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Dolor vivo, dolor muerto.

– Oye, ¿duele mucho cuando te rompen el corazón?

– Sí. Es como si te apuñalaran, como si estuvieras sangrando por un herida abierta, es un dolor grande y agudo, dramáticamente grande, lo ves todo de color negro, el mundo parece que va a acabar. Es un dolor intenso, es un dolor vivo, pero es fácil de arrancar y extirpar; se puede curar. Hay dolores peores.

– ¿Cuáles?

– Los dolores muertos. Imagina que te inyectan un fármaco en la sangre, que causa parálisis despacio, que no te permitiera moverte, como dejar de respirar poco a poco. No ves nada de ningún color, ni siquiera negro, no ves nada, es constante como una tortura, una gota de agua cayéndote en el cráneo cada segundo mientras estás sentado y encadenado, un trozo de plomo amarrado a los pies que no te permite ir a la superficie, una lombriz que se te come por dentro poco a poco.

– …

– Los dolores muertos son difíciles de curar, no hay nada que extirpar ni arrancar, no tienen solución fácil ni siquiera una que se vea. Las personas con depresión lo tienen, aunque a veces ocurre que es porque hubo un dolor dolor vivo que no se curó correctamente.

– Da miedo…

– Sí. Esa es la diferencia; el dolor vivo duele, el dolor muerto da miedo.

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Por qué y para qué.

El otro día vi una película protagonizada por Pierce Brosnan y Aaron Paul -estaba buscando otros trabajos de Aaron Paul en Netflix y eso me encontré- titulada Mejor otro día. Trata de cuatro personas que se encuentran en una azotea de un rascacielos el día de Nochevieja para suicidarse, y en ninguna de las cuatro personas hay ningún elemento coincidente a excepción de la voluntad de quitarse la vida. Me gustó mucho, me hizo llorar y pensar.

Y entonces me vino a la cabeza una de esas frases aparentemente aleatorias que están conectadas con algo de eso que te pasa: “Vivo por y para mi hijo”, que lo han dicho en un montón de películas melodramáticas.

No tengo hijos. Sin embargo, me dio para preguntarme qué diferencia hay entre “vivir por” y “vivir para”. Ya no hablo de lo de “de dónde venimos y a dónde vamos” porque no tengo ni pajolera idea, sino ¿qué razones de existir podría tener cualquier persona?

Oigo mucho lo de “vivo para el teatro” pero no tanto lo de “vivo por el teatro” en mi entorno, más allá de ponernos dramaqueen con voz impostada para repetir la famosa frase antes citada “¡Vivo por y para el teatro!”. Es posible que todos vivamos para hacer esto o lo otro, pero ¿por qué?

Por ejemplo, si yo dijera que vivo por mis gatos eso implicaría que el día en que fallezcan yo ya he perdido mi razón de vivir, sentiría una pena tan inmensa que la única manera de paliar ese dolor sería mi propia muerte. ¿Os parece coherente? La verdad es que quiero muchísimo a mis gatos, pero no son mi razón de vivir. Es posible que los que no tengan mascotas lo vean excesivo, no importa, cambiadlo por un ser muy querido. ¿Sentiríais una pena inmensa, verdad? ¿Tanto que querríais dejar de seguir viviendo? Si la primera respuesta era “Sí” y la segunda “No”, todo bien. Si ambas respuestas son iguales, podéis empezar a preocuparos, porque no sois E.T. -no se me ha ocurrido un ejemplo más popular sin recurrir al género fantástico para explicar la conexión vital- o hay alguna falta de empatía sin resolver.

Volviendo al tema, entonces ¿por qué vivimos? Yo llegué a esta conclusión: porque queremos vivir. Porque tenemos ganas de vivir. Así de simple. No se trata sólo de un tema de supervivencia, se trata de tener ganas de seguir viviendo experiencias y emociones, de seguir a ver qué pasa. Quizá la pregunta no es “¿Por qué vives?” sino “¿Por qué no mueres?”, y la respuesta es esa, porque no quiero. Puede que no sepa para qué estoy aquí ni la manera de vivir para ser feliz, pero para bien o para mal -según a quién le preguntes-, quiero vivir.

Si alguna vez has estado en el fondo del pozo, en el que gritas y no te oye nadie, en el que no hay escaleras ni cuerda para subir, en el que sólo puedes esperar contigo mismo como compañía, y piensas que la única salida es acabar cuanto antes con el sufrimiento, recuerda por qué, a pesar de todo eso, aún no estás muerto. Porque, en realidad, todavía te quedan ganas de vivir. Morir no es la solución fácil ni la cobarde, sino la cómoda y la irrevocable. Vivir, no importa para qué, ya lo encontrarás.

Aún no estás muerto. Aún sigues vivo. Aún tienes una oportunidad. Cógela, lucha, ingéniatelas, busca caminos, sigue probando, aún no estás muerto, vive.

Pase lo que pase, no pierdas tus ganas de vivir.