió caminando.

Lucy (I)

Caminaba por una calle adoquinada, vieja, como esas del Londres victoriano. Y llovía, como no, llovía a mares. Sin embargo, Lucy caminaba tranquila y empapada, un pequeño hilo de agua escurría constante por su nariz.

No sabía a dónde iba. Tampoco le importaba demasiado, sólo sabía que no podía parar de caminar, un pie detrás de otro, como un mecanismo de engranajes de un reloj, que nunca cesa…

La lluvia no remitía, el repicar constante de las gotas era como una melodía dulce que le hacía cerrar los ojos y respirar profundo.

Se detuvo frente a su puerta. El agua caía, hacía un recorrido semicircular en el pomo central de la puerta. Lucy levantó el puño, inspiró hondo y se detuvo. Sus pestañas mojadas no impedían que el agua se colase hasta sus ojos. De nuevo, levantó el puño e inspiró hondo, y de nuevo se detuvo.

¿Qué estaba haciendo? Se iba a casar mañana, no tenía ningún sentido. Sólo podría saber si estaba haciendo lo correcto si llamaba a la puerta. Llama a la puerta, Lucy. A lo mejor no hay nadie y has ido para nada. Pero has ido. Eso quiere decir que la vuelta va a ser dura, seca, horrible y rota.

Puedes hacerlo, no tengas miedo, sólo tienes que dar unos pequeños golpecitos rítmicos en la madera y lo sabrás. Hazlo, no tengas miedo.

¿Qué puedes perder?