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Permitirse el lujo.

Permitirse el lujo de echar de menos es correr el riesgo de necesitar, y nadie necesita a nadie. Es duro darse cuenta de que no eres imprescindible.

Tus amigos no te necesitan, tu pareja no te necesita, tus padres no te necesitan, tu hermana pequeña no te necesita, en definitiva, tus seres queridos no te necesitan. Todos ellos pueden vivir perfectamente sin ti, aunque no te lo creas. Y si necesitas a alguno de ellos, es que tienes un problema.

Recuerdo cuando yo decía “te quiero” en vez de “te necesito” durante mi adolescencia y de como “necesitarte” era “amarte hasta la muerte”. Porque si lo necesitas es que tu vida depende de ello, y no, no es bonito, necesitar a una persona hasta ese punto me parece bochornoso.

¿Cómo se cuida a alguien a quién se necesita? Con sobreprotección, con control y evitando peligros. De paso, cómprale una jaula. Dudo seriamente que el amor se exprese así, al menos el sano y responsable, porque no me cansaré de decirlo: querer a alguien es una responsabilidad, hay quererle los defectos, la falta de virtudes y las malas circunstancias.

No quiero que me necesites, quiero que me quieras; yo no quiero serte útil, quiero decorarte la vida. No en el sentido superficial, sino en el sentido de que si te falto algún día, puedas poner otra cosa en mi lugar, pero que te guste tenerme ahí. No quiero ser una obligación, quiero ser tu elección; no quiero estar en todos los momentos de tu vida, quiero estar en los que tú quieras que esté y en los que yo quiero estar. Esto último igual te suena raro, pero si tú me quieres y yo te quiero, ¿qué más da?

Si un día faltas, no pasa nada, seguiré viviendo, pero no podrás evitar que llore, ¿sabes? Porque ya no podré elegirte.

Por eso me arriesgaré, voy a permitirme el lujo de echarte de menos.

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Dime la verdad.

– Si te digo que no te necesito, ¿tú qué dices?

– Que yo a ti tampoco.

– ¿Lo dices porque no te necesito?

– No, lo digo porque yo no te necesito.

– ¿Y si te digo que no te quiero?

– Te diría que yo también.

– Creo que te has equivocado, se dice “yo tampoco”.

– No, el que se ha equivocado eres tú.

Tú.

Te miro y no te reconozco. Y me entran ganas de llorar. Porque pensaba que te había perdido pero te he ganado, quisiera decirte todas las cosas de las que me acuerdo y tengo que olvidar. Y me entran ganas de llorar. Yo que escribo historias de amor y soy incapaz de enganchar una sílaba con otra cuando te hablo. No lo sabes, pero dejo de ser lista y elocuente a tu lado. Todavía no entiendo muy bien qué has visto en mí para que quieras quedarte, si no te valgo para nada. No se puede ser tan buena persona en esta vida, ¿sabes? Me da miedo que alguien te estropee porque sé que no voy a poder cuidarte como me gustaría.

Te tengo aquí, con un sentimiento tan grande que no sé cómo no me desborda. Voy a tener que apuntar la templanza en mi lista de virtudes después de ti. Y pasará el tiempo… y todavía me seguiré preguntando si fueron buenas aquellas duchas frías o me helaron la sangre que me llegaba al corazón.

Algún día te contaré que es lo que más me gusta de ti. Hoy aprovecharé los minutos que me dejas.