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Flores.

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Hay gente que ha hecho el esfuerzo de trasladarse; yo adapto mi trabajo a los intereses de la mayoría, me trago horas de viaje y lo pago en salud y económicamente, ¿por qué un esfuerzo vale menos que el otro?

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¿Es que hay decisiones válidas y decisiones erróneas? ¿Las válidas son las del gusto o intereses de la mayoría? Que yo sepa cada uno tiene derecho a tomar decisiones sobre sí mismo y a que sean respetadas. Si son buenas o malas es un juicio personal.

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No sólo no se me apoya sino que en alguna ocasión se me induce a rectificar mi decisión. Es como si a una persona que ha decidido vestirse de gótica se le dijera “Lo de ir de gótica para una temporada está muy bien, pero a ver cuando te vistes normal como los demás.”

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Económicamente ya lo estoy pagando, no me lo hagáis pagar psicológicamente.

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Y pienso en todo esto y ni siquiera estoy enfadada, simplemente me siento sola. Porque si ahora que la situación es difícil de llevar no tiene importancia porque “es temporal”, la importancia será la misma cuando ya no haya kilómetros de por medio porque “será definitiva”. Si se supone que soy igual de importante que los demás, da igual las circunstancias mientras cumpla, ¿no?

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Siento que siempre encuentro la solución para todos y nadie la encuentra para mí. Si no nos cuidamos entre nosotros como la familia que somos, ¿cómo vamos a sacarlo adelante?

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“Una vez escuché un chiste. Un hombre va al médico. Dice que está deprimido. Dice que su vida parece dura y cruel. Dice que se siente solo en un mundo amenazador donde lo que yace adelante es vago e incierto. El doctor dice que el tratamiento es sencillo. El gran payaso Pagliacci ha venido a la ciudad. Vaya a verlo esta noche, con eso se animará. El hombre empieza a llorar:

-Pero, doctor… Yo soy Pagliacci.

Buen chiste. Todos ríen. Redoble de tambor. Telón.”

Rorschach, Watchmen.

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Por qué y para qué.

El otro día vi una película protagonizada por Pierce Brosnan y Aaron Paul -estaba buscando otros trabajos de Aaron Paul en Netflix y eso me encontré- titulada Mejor otro día. Trata de cuatro personas que se encuentran en una azotea de un rascacielos el día de Nochevieja para suicidarse, y en ninguna de las cuatro personas hay ningún elemento coincidente a excepción de la voluntad de quitarse la vida. Me gustó mucho, me hizo llorar y pensar.

Y entonces me vino a la cabeza una de esas frases aparentemente aleatorias que están conectadas con algo de eso que te pasa: “Vivo por y para mi hijo”, que lo han dicho en un montón de películas melodramáticas.

No tengo hijos. Sin embargo, me dio para preguntarme qué diferencia hay entre “vivir por” y “vivir para”. Ya no hablo de lo de “de dónde venimos y a dónde vamos” porque no tengo ni pajolera idea, sino ¿qué razones de existir podría tener cualquier persona?

Oigo mucho lo de “vivo para el teatro” pero no tanto lo de “vivo por el teatro” en mi entorno, más allá de ponernos dramaqueen con voz impostada para repetir la famosa frase antes citada “¡Vivo por y para el teatro!”. Es posible que todos vivamos para hacer esto o lo otro, pero ¿por qué?

Por ejemplo, si yo dijera que vivo por mis gatos eso implicaría que el día en que fallezcan yo ya he perdido mi razón de vivir, sentiría una pena tan inmensa que la única manera de paliar ese dolor sería mi propia muerte. ¿Os parece coherente? La verdad es que quiero muchísimo a mis gatos, pero no son mi razón de vivir. Es posible que los que no tengan mascotas lo vean excesivo, no importa, cambiadlo por un ser muy querido. ¿Sentiríais una pena inmensa, verdad? ¿Tanto que querríais dejar de seguir viviendo? Si la primera respuesta era “Sí” y la segunda “No”, todo bien. Si ambas respuestas son iguales, podéis empezar a preocuparos, porque no sois E.T. -no se me ha ocurrido un ejemplo más popular sin recurrir al género fantástico para explicar la conexión vital- o hay alguna falta de empatía sin resolver.

Volviendo al tema, entonces ¿por qué vivimos? Yo llegué a esta conclusión: porque queremos vivir. Porque tenemos ganas de vivir. Así de simple. No se trata sólo de un tema de supervivencia, se trata de tener ganas de seguir viviendo experiencias y emociones, de seguir a ver qué pasa. Quizá la pregunta no es “¿Por qué vives?” sino “¿Por qué no mueres?”, y la respuesta es esa, porque no quiero. Puede que no sepa para qué estoy aquí ni la manera de vivir para ser feliz, pero para bien o para mal -según a quién le preguntes-, quiero vivir.

