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Dolor vivo, dolor muerto.

– Oye, ¿duele mucho cuando te rompen el corazón?

– Sí. Es como si te apuñalaran, como si estuvieras sangrando por un herida abierta, es un dolor grande y agudo, dramáticamente grande, lo ves todo de color negro, el mundo parece que va a acabar. Es un dolor intenso, es un dolor vivo, pero es fácil de arrancar y extirpar; se puede curar. Hay dolores peores.

– ¿Cuáles?

– Los dolores muertos. Imagina que te inyectan un fármaco en la sangre, que causa parálisis despacio, que no te permitiera moverte, como dejar de respirar poco a poco. No ves nada de ningún color, ni siquiera negro, no ves nada, es constante como una tortura, una gota de agua cayéndote en el cráneo cada segundo mientras estás sentado y encadenado, un trozo de plomo amarrado a los pies que no te permite ir a la superficie, una lombriz que se te come por dentro poco a poco.

– …

– Los dolores muertos son difíciles de curar, no hay nada que extirpar ni arrancar, no tienen solución fácil ni siquiera una que se vea. Las personas con depresión lo tienen, aunque a veces ocurre que es porque hubo un dolor dolor vivo que no se curó correctamente.

– Da miedo…

– Sí. Esa es la diferencia; el dolor vivo duele, el dolor muerto da miedo.

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Mi teatro, mi casa.

A mí el montaje teatral me recuerda a una casa.


La dramaturgia sería el terreno, los cimientos, el suelo. Luego el director es el que pone la estructura, la forma de la casa, cuántas habitaciones tiene, el material del que va a ser, hacia dónde va a estar orientada… Cuando ya está hecha, el escenógrafo se mete dentro y lo amuebla con Ikea o con muebles de segunda mano o con mobiliario de lujo… Aunque antes que eso se ha tenido que poner de acuerdo con el iluminador para escoger la pintura, el papel pintado o las molduras del techo, porque vaya faena si va después el iluminador a poner luz roja en paredes rojas con muebles rojos… Quizá ponga persianas y cortinas porque a determinada hora entra demasiada luz. Cuando esto ya está, el de sonido entra y sale de la casa, para ver qué suena dentro, qué suena fuera, dónde está situada, si suenan pajarillos, si suenan coches, si sólo va a funcionar de día o sólo de noche, si puede que vaya a ir mucha gente o poca… Y cuando ya lo tiene, lo coloca todo estratégicamente para que nada quede vacío. Estaba claro que durante todo este proceso, el maquinista ha comprobado detalladamente que cada enchufe y toma de agua era absolutamente funcional. En el momento en que está todo, los de utilería (con acuerdo de escenografía) entran a colocar las alfombras, los cuadros, los espejos… le dan personalidad a la casa. No es que trabajen uno detrás de otro, van a turnos para que todo en su conjunto sea coherente. Sin embargo, el regidor siempre acaba el último porque limpia todos los desperdicios, comprueba que no se haya fundido ninguna bombilla y que el frigorífico esté en su temperatura justa para guardar comida. El caso es que viendo como está la casa ya, los de vestuario ya tienen preparados y vestidos a los que van a vivir en ella porque ya les había comentado el director para quién era la casa.

Y entonces entran los actores y actrices a vivir. Los primeros días establecen las relaciones entre ellos y con la casa, lo que produce algunos cambios necesarios en la escenografía, en la iluminación, alguna regleta por falta de enchufes, resulta que uno es alérgico a las flores del jarrón que hay en el salón… Imprevistos, ensayo y error. En ocasiones, la casa puede estar mal calculada: los actores no caben porque es muy estrecho todo, apenas se pueden mover y dificulta la habitabilidad; o, por el contrario, está demasiado vacío y tienen que buscarse la vida para vivir como puedan. Existen casos graves en los que las paredes se rajan, hay escaleras a ninguna parte o los cimientos que parecían sólidos se hunden a las dos semanas.

La verdad es que esta casa no parece tener demasiados imprevistos porque los productores planificaron la mudanza con mucho mimo y el ayudante de dirección se dio cuenta en el momento justo para avisar al director de que una de las habitaciones no tenía puerta.

Cuando la casa y sus habitantes están listos para recibir visitas, normalmente se suele anunciar en las redes sociales con el día, la hora y la dirección, de manera pública o privada, porque quizá sea conveniente que vengan primero sólo los familiares para ver si está todo en orden y luego ya veremos.

En fin, voy a ver si termino de colocar los cimientos: no quiero que se me caiga la casa encima.

Flores.

Código 1.0.4.2: Estableciendo conexión con el sujeto.

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Hay gente que ha hecho el esfuerzo de trasladarse; yo adapto mi trabajo a los intereses de la mayoría, me trago horas de viaje y lo pago en salud y económicamente, ¿por qué un esfuerzo vale menos que el otro?

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¿Es que hay decisiones válidas y decisiones erróneas? ¿Las válidas son las del gusto o intereses de la mayoría? Que yo sepa cada uno tiene derecho a tomar decisiones sobre sí mismo y a que sean respetadas. Si son buenas o malas es un juicio personal.

