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Dolor vivo, dolor muerto.

– Oye, ¿duele mucho cuando te rompen el corazón?

– Sí. Es como si te apuñalaran, como si estuvieras sangrando por un herida abierta, es un dolor grande y agudo, dramáticamente grande, lo ves todo de color negro, el mundo parece que va a acabar. Es un dolor intenso, es un dolor vivo, pero es fácil de arrancar y extirpar; se puede curar. Hay dolores peores.

– ¿Cuáles?

– Los dolores muertos. Imagina que te inyectan un fármaco en la sangre, que causa parálisis despacio, que no te permitiera moverte, como dejar de respirar poco a poco. No ves nada de ningún color, ni siquiera negro, no ves nada, es constante como una tortura, una gota de agua cayéndote en el cráneo cada segundo mientras estás sentado y encadenado, un trozo de plomo amarrado a los pies que no te permite ir a la superficie, una lombriz que se te come por dentro poco a poco.

– …

– Los dolores muertos son difíciles de curar, no hay nada que extirpar ni arrancar, no tienen solución fácil ni siquiera una que se vea. Las personas con depresión lo tienen, aunque a veces ocurre que es porque hubo un dolor dolor vivo que no se curó correctamente.

– Da miedo…

– Sí. Esa es la diferencia; el dolor vivo duele, el dolor muerto da miedo.

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La sexta cerveza.

La gente reía, bailaba y bebía bajo la atmósfera recargada de luz tenue y música de fondo. La sexta cerveza empezaba a ser difícil de sujetar para Jane, a pesar de tener práctica con las cinco anteriores. No había hablado apenas en toda la noche mientras su círculo de amigos bromeaba sin parar sobre el trabajo de Josh, el cual miraba con sorna a cada comentario al respecto siempre sin perder la sonrisa. Josh no estaba especialmente guapo esa noche, podría decirse que ni siquiera lo era, pero a Jane le gustaba. Le gustaba la seguridad con la que parecía hacer cualquier cosa, enfrentarse a las dificultades con aplomo y paciencia, sin perder jamás la sonrisa. Josh había sido siempre su amigo de confianza, ese que consigue arrojar luz en los lugares más oscuros y vacíos de tu existencia, ese que siempre lleva la solución en el bolsillo.

– ¡Dios, Josh! ¡Nos aburres ya con tu trabajo!

– Kyle, si sólo has hablado tú…

– Jajaja, ¡pero siempre de ti! Porque eres cojonudo, ya lo sabes, ¡aunque la chica que te pille va a tener que armarse de paciencia contigo!

-A estas alturas ¿quién querría estar conmigo?

Jane no tuvo muy claro si fue el último trago de cerveza o las risas de sus amigos lo que hizo sonar su voz.

-Eres la clase de chico con el que cualquiera querría despertarse por la mañanas. No veo el problema.

Silencio. En segundo plano quedaron las conversaciones ininteligibles y la música del bar. Kyle y los demás miraban sorprendidos a Jane, incluido el propio Josh, que había quedado mudo por la afirmación tan rotunda. Jane miraba a todas partes en busca de una salida.

-Es la sexta cerveza ya. Creo que me voy a casa.

Entre comentarios sarcásticos y risitas, cogió su abrigo y su bolso y acto seguido se internó en el frío de la calle, esperando encontrar una respuesta válida a lo que acababa de ocurrir. Decidió no pensarlo mucho.

Al fin y al cabo, hay cosas que no se pueden ocultar eternamente.

Vacío.

Vacío.

Silencio. Colores y formas. Respiración. Zumbido de palabras inconexas. Movimientos difusos.

Tú.

En la estratosfera. Lejos. Aquí. Latido. Latido. Latido. Quietud. Miras al cielo. Desesperación. Suspiro. Tú.

Vacío.

– ¿Me estás escuchando?

– Sí, perdona.