Si alguna vez has estado en el fondo del pozo, en el que gritas y no te oye nadie, en el que no hay escaleras ni cuerda para subir, en el que sólo puedes esperar contigo mismo como compañía, y piensas que la única salida es acabar cuanto antes con el sufrimiento, recuerda por qué, a pesar de todo eso, aún no estás muerto. Porque, en realidad, todavía te quedan ganas de vivir. Morir no es la solución fácil ni la cobarde, sino la cómoda y la irrevocable. Vivir, no importa para qué, ya lo encontrarás.

Aún no estás muerto. Aún sigues vivo. Aún tienes una oportunidad. Cógela, lucha, ingéniatelas, busca caminos, sigue probando, aún no estás muerto, vive.

Pase lo que pase, no pierdas tus ganas de vivir.

 

Cómo dar una opinión y no morir en el intento.

Para los que esperáis una entrada para poder quedar bien, del rollo…

“Soy super amiga de […] y su trabajo es genial, ¡totalmente recomendable!”

… os lo advierto ya: os habéis equivocado de blog -y de persona-.

Normalmente la gente acude a mí – qué pretencioso suena, ¿verdad? ¡Como si una supiera de todo!- en busca de una crítica constructiva y no valorativa, la palabra que suelen usar para pedirme consejo y opinión es sinceridad.

He tenido un arduo debate conmigo misma -hace bien poco- sobre si debía ser por primera una “voz de la palabra edulcorada” y envolver con papel de regalo de colores esta crítica -porque, no nos engañemos, un mínimo de crítica iba a tener- o, por el contrario, ser todo lo sincera que sé de la manera menos hiriente posible, sabiendo que con esto me ganaré la desaprobación de muchas personas del gremio, del propio autor/intérprete o incluso podría perder amigos; lo que viene a llamarse coloquialmente “ser la mala del cuento“.

Después de esta declaración, algunos estaréis pensando “¡Pues no lo hagas!¡Estás arriesgando mucho por unas letras!”, pero resulta que estoy un poco harta de los edulcorantes de muchas personas tras leer sobre un libro, ver una película o -qué voy a decir, esto está a la orden del día en mi entorno- un montaje teatral o escenas simplemente por el hecho de que los implicados en dicho trabajo -no olvidemos esto, trabajo- son amigos nuestros, allegados o incluso conocidos y tememos quedar mal ante ellosa espaldas de ellos ya es otra cosa, pero entraríamos en otro tema-.

Entiendo que con el trabajo reciente la ilusión y la satisfacción de haber finalizado dicho trabajo podría anularse o ensuciarse por una crítica negativa, es comprensible y de muy poca sensibilidad hacer eso; sin embargo, podemos felicitar por el trabajo -hay quién no hace esto para que no se confunda, pero soy de la opinión de que siempre hay que felicitar por el trabajo independientemente de su calidad- y dar la crítica más tarde si se pide, y en caso de que no podamos eludir la pregunta “¿Qué tal, qué te ha parecido?” siempre nos queda un “Bien, pero te lo cuento otro día con más calma, un día que tengamos tiempo.” para salir del paso y no caer en la frase de principio de entrada.

En este caso, como habéis podido deducir, he decidido ser todo lo sincera que sé procurando no herir a nadie, y es que os voy a desvelar un secreto: me jode mucho perder credibilidad y convertirme en una incoherente.

El objetivo de esta entrada es desde el principio de ayuda y no de malmeter -todo el mundo sabe malmeter, pero no todo el mundo sabe ayudar-. En mi opinión -como he venido diciendo desde la primera línea- que te digan que lo has hecho muy bien y que muy guay cuando ambos sabemos -el amigo que te lo dice y tú mismo- que tiene fallos que deben resolverse en un futuro, no ayuda a crecer.

Personalmente, me gusta que me hagan devoluciones constructivas porque me ayuda a mejorar en mi trabajo, desgraciadamente hay pocas personas que sean realmente sinceras en sus críticas -también existe la falsa sinceridad, en la que las devoluciones son destructivas- porque no me creo que lo haga todo bien. Es cierto que puedes enfadarte en ese momento o que lo sientas como un ataque personal -a mí me pasa mucho- pero en frío te das cuenta de que eso que recoges es para mejorar.

“El ser honesto posiblemente no te deje muchos amigos, pero seguramente te dejará a los amigos de verdad.”