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No sólo no se me apoya sino que en alguna ocasión se me induce a rectificar mi decisión. Es como si a una persona que ha decidido vestirse de gótica se le dijera “Lo de ir de gótica para una temporada está muy bien, pero a ver cuando te vistes normal como los demás.”

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Económicamente ya lo estoy pagando, no me lo hagáis pagar psicológicamente.

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Y pienso en todo esto y ni siquiera estoy enfadada, simplemente me siento sola. Porque si ahora que la situación es difícil de llevar no tiene importancia porque “es temporal”, la importancia será la misma cuando ya no haya kilómetros de por medio porque “será definitiva”. Si se supone que soy igual de importante que los demás, da igual las circunstancias mientras cumpla, ¿no?

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Siento que siempre encuentro la solución para todos y nadie la encuentra para mí. Si no nos cuidamos entre nosotros como la familia que somos, ¿cómo vamos a sacarlo adelante?

Pensamiento 01

“Una vez escuché un chiste. Un hombre va al médico. Dice que está deprimido. Dice que su vida parece dura y cruel. Dice que se siente solo en un mundo amenazador donde lo que yace adelante es vago e incierto. El doctor dice que el tratamiento es sencillo. El gran payaso Pagliacci ha venido a la ciudad. Vaya a verlo esta noche, con eso se animará. El hombre empieza a llorar:

-Pero, doctor… Yo soy Pagliacci.

Buen chiste. Todos ríen. Redoble de tambor. Telón.”

Rorschach, Watchmen.

Código 0.0.0.0: Conexión finalizada.

Por qué y para qué.

El otro día vi una película protagonizada por Pierce Brosnan y Aaron Paul -estaba buscando otros trabajos de Aaron Paul en Netflix y eso me encontré- titulada Mejor otro día. Trata de cuatro personas que se encuentran en una azotea de un rascacielos el día de Nochevieja para suicidarse, y en ninguna de las cuatro personas hay ningún elemento coincidente a excepción de la voluntad de quitarse la vida. Me gustó mucho, me hizo llorar y pensar.

Y entonces me vino a la cabeza una de esas frases aparentemente aleatorias que están conectadas con algo de eso que te pasa: “Vivo por y para mi hijo”, que lo han dicho en un montón de películas melodramáticas.

No tengo hijos. Sin embargo, me dio para preguntarme qué diferencia hay entre “vivir por” y “vivir para”. Ya no hablo de lo de “de dónde venimos y a dónde vamos” porque no tengo ni pajolera idea, sino ¿qué razones de existir podría tener cualquier persona?

Oigo mucho lo de “vivo para el teatro” pero no tanto lo de “vivo por el teatro” en mi entorno, más allá de ponernos dramaqueen con voz impostada para repetir la famosa frase antes citada “¡Vivo por y para el teatro!”. Es posible que todos vivamos para hacer esto o lo otro, pero ¿por qué?

Por ejemplo, si yo dijera que vivo por mis gatos eso implicaría que el día en que fallezcan yo ya he perdido mi razón de vivir, sentiría una pena tan inmensa que la única manera de paliar ese dolor sería mi propia muerte. ¿Os parece coherente? La verdad es que quiero muchísimo a mis gatos, pero no son mi razón de vivir. Es posible que los que no tengan mascotas lo vean excesivo, no importa, cambiadlo por un ser muy querido. ¿Sentiríais una pena inmensa, verdad? ¿Tanto que querríais dejar de seguir viviendo? Si la primera respuesta era “Sí” y la segunda “No”, todo bien. Si ambas respuestas son iguales, podéis empezar a preocuparos, porque no sois E.T. -no se me ha ocurrido un ejemplo más popular sin recurrir al género fantástico para explicar la conexión vital- o hay alguna falta de empatía sin resolver.

Volviendo al tema, entonces ¿por qué vivimos? Yo llegué a esta conclusión: porque queremos vivir. Porque tenemos ganas de vivir. Así de simple. No se trata sólo de un tema de supervivencia, se trata de tener ganas de seguir viviendo experiencias y emociones, de seguir a ver qué pasa. Quizá la pregunta no es “¿Por qué vives?” sino “¿Por qué no mueres?”, y la respuesta es esa, porque no quiero. Puede que no sepa para qué estoy aquí ni la manera de vivir para ser feliz, pero para bien o para mal -según a quién le preguntes-, quiero vivir.

Si alguna vez has estado en el fondo del pozo, en el que gritas y no te oye nadie, en el que no hay escaleras ni cuerda para subir, en el que sólo puedes esperar contigo mismo como compañía, y piensas que la única salida es acabar cuanto antes con el sufrimiento, recuerda por qué, a pesar de todo eso, aún no estás muerto. Porque, en realidad, todavía te quedan ganas de vivir. Morir no es la solución fácil ni la cobarde, sino la cómoda y la irrevocable. Vivir, no importa para qué, ya lo encontrarás.

Aún no estás muerto. Aún sigues vivo. Aún tienes una oportunidad. Cógela, lucha, ingéniatelas, busca caminos, sigue probando, aún no estás muerto, vive.

Pase lo que pase, no pierdas tus ganas de vivir.