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Dolor vivo, dolor muerto.

– Oye, ¿duele mucho cuando te rompen el corazón?

– Sí. Es como si te apuñalaran, como si estuvieras sangrando por un herida abierta, es un dolor grande y agudo, dramáticamente grande, lo ves todo de color negro, el mundo parece que va a acabar. Es un dolor intenso, es un dolor vivo, pero es fácil de arrancar y extirpar; se puede curar. Hay dolores peores.

– ¿Cuáles?

– Los dolores muertos. Imagina que te inyectan un fármaco en la sangre, que causa parálisis despacio, que no te permitiera moverte, como dejar de respirar poco a poco. No ves nada de ningún color, ni siquiera negro, no ves nada, es constante como una tortura, una gota de agua cayéndote en el cráneo cada segundo mientras estás sentado y encadenado, un trozo de plomo amarrado a los pies que no te permite ir a la superficie, una lombriz que se te come por dentro poco a poco.

– …

– Los dolores muertos son difíciles de curar, no hay nada que extirpar ni arrancar, no tienen solución fácil ni siquiera una que se vea. Las personas con depresión lo tienen, aunque a veces ocurre que es porque hubo un dolor dolor vivo que no se curó correctamente.

– Da miedo…

– Sí. Esa es la diferencia; el dolor vivo duele, el dolor muerto da miedo.

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Mi casa se está muriendo.

Mi casa está enferma. Bajo su suelo hay metros y metros de barro que la infectan y están acabando con ella. En efecto, no sólo hay una fuga, hay muchas más. A lo largo de mi calle y de los años, las casas se han transformado poco a poco en ruinas hasta que han dejado de existir, casas resistentes y fuertes de adobo, con más de 50 años a sus espaldas que se han conservado en perfecto estado. Hasta hace nada. Hasta que alguien decidió levantar la calle y cambiar tuberías. Hasta que a alguien dejó de importarle si sus acciones tenían consecuencias. Hasta que el añejo y fresco barrio de Juslibol, antes pueblo, dejó de importarle al Ayuntamiento de Zaragoza.

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Mi casa está herida. Sus grietas van desde el suelo hasta el techo, cada vez son más, cada vez más gruesas. Cada día veo como mi casa sufre más y más, cada mañana veo la misma grieta más grande, y cada noche me acuesto rezando porque mañana deje de languidecer. Yo no puedo curar mi casa y los maullidos de mis gatos no le palian las heridas.

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Mis gatos lo saben: vamos a tener que dejar morir a nuestra casa porque ha dejado de ser segura. Ellos no entienden que el Ayuntamiento de Zaragoza y Ecociudad no quieren curarla, eso cuesta mucho dinero y, al fin y al cabo, son sólo unas cuantas piedras viejas… ¿a quién le puede importar eso?

A mí.
A mi pareja.
A mi familia.
A los habitantes de Juslibol.
A las familias de los habitantes de Juslibol.
A la ciudad de Zaragoza, porque un pedacito de ella se está desvaneciendo sin que nadie se dé cuenta.

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Me gusta mi casa. Hago vida aquí, la cuido, la limpio, la pongo bonita y ella me acoge, me da calor, nos da cobijo. No me quiero ir, sé lo que es estar de aquí para allá, y puedo asegurar que no es nada cómodo.

Cómodo es estar sentado en un sillón de despacho durante 10 años viendo como los hogares de su jurisdicción se vuelven ruinas y dejan huérfanos a ancianos que tenían toda una vida ahí y jóvenes que no tienen a dónde ir porque la vida de alquiler y con paro juvenil está muy cara.

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Háganme el favor de no decir que cuesta mucho dinero arreglar este desaguisado que ustedes han montado por incompetencia, que, por si aún no lo han pillado, no se trata de las grietas. Se trata de tener que abandonar tu propia casa.

¿No creen que ya va siendo hora de mover el culo, señores?

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